PARTE 2: LA DEFENSA QUE CAMBIÓ SU VIDA

Cuando Selena cruzó la entrada de la facultad, varias personas la miraron con sorpresa.

Su cabello, cortado de forma desigual, era imposible de ocultar.

Una de sus compañeras corrió hacia ella.

—¿Qué pasó?

Selena respiró hondo.

—Anoche intentaron impedir que viniera.

No dio más explicaciones.

No quería gastar la poca energía que le quedaba.


A las nueve en punto comenzó la defensa.

El jurado estaba formado por cinco investigadores reconocidos.

Su director de tesis la observó con preocupación.

—¿Se encuentra en condiciones de continuar?

Selena acomodó sus notas.

Miró la presentación proyectada en la pantalla.

Pensó en ocho años de trabajo.

En las madrugadas.

En las becas.

En cada renuncia.

Luego respondió con firmeza.

—Sí.

Estoy lista.


Durante los siguientes cuarenta minutos expuso cada capítulo de su investigación.

Respondió preguntas metodológicas.

Explicó resultados.

Defendió conclusiones.

Poco a poco dejó de pensar en su cabello.

Dejó de pensar en Héctor.

Dejó de pensar en Beatriz.

Solo existía su trabajo.

Cuando terminó la última respuesta, la sala permaneció en silencio durante unos segundos.

Después comenzaron los aplausos.


En ese instante se abrió la puerta del auditorio.

Héctor entró acompañado de Beatriz.

No habían venido a apoyarla.

Habían venido a humillarla una vez más.

Beatriz habló lo suficientemente fuerte para que todos la escucharan.

—¡Mírenla!

Ni siquiera pudo peinarse para un día tan importante.

Algunas personas voltearon.

Selena no respondió.

El presidente del jurado intervino de inmediato.

—Les pido guardar silencio o abandonar la sala.

Héctor dio un paso al frente.

—Soy su esposo.

Tengo derecho a hablar.

—No durante un acto académico —contestó el profesor con serenidad.


Antes de que la discusión continuara, otra persona se puso de pie entre el público.

Era un hombre de cabello completamente blanco.

Traje oscuro.

Postura firme.

Era Ricardo Herrera.

El padre de Selena.

Hacía años que vivía en otra ciudad y había llegado esa misma mañana sin avisarle, decidido a sorprenderla después de la defensa.

Lo que encontró fue muy distinto.

Miró el cabello de su hija.

Luego observó a Héctor.

Y finalmente a Beatriz.

Su voz fue tranquila.

Pero toda la sala la escuchó.

—¿Quién hizo eso?

Nadie respondió.

Ricardo volvió a preguntar.

—¿Quién le cortó el cabello a mi hija?

Beatriz levantó el mentón.

—Fue por su bien.

Las mujeres casadas no fueron hechas para vivir en universidades.

Ricardo permaneció inmóvil unos segundos.

Después sacó lentamente el teléfono.

—Gracias.

Acaban de decirlo delante de cuarenta testigos.


Héctor frunció el ceño.

—¿Qué está haciendo?

Ricardo marcó un número.

—Licenciada Romero.

Buenos días.

Necesito que venga inmediatamente a la universidad.

Mi hija acaba de confirmar públicamente la agresión que sufrió anoche y los responsables acaban de reconocerla frente a decenas de personas.

Hubo un silencio absoluto.


Selena lo miró sorprendida.

No sabía que su padre había escuchado suficiente para comprender lo ocurrido.

Ricardo guardó el teléfono.

Se acercó despacio hasta ella.

Le acomodó con cuidado uno de los mechones desiguales que caían sobre su frente.

—Perdóname por no haber llegado anoche.

Ella ya no pudo contener las lágrimas.

Él la abrazó.

No para ocultarla.

Sino para que todos vieran que no tenía nada de qué avergonzarse.


El presidente del jurado se puso de pie.

—Antes de continuar…

Quisiera dejar constancia de algo.

Miró directamente a Selena.

—El aspecto físico de esta candidata no modifica en absoluto el extraordinario nivel de la investigación que acabamos de evaluar.

Después se dirigió a Héctor y a Beatriz.

—Intentar impedir mediante violencia que una persona ejerza su actividad académica constituye una conducta absolutamente incompatible con los valores de esta institución.


Minutos después, el jurado regresó a la sala.

El secretario leyó el dictamen.

—Por decisión unánime…

Se aprueba la tesis doctoral con mención honorífica.

Los aplausos llenaron el auditorio.

Selena cerró los ojos un instante.

No recordaría aquel día por el cabello que perdió.

Lo recordaría porque nadie consiguió arrebatarle el conocimiento que había construido durante ocho años.


Mientras las felicitaciones continuaban, Ricardo volvió a hablar con voz firme.

—Hoy mi hija obtuvo un doctorado.

Y esta misma tarde comenzaremos los trámites del divorcio y las acciones legales correspondientes por la agresión sufrida.

Héctor dio un paso hacia ellos.

Pero se detuvo.

Porque comprendió que, por primera vez desde que conocía a Selena, ya no estaba frente a la mujer que podía intimidar dentro de su casa.

Estaba frente a una doctora respaldada por su trabajo, por decenas de testigos y por un padre que no pensaba permitir que el silencio protegiera a quienes confundieron el control con el amor.

Y entendió, demasiado tarde, que la noche en la que intentó destruir su futuro… solo había conseguido destruir el suyo.

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