No dije una sola palabra.
Me agaché lentamente, recogí el llavero que había caído junto a los restos del perfume y lo guardé dentro de mi bolso.
Era lo único de aquel viaje que todavía me pertenecía.
Ethan seguía sosteniendo la mano de Chloe.
—¿Te cortaste?
Ella negó con la cabeza, haciendo un pequeño puchero.
—Solo me asusté.
Él soltó un suspiro de alivio.
—Menos mal.
Ninguno de los dos notó que yo acababa de tomar mi maleta.
Me dirigí hacia la puerta.
—¿Olivia? —preguntó Ethan al fin.
Me detuve sin girarme.
—Voy a salir un rato.
—No tardes. Esta noche iremos a cenar los tres.
Los tres.
Aquellas dos palabras ya no me dolieron.
Simplemente dejaron de significar algo.
El aire salado del mar golpeó mi rostro apenas salí del alojamiento.
Caminé sin rumbo por el paseo costero.
Después de casi una hora encontré una pequeña cafetería abierta.
Pedí un café.
Saqué el teléfono.
Entré a la aplicación de la aerolínea.
Todavía quedaban algunos vuelos para el día siguiente.
Uno salía a las siete y diez de la mañana.
Sin pensarlo demasiado, compré un boleto de regreso.
Solo de ida.
Cuando apareció la confirmación en la pantalla, sentí una tranquilidad que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
No estaba huyendo.
Simplemente estaba dejando de perseguir a alguien que nunca había dejado de elegir a otra persona.
Volví al alojamiento cerca de las diez de la noche.
La habitación estaba a oscuras.
Solo una lámpara permanecía encendida.
Chloe dormía profundamente en la cama principal.
Ethan seguía acostado sobre una colchoneta en el suelo.
Al escuchar la puerta, levantó la cabeza.
—¿Dónde estabas?
—Caminando.
Se incorporó.
—¿Ya estás más tranquila?
Lo observé durante unos segundos.
Había esperado durante años que alguna vez me preguntara si yo estaba bien.
Aquella noche volvió a hacer la pregunta equivocada.
—Sí.
Eso fue todo.
Abrí mi maleta en silencio.
Saqué únicamente mi pasaporte, mi cartera y una muda de ropa.
Ethan me miró confundido.
—¿Qué haces?
—Preparando mis cosas.
—¿Para mañana?
—No.
Cerré la mochila.
—Para irme.
Frunció el ceño.
—¿Irte a dónde?
—A casa.
Él soltó una pequeña risa.
—Olivia… deja de hacer dramas.
Mañana iremos al acantilado que querías conocer.
Negué lentamente.
—Ya no quiero ir.
—¿Porque Chloe vino?
Respiré hondo.
—No.
Lo miré directamente a los ojos.
—Porque entendí que llevo cuatro años compitiendo por un lugar que siempre creí que ya era mío.
El silencio llenó la habitación.
Chloe seguía dormida.
Ajena a todo.
Ethan se puso de pie.
—Siempre exageras.
—¿De verdad?
Saqué el teléfono.
Abrí la galería.
Vacía.
—Hoy borré todas nuestras fotos.
Su expresión cambió por primera vez.
—¿Qué?
—También compré un vuelo para mañana.
Él dio un paso hacia mí.
—Olivia…
—No me interrumpas.
Era la primera vez que lo hacía.
—No termino contigo por Chloe.
Él parpadeó confundido.
Continué.
—Termino contigo porque cada vez que tienes que elegir entre respetar nuestros límites o hacerla sentir cómoda a ella… siempre la eliges a ella.
No respondió.
Porque sabía que era verdad.
—No es lo mismo.
—¿Qué no es lo mismo?
—Ella me necesita.
Sonreí con tristeza.
—Yo también te necesité muchas veces.
Recordé cada aniversario interrumpido.
Cada cita cancelada.
Cada promesa aplazada.
Cada “la próxima vez”.
—La diferencia es que yo aprendí a dejar de pedir.
Ethan bajó la mirada.
—Nunca quise hacerte daño.
—Lo sé.
Y precisamente por eso era aún más triste.
Porque me habías lastimado sin siquiera darte cuenta.
A las seis de la mañana bajé mi maleta al vestíbulo.
El taxi ya esperaba afuera.
Mientras el recepcionista revisaba mi salida, escuché pasos apresurados detrás de mí.
Ethan.
Venía despeinado.
Sin chaqueta.
Respirando con dificultad.
—Olivia, espera.
Me giré lentamente.
—No te vayas así.
—¿Así cómo?
—Enojada.
Negué con una serenidad que incluso me sorprendió.
—No estoy enojada.
Lo miré unos segundos.
—Estoy cansada.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
Guardó silencio.
No encontró ninguna respuesta.
Porque ninguna respuesta podía cambiar lo ocurrido el día anterior.
Ni los cuatro años anteriores.
Entonces sonó una voz desde las escaleras.
—Ethan…
Chloe apareció envuelta en la misma chaqueta que él le había prestado en el avión.
Se frotaba los ojos como una niña pequeña.
—¿Por qué te fuiste sin avisarme?
Sin pensarlo, Ethan giró la cabeza hacia ella.
Solo un segundo.
Pero ese segundo fue suficiente.
Sonreí con una calma absoluta.

—Gracias.
Él volvió a mirarme.
—¿Gracias?
Asentí.
—Acabas de responder la única pregunta que todavía tenía.
Subí al taxi.
No lloré.
No miré hacia atrás.
Mientras el coche se alejaba por la carretera costera, mi teléfono vibró.
Era un correo electrónico que había olvidado por completo.
“Felicitaciones. Ha sido seleccionada para el Programa Internacional de Investigación Marina en Islandia. Debe confirmar su incorporación en un plazo máximo de 24 horas.”
Observé el mar por la ventana.
Después pulsé una sola opción.
Aceptar la oferta.
Sin saber que aquella decisión no solo cambiaría mi futuro…
Sino que haría que Ethan descubriera, apenas dos semanas después, quién era realmente la mujer que acababa de perder para siempre.