PARTE 2: LA MUJER QUE SOSTENÍA SU IMPERIO

La puerta de la sala de juntas se cerró a mi espalda con un golpe seco.

Nadie intentó seguirme.

No porque no quisieran.

Porque todos seguían procesando la última frase que había pronunciado.

“Quiero divorciarme.”

Mientras caminaba por el pasillo de Foster Group, decenas de empleados fingían trabajar frente a sus computadoras.

Pero todos levantaban discretamente la vista cuando pasaba.

Algunos acababan de ver el espectáculo por las cámaras internas.

Otros ya lo habían recibido en los grupos privados de la empresa.

No me importó.

Durante tres años había vivido intentando proteger la imagen de Sebastian.

Aquella mañana decidí proteger la mía.

Mi teléfono vibró.

Marianne Holt.

—¿Terminó?

—Sí.

—¿Cómo reaccionó?

Miré las puertas del ascensor.

—Mucho mejor de lo que esperaba.

—Entonces ya puedo hacerlo.

Sonreí apenas.

—Hazlo.

Marianne no hizo más preguntas.

Colgó.

Entré al ascensor.

Las puertas apenas empezaban a cerrarse cuando una mano las detuvo.

Era Ethan Brooks.

Director jurídico de Foster Group.

Y uno de los pocos ejecutivos que conocían la verdadera estructura accionaria de la empresa.

Respiraba con dificultad.

—Señora Foster…

Negué con la cabeza.

—Por poco tiempo.

Él guardó silencio unos segundos.

—¿Está completamente segura?

—Nunca estuve tan segura de nada.

El ascensor comenzó a descender.

Ethan evitaba mirarme.

Finalmente habló.

—Si firma la orden… Sebastian perderá mucho más que el puesto de vicepresidente.

—Lo sé.

—La junta directiva no lo sostendrá sin el respaldo de su familia.

—También lo sé.

Las puertas se abrieron en el estacionamiento privado.

Antes de salir, entregué una carpeta azul.

—Empieza.

Ethan la recibió con ambas manos.

No era un simple expediente.

Era la autorización para ejecutar todas las cláusulas de reversión que mi familia había incluido años atrás cuando decidió invertir en Foster Group.

Cláusulas que Sebastian jamás leyó.

Porque nunca creyó necesario leer los contratos que firmaba su esposa.


Mientras tanto…

En la sala de juntas…

Sebastian todavía intentaba tranquilizar a Lily.

—No pasa nada.

Ella seguía llorando.

—Todo fue culpa mía…

Él le acarició el hombro.

—No vuelvas a decir eso.

Uno de los gerentes tosió incómodamente.

—Vicepresidente…

—¿Qué?

—Acaba de llegar un correo urgente del departamento jurídico.

Sebastian lo abrió sin demasiada atención.

Su expresión cambió inmediatamente.

ASUNTO: Activación de cláusulas de inversión.

Frunció el ceño.

—¿Qué demonios es esto?

Abrió el documento.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

La tercera.

Su rostro perdió completamente el color.

Lily dejó de llorar.

—¿Qué ocurrió?

Sebastian no respondió.

Solo siguió leyendo.

Los directores comenzaron a intercambiar miradas.

Finalmente uno preguntó:

—¿Hay algún problema?

Sebastian levantó lentamente la vista.

—La familia Sinclair…

La voz se le quebró.

—…acaba de retirar todo su respaldo financiero.

Toda la sala quedó inmóvil.

Otro ejecutivo tomó rápidamente su tableta.

—Eso es imposible.

Segundos después recibió la misma notificación.

Luego otro.

Y otro más.

En menos de dos minutos, todos los miembros del consejo tenían el mismo comunicado.

La familia Sinclair suspendía inmediatamente:

  • Todos los contratos de licencia tecnológica.
  • El uso de siete patentes industriales.
  • Dos acuerdos internacionales de distribución.
  • La línea de crédito preferencial con tres bancos asociados.

El director financiero se puso de pie de golpe.

—¡Eso representa casi la mitad de nuestra operación internacional!

Otro añadió con voz temblorosa:

—Las acciones están cayendo…

Un asistente entró corriendo.

—¡Vicepresidente!

—¿Qué?

—Los inversionistas están llamando.

—¿Por qué?

—Quieren confirmar si es cierto que la señora Amanda Sinclair presentó su renuncia como representante del grupo accionista.

Silencio.

Lily miró a Sebastian.

—¿Grupo accionista?

Él seguía sin reaccionar.

Hasta ese momento ella había creído la historia que Sebastian repetía constantemente.

Que Amanda era únicamente una esposa consentida.

Sin cargo.

Sin poder.

Sin influencia.

El director jurídico apareció en la puerta.

—Vicepresidente…

—Habla.

—Necesitamos convocar inmediatamente al consejo extraordinario.

—¿Para qué?

El abogado respiró profundamente.

—Porque, según el registro mercantil…

Abrió una carpeta.

—La señora Amanda Sinclair posee directamente el cuarenta y dos por ciento de Foster Group.

Nadie habló.

Ni siquiera Lily.

El abogado continuó.

—Y existe otra cláusula.

Sebastian levantó lentamente la cabeza.

—¿Cuál?

—Mientras Amanda mantuviera ese porcentaje, usted podía ejercer funciones ejecutivas por delegación de voto.

El abogado cerró la carpeta.

—Esa delegación quedó revocada hace exactamente siete minutos.

Las palabras cayeron sobre la sala como un edificio derrumbándose.

El hombre que minutos antes había dicho con orgullo:

“Yo dirijo esta empresa.”

Acababa de descubrir que nunca había dirigido nada.

Solo había estado sentado en el asiento que su esposa decidió prestarle.

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