Se me heló la sangre.
Sostuve el teléfono con las dos manos porque de pronto me temblaban tanto que sentí que iba a dejarlo caer al fondo del barranco.
“Ahora tú también estás en peligro.”
Levanté la vista hacia la oscuridad.
El sendero estaba vacío.
Los árboles se movían apenas con el viento, pero en aquel instante cada rama parecía esconder a alguien. Me obligué a respirar despacio y volví a mirar la pantalla.
El vídeo seguía abierto.
Retrocedí unos segundos.
En la grabación se me veía caminando sola por el sendero, apresurada, mirando hacia delante, completamente ajena a lo que ocurría a mi espalda. La cámara se movía con pequeños saltos, como si la persona que grababa estuviera escondiéndose entre los árboles mientras me seguía.
Luego apareció algo que no había visto antes.
Una sombra.
Alta.
Quietísima.
A unos cuatro metros detrás de mí.
No era la mujer.
Era otra persona.
El vídeo se detuvo bruscamente cuando la cámara apuntó hacia el suelo y se escuchó un jadeo ahogado, como si quien grababa hubiera tropezado… o hubiera sido empujada.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
Volví la vista al borde del barranco donde, solo unos segundos antes, aquella mujer había estado tendida.
No había nadie.
Ni rastro de ella.
Ni marcas de arrastre.
Ni un bolso.
Ni una chaqueta.
Nada.
Solo tierra removida y unas huellas que se perdían entre los arbustos.
Entonces sonó otro tono.
No era el mensaje.
Era una llamada entrante.
En el teléfono de la mujer.
Número oculto.
La pantalla vibró una vez, dos veces, tres.
No quería responder.
Pero la llamada insistía.
Apreté el botón verde y pegué el móvil al oído.
No hablé.
Durante dos segundos solo se escuchó estática.
Después, una voz de hombre susurró:
—Llegaste más rápido de lo que esperaba.
Se me secó la garganta.
—¿Quién eres?
Hubo una breve risa.
Una risa baja, tranquila.
—La pregunta correcta no es quién soy.
Apreté los dedos alrededor del teléfono.
—Entonces, ¿cuál es?
—Por qué ella te eligió a ti.
La llamada se cortó.
Me quedé inmóvil.
El viento me trajo un sonido suave, casi imperceptible.
Un crujido.
Muy cerca.
Giré el cuerpo despacio.
A mi izquierda, detrás de un tronco ancho, algo se movió.
No esperé a comprobar qué era.
Eché a correr.
Las ramas me golpeaban los brazos y la falda se me enganchó en unas zarzas, pero no me detuve. Corrí cuesta arriba, tropezando varias veces, con el teléfono de la mujer apretado contra el pecho y mi propia respiración sonando tan fuerte que casi no me dejaba oír nada más.
Entonces sonó mi móvil.
Saqué el teléfono con manos torpes.
Era mi hermano.
Contesté sin dejar de correr.
—¿Dónde estás? —preguntó, alarmado—. Me enviaste tu ubicación hace diez minutos y después desapareció.
No recordaba haberlo hecho.
Entonces lo entendí.
No había sido yo.
La mujer.
O quien tenía su teléfono antes.
—Estoy en el sendero viejo del mirador —dije—. Alguien me ha tendido una trampa.
—¿Qué?
—Llama a la policía. Ahora mismo.
Detrás de mí volvió a sonar un crujido.
Más cerca.
Mucho más cerca.
—No cuelgues —dijo mi hermano.
Seguí corriendo hasta que las luces del aparcamiento aparecieron entre los árboles como una promesa.
Casi lloré al ver mi coche.
Me lancé hacia la puerta, busqué las llaves en el bolso y las dejé caer dos veces antes de conseguir abrir.
Entré, cerré los seguros y solo entonces me permití mirar por el retrovisor.
Nada.
Oscuridad.
Árboles.
Silencio.
Pero sabía que alguien me había seguido.
Encendí el motor con manos temblorosas y salí de allí tan rápido que las ruedas chirriaron sobre la grava.
No conduje a casa.
Fui directamente a la comisaría.
Cuando entré, debía de tener el rostro desencajado, porque el agente de guardia se levantó de inmediato.
Le conté lo sucedido de forma atropellada: los gritos, la mujer en el suelo, su desaparición, el vídeo, la llamada, el mensaje.
Me hicieron pasar a una sala pequeña y luminosa donde el aire olía a café frío y papeles viejos. Allí entregué ambos teléfonos: el mío y el de la mujer.
Un inspector de unos cincuenta años, de rostro cansado pero mirada aguda, revisó primero el mensaje y luego el vídeo.
Cuando terminó, alzó lentamente la vista hacia mí.
—¿Está segura de que vio a esa mujer?
—La vi. Estaba herida. Me habló.
—¿Qué le dijo exactamente?
—“No deberías haber venido”.
El inspector apoyó los codos en la mesa.
—¿La había visto antes?
Negué con la cabeza.
Él tomó el teléfono de la mujer y abrió la pantalla de bloqueo. Para mi sorpresa, no estaba protegida con clave.
Accedió a la galería.
Había muy pocas fotos.
Casi todas eran imágenes del sendero, del barranco, de los árboles, como si alguien hubiera estado vigilando aquella zona durante días.
Pero una fotografía me hizo contener el aliento.
Aparecía yo.
De pie frente a mi edificio.
Con un café en la mano.
Mirando el reloj.
La foto debía de haberse tomado esa misma mañana.
—Dios mío…
El inspector amplió la imagen.
—Esto no empezó esta noche.
Tragó saliva y abrió la aplicación de contactos.
Solo había un nombre guardado.
“SI ME PASA ALGO, LLAMA A ELLA.”
Debajo aparecía mi número.
Sentí un vértigo extraño.
—Yo no conozco a esa mujer.
—Quizá ella sí la conocía a usted.
El inspector pulsó el perfil del usuario.
Se abrió una ficha con una fotografía borrosa.
Al verla, noté algo familiar.
No su rostro.
Su cicatriz.
Una fina línea blanca junto a la ceja.
La misma cicatriz que había visto hacía años en una fotografía antigua.
Una fotografía guardada por mi madre en una caja que jamás quería enseñar a nadie.
—No puede ser… —murmuré.
El inspector me miró.
—¿La reconoce?
Tardé varios segundos en responder.
—Creo que sí.
Saqué el aire despacio.
—O, al menos, creo que mi familia la conocía.
El inspector tomó nota.
—¿Nombre?
Amplié la ficha del teléfono.
Allí aparecía finalmente.
Laura Serrano.
Apreté la mandíbula.
Ese apellido también me resultaba familiar.
No del presente.
Del pasado.
Muy atrás.
De una conversación susurrada que escuché cuando tenía doce años.
Mi madre discutiendo con mi padre.
Mi padre diciendo:
“Laura no puede volver. Si habla, todo se hunde.”
En aquel momento pensé que hablaban de una vecina, de una deuda o de un asunto de trabajo.
Nunca lo pregunté.
Hasta esa noche.
El inspector cerró la carpeta digital y me miró fijamente.
—Voy a ser directo. Si esa mujer la estaba esperando, y además tenía su número como contacto de emergencia, es probable que intentara entregarle algo.
—Solo dejó el teléfono.
—Revíselo otra vez.
Tomé el dispositivo y lo observé con atención.
El modelo era antiguo, grueso, con una funda de tela oscura desgastada en una esquina. La apreté sin pensar y noté algo extraño.
Había una pequeña abertura en la costura interior.
Introduje la uña y tiré.
De la funda cayó una tarjeta de memoria.
El inspector se inclinó hacia delante.
—Eso ya se parece más a una entrega.
La insertó en el ordenador de la sala.
Apareció una carpeta con un único archivo de vídeo.
Fecha de grabación: dos días antes.
Se reprodujo.
Laura estaba sentada en el asiento trasero de un coche.
Tenía el rostro pálido, un corte en el labio y los ojos enrojecidos por el miedo.
Miró directamente a la cámara.
—Si estás viendo esto —dijo—, significa que no llegué a tiempo para hablar contigo en persona.
Tuve la sensación de que me faltaba el aire.
—No sé si aún recuerdas mi nombre —continuó—, pero yo sí recuerdo el tuyo. Y recuerdo perfectamente la noche en que tu madre me pidió que desapareciera.
Sentí un golpe seco en el pecho.
Miré al inspector, pero él me hizo un gesto para que siguiera viendo.
Laura habló más deprisa.
—Durante veinte años guardé silencio porque me amenazaron. Me hicieron creer que protegerte significaba callarme. Pero ya no puedo seguir haciéndolo.
Se escuchó un ruido fuera del coche, como si alguien se acercara.
Ella miró por la ventanilla y volvió a la cámara con desesperación.
—Tus padres te mintieron sobre la muerte de Daniel.
El mundo se detuvo.
Daniel.
Mi hermano mayor.
Oficialmente muerto desde hacía quince años en un accidente de montaña.
Yo tenía once años cuando ocurrió.
O, al menos, eso me contaron.
Se me escapó un sonido ahogado.
En el vídeo, Laura siguió hablando:
—Daniel no murió aquella noche. Lo vi con mis propios ojos después del supuesto accidente. Estaba vivo… y tu padre se lo llevó.
La imagen tembló.
—Todo tuvo que ver con el dinero de la herencia de tu abuelo. Y con lo que Daniel descubrió en aquella finca.
El inspector pausó el vídeo.
Yo ya no podía sentir las manos.
—Eso… eso es imposible.
—¿Está segura? —preguntó él con cuidado.
Negué con la cabeza, pero ya no estaba segura de nada.
Mi padre había muerto hacía tres años.
Mi madre llevaba meses evitándome.
Y yo acababa de descubrir que una desconocida me estaba buscando para contarme que mi hermano muerto quizá seguía vivo.
El inspector reanudó el vídeo.
Laura se inclinó hacia la cámara.
—No confíes en tu madre. Ella sabía la verdad. Lo sabe desde el principio.
Tuve que apartar la mirada.
—Si quieres encontrar a Daniel —continuó Laura—, busca en la cabaña del lago. La llave está donde siempre escondía los caramelos cuando erais pequeños.
Noté un latigazo de memoria.
La vieja caja de música en forma de cisne, en casa de mis padres.
Mi madre jamás permitió que nadie la tocara tras la muerte de Daniel.
Laura miró hacia atrás una vez más.
Esta vez, el miedo en sus ojos fue absoluto.
—Vienen a por mí. Si no salgo de esto, recuerda algo: la persona que te siguió esta noche no trabaja sola.
La puerta del coche se abrió de golpe.
Laura soltó un grito.
Una mano enguantada apareció en la imagen.
Después, la cámara cayó al suelo.
Solo se vieron zapatos negros y se escuchó una voz masculina diciendo una frase que me congeló la sangre:
—Demasiado tarde, igual que tu hermano.
El vídeo terminó.
En la sala se hizo un silencio insoportable.
El inspector cerró lentamente el archivo.
—Necesitamos protección para usted.
—No —susurré—. Necesito ir a esa cabaña.
—Eso puede esperar hasta mañana.
—No. Si Laura murió por intentar contarme esto, no pienso esperar.
—No sabemos si murió.
—Entonces peor. Puede seguir viva y en peligro.
El inspector se recostó en la silla, pensativo.
—Mánden a una patrulla a la casa de su madre —ordenó al agente que estaba junto a la puerta—. Y otra al sendero del mirador. Quiero revisar la zona antes de que amanezca.
Luego volvió a mirarme.
—Yo iré con usted a la cabaña.
Salimos de la comisaría poco después de medianoche.
El trayecto hasta la finca familiar duró cuarenta minutos, pero a mí me parecieron cuatro horas. Durante todo el camino no dejé de pensar en Daniel, en mi madre y en aquella voz masculina del vídeo.

No era solo lo que había dicho.
Era cómo lo había dicho.
Con una calma helada.
Como si hubiese repetido esa frase antes.
Como si llevara muchos años enterrando verdades.
Cuando llegamos a la finca, el lugar estaba completamente a oscuras.
La casa principal parecía vacía.
Me dirigí sin hablar hacia el porche lateral, donde, desde niñas, Daniel y yo jugábamos a esconder caramelos y cromos en los lugares más absurdos.
Entré.
Todo seguía igual.
El reloj de pared detenido.
El sofá cubierto con una manta beige.
Y, sobre la repisa, la caja de música con forma de cisne.
La tomé con cuidado.
Pesaba más de lo normal.
Abrí la base.
Dentro había una llave antigua… y una fotografía doblada en cuatro.
La desdoblé.
Era una imagen tomada en la cabaña del lago.
Aparecían mi padre, mi madre… y Daniel.
No el Daniel niño que yo recordaba.
Un Daniel adulto.
Tendría unos veintiocho o treinta años.
Estaba vivo cuando se hizo aquella foto.
Y había algo aún peor.
No estaba solo.
A su lado, con una mano apoyada en su hombro, sonreía el inspector que me había acompañado hasta allí.
Levanté la cabeza lentamente.
Él ya no estaba mirando la habitación.
Me estaba mirando a mí.
Y en su rostro cansado acababa de aparecer una expresión completamente distinta.
Fría.
Conocida.
La misma calma helada de la voz del vídeo.
Entonces habló en un susurro:
—Tuve la esperanza de que no encontraras la llave.