PARTE 2: LA COMPUTADORA ERA EL ÚNICO TESTIGO

Elena dejó de mirar a los policías.

Siguió la dirección de los ojos de Mauricio.

No estaba mirando la puerta.

Ni a su madre.

Ni al cerrajero.

Solo observaba la computadora portátil abierta sobre el escritorio.

Entonces entendió.

No habían roto la cerradura por un collar rechazado.

Ni por orgullo.

Habían venido por aquella computadora.

La abogada seguía al teléfono.

—Elena, escúchame con atención.

—Te escucho.

—No permitas que nadie toque ese equipo.

Ella respiró hondo.

—¿Por qué?

Hubo un breve silencio.

—Porque anoche terminamos la auditoría digital.

El corazón de Elena comenzó a latir con fuerza.

—Encontramos algo.

Miró otra vez a Mauricio.

Ahora ya no parecía enfadado.

Parecía desesperado.

—¿Qué encontraron?

La voz de Adriana bajó aún más.

—Las transferencias fueron autorizadas con un certificado digital emitido a tu nombre.

Elena frunció el ceño.

—Pero yo jamás…

La abogada la interrumpió.

—Lo sabemos.

Hizo una pausa.

—El problema es que ese certificado se creó utilizando una copia exacta de tu identidad electrónica.

Los policías seguían tomando declaraciones.

Mauricio aprovechó un descuido.

Avanzó dos pasos hacia el escritorio.

—Necesito mi computadora.

Elena soltó una risa breve.

—No es tuya.

—Hay documentos de la empresa.

—También son míos.

El oficial levantó una mano.

—Señor, permanezca donde está.

Mauricio obedeció.

Pero no dejó de mirar el portátil.


Adriana volvió a hablar.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—El certificado falso fue instalado hace casi tres años.

Elena sintió un escalofrío.

Tres años.

Mucho antes del divorcio.

Mucho antes de que empezaran las discusiones por el dinero.

Eso significaba que todo había sido preparado con enorme anticipación.

—¿Cómo entró en mi computadora?

La respuesta tardó apenas unos segundos.

—Creemos que durante una actualización del sistema.

Elena recordó inmediatamente.

Dos años antes.

Mauricio había insistido en llevar la computadora “a un técnico de confianza” porque funcionaba lenta.

La tuvo fuera de casa todo un fin de semana.

Cuando regresó…

Todo parecía normal.

Excepto una carpeta nueva que nunca había abierto.


El policía terminó de revisar la identificación de Mauricio.

—Señor, necesito saber por qué contrató un cerrajero para ingresar a una propiedad que ya no le pertenece.

Mauricio intentó mantener la calma.

—Mi exesposa está pasando por un momento emocional difícil.

Elena levantó el teléfono.

—Toda esta conversación está siendo grabada.

Los ocho directivos seguían conectados.

Ninguno había abandonado la videollamada.

Uno de ellos intervino.

—Oficial, confirmo que presenciamos el ingreso desde el primer minuto.

Otro añadió.

—También escuchamos al señor Mauricio ordenar que abrieran la puerta.

El oficial tomó nota.

Mauricio empezó a perder la paciencia.

—Esto es ridículo.

Entonces cometió el error que terminó de delatarlo.

Señaló directamente la computadora.

—Solo necesito revisar unos archivos.

Elena lo miró fijamente.

—¿Qué archivos?

Él abrió la boca.

No respondió.

Porque acababa de admitir, delante de varios testigos y de la policía, que había entrado buscando exactamente aquello que aseguraba no conocer.


Adriana volvió a intervenir desde el teléfono.

—Elena.

—Sí.

—Acabamos de encontrar el registro completo del acceso remoto.

Ella cerró los ojos unos segundos.

—¿Quién fue?

La respuesta llegó con absoluta claridad.

—La computadora fue manipulada utilizando una cuenta registrada a nombre de un consultor externo.

Hizo una pausa.

—Ese consultor recibió pagos mensuales de la Fundación Santillán durante cuatro años.

Elena levantó lentamente la vista.

Mauricio seguía inmóvil.

Por primera vez desde que lo conocía…

No parecía un hombre seguro.

Parecía alguien que acababa de comprender que el problema ya no era un divorcio.

Era una investigación financiera de 68 millones de pesos.

Y la única prueba capaz de demostrar quién había falsificado su identidad seguía encendida… exactamente sobre el escritorio que había intentado alcanzar.

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