Parte 2: La noche en que dejó de fingir


—Y aun así… te casaste conmigo.

Su voz rozó mi oído como un secreto.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—No tenías que hacerlo —continuó—. Podías haber dicho que no.

Tragué saliva.

—Tú tampoco tenías que casarte conmigo.

Daniel inclinó ligeramente la cabeza, como si esa respuesta le resultara interesante.

—Claro que tenía que hacerlo.

Mi corazón dio un golpe seco.

—¿Por qué?

Silencio.

Uno largo.

Pesado.

Entonces su mano subió desde mi hombro hasta mi cuello.

No apretó.

Pero tampoco fue un gesto casual.

—Porque te elegí —dijo—. Y cuando elijo algo… no lo dejo ir.

Algo en su forma de decirlo no sonó romántico.

Sonó… definitivo.

Intenté apartarme, pero su otra mano se apoyó en el colchón, bloqueando mi movimiento.

No era violencia.

Era control.

—Daniel, esto no es gracioso.

Él volvió a sonreír.

Más claramente esta vez.

—No estoy bromeando, Camila.

Sus ojos no se apartaban de los míos.

Y por primera vez desde que lo conocía…

entendí por qué nunca hablaba demasiado.

No lo necesitaba.

Su silencio no era vacío.

Era cálculo.

—¿Sabes qué es lo curioso? —murmuró—. Tu exmarido tenía razón en una cosa.

Mi estómago se tensó.

—Eres exigente.

Apreté los labios.

—Si viniste a repetirme lo mismo, puedes…

—Pero no porque pidas demasiado —interrumpió suavemente—. Sino porque nunca aceptas menos de lo que mereces.

Parpadeé.

Eso… no me lo esperaba.

Daniel acercó su rostro al mío, lo suficiente para que pudiera sentir su respiración.

—Y eso —añadió— es exactamente lo que necesito.

—¿Necesitas?

—Una mujer que no sea débil.

Mi mente intentaba alcanzarlo, entenderlo, pero cada palabra abría más preguntas.

—No entiendo qué estás diciendo.

Daniel se incorporó ligeramente, aunque su mano seguía cerca de mi rostro.

—Mi familia arregló este matrimonio —dijo con calma—. Lo sabes.

Asentí.

—Pero lo que no sabes… es por qué acepté.

El aire se volvió denso.

—Porque alguien intentó matarme hace seis meses.

El mundo se detuvo.

—¿Qué…?

—Frenos cortados. En una carretera vacía. —Su voz no tembló ni un segundo—. Sobreviví por suerte. O por costumbre.

Sentí que el pulso me retumbaba en los oídos.

—¿Quién fue?

—Aún no lo sé.

Pausa.

—Pero sé algo más importante.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No fue un accidente.

Un silencio pesado cayó entre nosotros.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Daniel ladeó la cabeza.

—Todo.

Mi respiración se volvió irregular.

—Necesito una esposa —continuó—. No por compañía. No por amor.

Sus dedos rozaron apenas mi mandíbula.

—Sino porque una esposa cambia el tablero.

—¿Qué tablero?

—El de quienes me quieren muerto.

El corazón me latía tan fuerte que dolía.

—¿Me estás usando?

Daniel no respondió de inmediato.

Y ese silencio…

fue más claro que cualquier palabra.

—Sí.

Directo.

Sin adornos.

Cerré los ojos un segundo.

—Entonces cometiste un error.

Cuando los abrí, lo miré con firmeza.

—Porque yo no soy un escudo.

Daniel me observó.

Largo.

Profundo.

Y entonces…

sonrió de verdad.

No como antes.

No como un gesto leve.

Sino como alguien que acababa de confirmar algo que esperaba.

—Lo sé.

Pausa.

—Por eso te elegí.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—No necesito un escudo, Camila.

Se inclinó una vez más, su voz apenas un susurro.

—Necesito una aliada.

Y en ese momento entendí algo aterrador:

No me había casado con un hombre frío.

Me había casado con un hombre peligroso.

Y lo peor…

era que una parte de mí no quería salir corriendo.

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