PARTE 2: EL RESULTADO DEL ADN

Alexander sostuvo al bebé con una seguridad que me sorprendió.

Hasta ese momento había parecido un hombre incapaz de mostrar emociones.

Pero cuando el pequeño cerró la mano alrededor de uno de sus dedos, algo cambió en su mirada durante apenas un segundo.

Luego volvió a ser el mismo CEO impenetrable.

—Llamen al laboratorio privado —ordenó sin apartar la vista del niño—. Quiero el resultado del ADN hoy mismo.

Uno de los hombres de negro asintió.

—Sí, señor.

Me ofrecieron una silla.

Una asistente dejó frente a mí un vaso de agua caliente y una manta limpia para el bebé.

Nadie volvió a tratarme como a una intrusa.

Dos horas después, un médico entró con un maletín plateado.

Traía un sobre sellado.

—Señor Grant.

Alexander lo abrió personalmente.

Leyó la primera línea.

Su mandíbula se tensó.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.

—La compatibilidad es del noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento.

Hizo una pausa.

—Es mi hijo.

La oficina quedó en silencio.

Yo respiré aliviada.

Al menos el bebé ya no volvería a aquella casa.

Pero entonces Alexander hizo otra pregunta.

—¿Dónde está Sophia Carter?

Negué con la cabeza.

—No lo sé. Mi madre dijo que había viajado al extranjero para estudiar.

Uno de sus asesores intervino.

—Señor, inmigración no registra ninguna salida a nombre de Sophia Carter desde hace cuarenta y ocho horas.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que probablemente nunca salió del país.

Antes de que pudiera responder, otro asesor entró apresuradamente.

—Señor Grant…

Traigo el informe del departamento de seguridad.

Le entregó una tableta.

Alexander apenas leyó unos segundos.

Su expresión se volvió mucho más fría.

—¿Está confirmado?

—Sí.

Las cámaras muestran que, tres noches antes del parto, Sophia entró al edificio del fideicomiso familiar utilizando una credencial temporal.

Permaneció allí diecisiete minutos.

Y desaparecieron varios documentos originales.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué documentos?

Alexander dejó la tableta sobre el escritorio.

—Los originales del fideicomiso que administran el patrimonio de mi familia.

Respiró profundamente.

—Sin esos documentos, alguien podría intentar fabricar una nueva versión del testamento financiero.

No entendía del todo lo que significaba.

Pero sí comprendía una cosa.

Sophia nunca abandonó al bebé únicamente para proteger su carrera.

Había estado huyendo.

En ese instante mi teléfono volvió a sonar.

Era mi madre.

Alexander hizo un gesto.

—Conteste.

Activé el altavoz.

La voz de mi madre llegó cargada de furia.

—¡Emma! ¿Dónde demonios estás?

No respondí.

Ella continuó.

—¡Regresa inmediatamente con ese niño!

—No.

Hubo un silencio breve.

Después habló mi padre.

—Escucha bien.

Si no vuelves ahora mismo, iremos a la policía y diremos que secuestraste al bebé.

Miré a Alexander.

Él permanecía completamente inmóvil.

—¿Van a denunciarme?

—Sí.

Ese niño es responsabilidad tuya.

Lo aceptaste delante de nosotros.

Respondí con calma.

—Acepté cuidarlo.

No acepté mentir sobre quién era su madre.

Mi madre perdió completamente el control.

—¡Eres una ingrata!

¡Todo lo hicimos por tu hermana!

¡Su futuro vale mucho más que el tuyo!

La oficina quedó en silencio.

Todos habían escuchado aquellas palabras.

Alexander extendió la mano.

—¿Puedo?

Le entregué el teléfono.

Él habló con una tranquilidad que daba más miedo que cualquier grito.

—Buenos días.

Habla Alexander Grant.

Al otro lado de la llamada no se escuchó nada.

Solo respiraciones agitadas.

Alexander continuó.

—Su nieto permanecerá conmigo.

Y la señorita Emma Carter está bajo mi protección.

Si alguno de ustedes vuelve a amenazarla o intenta denunciar falsamente un secuestro, mis abogados responderán por la vía civil y penal.

Colgó sin esperar respuesta.

La pantalla quedó completamente en silencio.

Uno de los asesores rompió el momento.

—Señor… hay algo más.

Todos lo miramos.

—Hace diez minutos recibimos una alerta bancaria.

Alguien intentó utilizar uno de los documentos robados del fideicomiso para autorizar una transferencia de ciento veinte millones de dólares.

Alexander se levantó lentamente.

—¿Quién presentó la autorización?

El asesor tragó saliva.

—No fue Sophia.

Mostró una fotografía obtenida por las cámaras del banco.

Cuando vi el rostro de la mujer, la sangre se me heló.

Era mi madre.

Y, en ese instante, comprendí que durante todos esos años no había protegido a Sophia por amor de madre.

La había preparado para ejecutar un plan que llevaba mucho tiempo gestándose contra la familia Grant.

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