PARTE 2: EL PLAN QUE OFELIA NUNCA IMAGINÓ

Valeria reprodujo el video desde el principio.

Las manos le temblaban.

La imagen mostraba la terraza de un restaurante.

Mauricio besaba a Ximena sin ninguna prisa.

—Solo necesito que aguante un poco más —decía él sonriendo—. Cuando entren los quinientos veinte mil, firmo el divorcio y nos vamos.

Ximena soltó una carcajada.

—¿Y ella no sospecha nada?

—Está enamorada. Cree todo lo que le digo.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

Pero lo peor aún no había llegado.

Se escuchó una tercera voz.

Ofelia.

—No sean tontos. Primero asegúrense de que transfiera todo el dinero. Después la hacemos quedar como una esposa conflictiva. Si se va de la casa por su cuenta, mejor para nosotros.

Hubo un breve silencio.

Después añadió con absoluta tranquilidad:

—Con esos quinientos veinte mil, Mauricio liquida sus deudas. Luego presentamos el divorcio diciendo que ella abandonó el hogar. Si pide el dinero de vuelta, diremos que fue un regalo de bodas.

Ximena levantó su copa.

—Brindo por la ingenua.

Los tres chocaron sus vasos.

Valeria cerró la computadora lentamente.

Ya no lloraba.

Lo único que sentía era una calma absoluta.

Porque, por primera vez desde la boda, entendía exactamente contra quién estaba jugando.


A la mañana siguiente llamó a Samuel.

El abogado escuchó el video completo sin interrumpirla.

Cuando terminó, apoyó lentamente los audífonos sobre el escritorio.

—¿Conservaste el archivo original?

—Sí.

—¿La carpeta tiene fecha de creación?

—También.

Samuel sonrió por primera vez.

—Entonces acabamos de pasar de un simple conflicto familiar…

…a un posible fraude premeditado.

Valeria respiró hondo.

—¿Qué hago ahora?

—Nada.

Déjalos creer que todavía tienen el control.


Dos días después, Ofelia llamó por teléfono.

—¿Ya se te bajó el orgullo?

Valeria respondió con una voz completamente tranquila.

—He estado pensando.

Tal vez exageré.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Vas a volver?

—Sí.

Quiero hablar con todos.

Ofelia sonrió.

Valeria pudo escucharla incluso a través del teléfono.

—Sabía que entrarías en razón.


Aquella tarde toda la familia estaba reunida en la sala.

Ramiro ocupaba su sillón de siempre.

Natalia revisaba su celular.

Beto tenía nuevamente el teléfono preparado para grabar.

Mauricio fingía preocupación.

—Me alegra que hayas vuelto.

Valeria dejó su bolso sobre la mesa.

—Yo también.

Tengo algo para ustedes.

Sacó un sobre.

Mauricio lo abrió rápidamente.

Su rostro se iluminó.

—¿Es el comprobante del resto del dinero?

Valeria negó con calma.

—No.

Es una copia de una denuncia.

La sonrisa desapareció.

Samuel entró en ese momento acompañado por una actuaria judicial.

—Buenas tardes.

¿Familia Hernández?

Necesito entregarles una notificación.

Ofelia dio un paso atrás.

—¿Qué significa esto?

Samuel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Demanda por fraude, violencia familiar, lesiones y posible asociación para obtener un beneficio económico mediante engaño.

Ramiro golpeó la mesa.

—¡Eso es una locura!

Valeria abrió lentamente su teléfono.

—Tal vez prefieran escuchar esto.

Presionó reproducir.

La voz de Mauricio llenó toda la sala.

“Cuando entren los quinientos veinte mil, firmo el divorcio…”

Nadie respiró.

Después sonó la voz de Ofelia.

“Primero asegúrense de que transfiera todo el dinero…”

El color abandonó el rostro de la suegra.

Natalia dejó caer el celular.

Beto apagó discretamente la cámara con la que pensaba grabar otra humillación.

Mauricio intentó arrebatarle el teléfono.

Samuel dio un paso al frente.

—No lo recomiendo.

Ese archivo ya fue certificado por un perito.

Intentar destruirlo no cambiará absolutamente nada.


Ofelia comenzó a llorar.

—Solo estábamos bromeando.

Valeria la miró fijamente.

—¿También era una broma cuando me entregaste mil pesos para convertirme en la sirvienta de tu casa?

Nadie respondió.

—¿O cuando tu esposo me golpeó para impedir que saliera?

Ramiro bajó la vista por primera vez.

Valeria continuó.

—Ustedes pensaban quedarse con mi dinero.

Pero olvidaron algo muy importante.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué?

Valeria sonrió con serenidad.

—Que yo ya sabía por qué te habías casado conmigo.

Y, aun así, decidí dejar que hablaran un poco más.

Levantó nuevamente el teléfono.

—Porque cada palabra que pronunciaron…

…quedó grabada para siempre.

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