PARTE 2: LA ÚLTIMA PRUEBA

Nadie respiró.

La imagen de Mariana ocupó toda la pantalla del salón.

Llevaba un suéter gris, el cabello recogido y los ojos cansados.

No parecía una mujer derrotada.

Parecía una mujer que había tomado una decisión.

Miró directamente a la cámara.

—Si están viendo este video, significa que no llegué a contarlo yo misma.

Sofía despertó entre mis brazos.

Al escuchar la voz de su madre, levantó la cabeza de golpe.

—¿Mami?

Sentí que el corazón se me rompía.

Arturo dio un paso hacia el televisor.

—Apague eso.

El abogado Ernesto levantó una mano.

—Ni se le ocurra.

Mariana continuó.

—Este video fue grabado en diferentes días. El licenciado Valdés tiene el archivo original y varias copias certificadas.

Arturo tragó saliva.

Renata dejó de sonreír.

—Durante meses he reunido documentos porque temo por mi seguridad.

En la pantalla aparecieron fotografías.

Estados de cuenta.

Contratos.

Transferencias bancarias.

Luego volvió el rostro de Mariana.

—Descubrí que Arturo utilizó mi firma para mover dinero de la empresa y abrir cuentas que yo nunca autoricé.

Arturo negó con la cabeza.

—Eso es mentira.

Pero nadie le respondió.

Todos seguían mirando la pantalla.

—Cuando empecé a hacer preguntas —continuó Mariana— comenzaron las amenazas.

El video cambió nuevamente.

Esta vez aparecía una captura de mensajes.

“Si sigues investigando, vas a perder mucho más que la empresa.”

Después otra.

“No vuelvas a revisar mis cosas.”

Mariana respiró hondo.

—No puedo afirmar qué va a pasar conmigo.

Hizo una pausa.

—Pero sí puedo decir que ya no me siento segura dentro de mi propia casa.

Renata cruzó los brazos.

—Eso no demuestra nada.

El abogado abrió otra carpeta.

—Todavía no terminamos.

Mariana volvió a aparecer.

Esta vez sostenía una pequeña caja de madera.

—Mamá…

Sus ojos parecían buscarme.

—Si estás viendo esto, significa que Sofía está contigo.

Las lágrimas comenzaron a correrme por el rostro.

—Quiero que sepas que nunca dejé de luchar por ella.

Miró hacia un lado.

Como si comprobara que estaba sola.

—También dejé instrucciones sobre mi patrimonio.

Arturo levantó la voz.

—¡La casa y la empresa me pertenecen como esposo!

Ernesto abrió el testamento.

—Eso es precisamente lo que vamos a leer.

El silencio volvió a caer.

El abogado acomodó las hojas.

—La señora Mariana Rivera establece como heredera universal de todos sus bienes a su hija Sofía.

Renata abrió los ojos con incredulidad.

Arturo dio un paso adelante.

—Eso ya lo sabía.

—Espere.

El abogado continuó leyendo.

—Mientras Sofía sea menor de edad, la administración total del patrimonio corresponderá exclusivamente a la señora Elena Rivera.

Me quedé inmóvil.

Arturo perdió completamente la compostura.

—¡Eso es absurdo!

—Hay más.

Ernesto levantó la última hoja.

—La testadora excluye expresamente al señor Arturo Mendoza de cualquier facultad de administración, representación o disposición de los bienes de la menor.

Renata se quedó sin palabras.

Todo el plan que habían imaginado acababa de desaparecer.

Pero aún faltaba la última página.

El abogado respiró profundamente.

—Y la señora Mariana deja una instrucción adicional.

Todos volvieron la vista hacia él.

Ernesto leyó lentamente.

—”Solicito que la memoria USB entregada junto con este testamento sea incorporada íntegramente a la carpeta de investigación correspondiente, porque contiene la ubicación de las pruebas originales y de un dispositivo que registra automáticamente todo lo ocurrido dentro de mi despacho durante los últimos seis meses.”

La sala quedó helada.

Arturo miró la pantalla como si acabara de ver un fantasma.

Mariana sonrió apenas desde el video.

—Si alguien creyó que podría borrar la verdad después de mi muerte…

Bajó la mirada durante un segundo.

Luego volvió a mirar fijamente a la cámara.

—…se equivocó de mujer.

Y en ese instante apareció en la pantalla un plano de la casa, con un único punto marcado en rojo y una frase escrita por ella:

“Aquí está la caja que nadie encontró.”

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