Durante unos segundos, nadie habló.
Dominic soltó una carcajada.
—¿Tu abuelo?
Negó con la cabeza.
—Audrey, acabas de firmar un divorcio. Ya no necesitas inventar historias.
Natalie sonrió con suficiencia.
—¿De verdad crees que alguien va a venir a rescatarte?
No respondí.
Guardé el teléfono sobre la manta que cubría mis piernas y volví la mirada hacia las incubadoras.
Liam movió apenas una mano diminuta.
Chloe seguía dormida, ajena al ruido de los adultos.
Una enfermera entró para revisar los monitores.
Al percibir la tensión, preguntó con cautela:
—¿Todo está bien?
—Sí —respondí con tranquilidad—. Solo estamos esperando.
Dominic consultó su reloj.
—No pienso perder toda la mañana.
Recogió la carpeta del divorcio y pasó un brazo alrededor de Natalie.
—Vámonos.
Apenas dieron dos pasos, las puertas automáticas de la unidad se abrieron.
Entraron cuatro agentes de seguridad del hospital.
Vestían uniforme negro y avanzaban con paso firme.
Detrás de ellos caminaba un hombre de cabello completamente blanco, impecablemente vestido con un traje azul marino.
El personal médico que lo vio entrar se enderezó de inmediato.
Algunos inclinaron discretamente la cabeza.
—Buenos días, señor Whitmore.
Dominic frunció el ceño.
—¿Quién…?
Mi abuelo no respondió.
Fue directamente hasta mi cama.
Se inclinó para besar mi frente.
—¿Cómo están mis bisnietos?
Las lágrimas estuvieron a punto de escapárseme por primera vez desde que había despertado.
—Siguen luchando.
Él miró a través del cristal de las incubadoras.
Su expresión se suavizó.
—Como toda nuestra familia.
Luego giró lentamente hacia Dominic.
—¿Es él?
Asentí.
—Sí.
Mi abuelo observó unos segundos al hombre que acababa de abandonar a su hija y a sus dos nietos prematuros.
—Entiendo.
No levantó la voz.
No mostró ira.
Simplemente se volvió hacia el jefe de seguridad.
—Señor Harris.
—¿Sí, señor?
—Esas dos personas ya no son bienvenidas en ninguna instalación de nuestra red hospitalaria mientras no exista autorización expresa de la paciente o una orden judicial que lo permita.
Dominic soltó una risa incrédula.
—¿Qué tontería es esta?
El jefe de seguridad dio un paso adelante.
—Señor, le ruego que nos acompañe.
Natalie levantó la barbilla.
—¿Saben quién es él?
Mi abuelo respondió antes que nadie.
—Sí.
Lo sabemos perfectamente.
Después miró al director médico, que acababa de llegar apresuradamente.
—Doctor Reynolds.
—Señor Whitmore.
—A partir de este momento, la señora Audrey Whitmore tendrá protección especial y acceso restringido a esta unidad.
Solo ella decidirá quién puede acercarse a sus hijos.
—Así se hará.
Dominic empezó a perder la calma.
—¡Esto es ridículo!
Se volvió hacia mí.
—¿Qué demonios está pasando?
Lo miré con absoluta serenidad.
—Lo mismo que me dijiste hace unos minutos.
Parpadeó confundido.
—¿Qué?
—Que las personas muestran quiénes son cuando creen que el otro ya no tiene nada.
Su rostro empezó a palidecer.
Mi abuelo dio un paso al frente.
—Mi nieta nunca quiso que la juzgaran por mi apellido.
Por eso utilizó únicamente el de su madre.
Dominic abrió lentamente la boca.
—¿Whitmore…?
El director del hospital intervino con respeto.
—El señor Arthur Whitmore es fundador y presidente honorario de esta red hospitalaria.
Dominic miró alrededor.
A los médicos.
A las enfermeras.
Al personal de seguridad.
Todos trataban a mi abuelo con un respeto que no podía fingirse.
Por primera vez desde que lo conocía, dejó de parecer un hombre seguro de sí mismo.
—Audrey…
Yo negué despacio.
—Ya firmé el divorcio.
Él intentó acercarse.
Los agentes de seguridad bloquearon el paso.
—Solo fue un mal momento.
—No.
Respondí sin elevar la voz.
—Fue el momento en que decidiste quién eras.
Natalie comenzó a inquietarse.
—Dominic…
Él apenas la escuchaba.
Seguía mirándome.
Como si intentara comprender cómo la mujer a la que acababa de dejar sin dinero, sin casa y con dos bebés prematuros…
Era, en realidad, la nieta del hombre que había financiado durante décadas el hospital donde se encontraba.
El jefe de seguridad habló con firmeza.
—Señor.
Es momento de retirarse.
Dominic dio un último vistazo a las incubadoras.
Después bajó la cabeza.
Los agentes lo acompañaron hacia la salida junto a Natalie, delante de médicos, enfermeras y familiares que aguardaban en el pasillo.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio volvió a la unidad.
Mi abuelo tomó mi mano.
—No te preocupes por el dinero.
Ni por la vivienda.
Ni por los niños.
Todo eso tiene solución.
Respiró hondo antes de añadir:
—Lo único que todavía no entiendo…
Sacó un sobre color marfil que llevaba bajo el brazo.
—…es por qué un abogado me envió esta mañana una copia del contrato de compraventa de la empresa de Dominic.

Fruncí el ceño.
—¿Qué contrato?
Mi abuelo dejó el documento sobre la mesa.
—El que firmó ayer.
Levantó la vista lentamente.
—Porque el comprador de su empresa… resulta ser un fondo de inversión que pertenece, indirectamente, a nuestra propia familia. Y creo que Dominic todavía no tiene idea de quién será su nuevo propietario.