PARTE 2: “LA TRAMPA SE INVIERTE”

Alejandro sostuvo la mirada de Verónica durante unos segundos.

Le sonrió.

La misma sonrisa tranquila que ella esperaba ver cada mañana.

—¿Todo listo para la reunión? —preguntó ella mientras le acomodaba el nudo de la corbata.

—Como siempre.

Le dio un beso en la frente.

—Nos vemos esta noche.

—Aquí te espero.

Ella respondió sin vacilar.

Pero Alejandro ya no escuchaba sus palabras.

Solo veía el teléfono antiguo escondido en el bolsillo de Mateo.

La grabación seguía allí.

Y podía convertirse en la diferencia entre una sospecha y una condena.

Salió de la casa caminando con absoluta normalidad.

El falso chofer abrió inmediatamente la puerta trasera.

—Buenos días, ingeniero.

Alejandro fingió buscar algo dentro del portafolio.

—Olvidé unos documentos importantes.

Entraré un minuto.

El hombre asintió.

—Claro, señor.

Apenas cruzó nuevamente la puerta principal, Alejandro cambió por completo de expresión.

—Mateo.

El niño apareció desde el pasillo.

—¿Sí?

—¿Dónde está tu mamá?

—En la lavandería.

Alejandro caminó directamente hacia allí.

Lucía levantó la vista sorprendida.

—¿Se le olvidó algo, don Alejandro?

Él cerró la puerta.

—Necesito que escuches esto.

Reprodujo la grabación.

Lucía perdió el color del rostro.

—Dios mío…

—¿Conoces la voz del hombre?

Ella dudó unos segundos.

Después asintió lentamente.

—Creo que sí.

—¿Quién es?

—El primo del señor Verónica…

Corrigió enseguida.

—Perdón… el primo de la señora Verónica.

Trabaja para una empresa de seguridad privada.

Alejandro sintió un escalofrío.

Aquello ya no parecía una improvisación.

Era un plan cuidadosamente preparado.

Sacó otro teléfono.

Marcó un número que no utilizaba desde hacía años.

—Carlos.

Del otro lado respondió una voz grave.

—¿Alejandro?

—Necesito un favor.

Es urgente.

Quince minutos después, tres camionetas sin distintivos entraron discretamente por el acceso de servicio de la residencia.

No eran policías.

Eran miembros del equipo de seguridad corporativa que había protegido durante años las operaciones internacionales de su empresa.

Su jefe, Carlos Ortega, bajó del vehículo.

—¿Qué ocurrió?

Alejandro le entregó el teléfono de Mateo.

Carlos escuchó toda la grabación sin interrumpir.

Cuando terminó, levantó lentamente la vista.

—Esto es muy serio.

—Lo sé.

—¿Llamaste a la policía?

Alejandro negó con la cabeza.

—Todavía no.

Carlos comprendió inmediatamente.

—Quieres atraparlos en el intento.

Alejandro respondió con una sola frase.

—Quiero que no puedan negar nada.

Mientras tanto, en la planta alta, Verónica observaba desde la ventana.

Vio salir nuevamente a Alejandro.

Esta vez acompañado por el supuesto chofer.

Sonrió satisfecha.

Tomó su teléfono.

Escribió un único mensaje.

“Ya salió.”

Pero lo que ella ignoraba era que el hombre que acababa de subir a la camioneta…

No era Alejandro.

Era uno de los escoltas de Carlos, vestido exactamente igual, con el mismo traje, el mismo portafolio y unas gafas oscuras que ocultaban su rostro.

La camioneta arrancó.

Verónica observó cómo desaparecía por la avenida.

Respiró aliviada.

Media hora después, otro mensaje llegó a su teléfono.

“Vamos rumbo a la curva.”

Ella respondió de inmediato.

“Que parezca un accidente.”

Carlos mostró el mensaje a Alejandro.

—Ya tenemos instigación por escrito.

Alejandro permanecía completamente inmóvil.

No había rabia en su rostro.

Solo una inmensa decepción.

Entonces sonó el teléfono de Carlos.

Escuchó unos segundos.

—Entendido.

Colgó.

—Acaban de detener la camioneta antes de llegar a la presa.

Alejandro respiró profundamente.

—¿Y el conductor?

Carlos abrió una carpeta electrónica en su tableta.

—Confesó algo antes de que siquiera lo interrogaran.

Frunció el ceño.

—Dice que no era la primera vez que recibía un encargo así.

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Carlos giró la pantalla hacia él.

Había una lista de nombres.

Tres hombres.

Todos empresarios.

Todos fallecidos en aparentes accidentes de carretera durante los últimos seis años.

Y junto al último nombre aparecía una anotación escrita por el propio conductor.

“La señora Verónica recomendó el mismo método porque nunca levantaba sospechas.”

Alejandro sintió que la sangre se helaba.

Porque comprendió que aquella mañana no solo había escapado de una traición.

Tal vez acababa de descubrir una cadena de crímenes que llevaba años oculta.

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