—Y aun así… te casaste conmigo.
Su voz rozó mi oído como un secreto.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—
—No tenías que hacerlo —continuó—. Podías haber dicho que no.
—
Tragué saliva.
—Tú tampoco tenías que casarte conmigo.
—
Daniel inclinó ligeramente la cabeza, como si esa respuesta le resultara interesante.
—
—Claro que tenía que hacerlo.
—
Mi corazón dio un golpe seco.
—
—¿Por qué?
—
Silencio.
Uno largo.
Pesado.
—
Entonces su mano subió desde mi hombro hasta mi cuello.
No apretó.
Pero tampoco fue un gesto casual.
—
—Porque te elegí —dijo—. Y cuando elijo algo… no lo dejo ir.
—
Algo en su forma de decirlo no sonó romántico.
—
Sonó… definitivo.
—
Intenté apartarme, pero su otra mano se apoyó en el colchón, bloqueando mi movimiento.
No era violencia.
Era control.
—
—Daniel, esto no es gracioso.
—
Él volvió a sonreír.
Más claramente esta vez.
—
—No estoy bromeando, Camila.
—
Sus ojos no se apartaban de los míos.
Y por primera vez desde que lo conocía…
entendí por qué nunca hablaba demasiado.
—
No lo necesitaba.
—
Su silencio no era vacío.
Era cálculo.
—
—¿Sabes qué es lo curioso? —murmuró—. Tu exmarido tenía razón en una cosa.
—
Mi estómago se tensó.
—
—Eres exigente.
—
Apreté los labios.
—Si viniste a repetirme lo mismo, puedes…
—
—Pero no porque pidas demasiado —interrumpió suavemente—. Sino porque nunca aceptas menos de lo que mereces.
—
Parpadeé.
—
Eso… no me lo esperaba.
—
Daniel acercó su rostro al mío, lo suficiente para que pudiera sentir su respiración.
—
—Y eso —añadió— es exactamente lo que necesito.
—
—¿Necesitas?
—
—Una mujer que no sea débil.
—
Mi mente intentaba alcanzarlo, entenderlo, pero cada palabra abría más preguntas.
—
—No entiendo qué estás diciendo.
—
Daniel se incorporó ligeramente, aunque su mano seguía cerca de mi rostro.
—
—Mi familia arregló este matrimonio —dijo con calma—. Lo sabes.
—
Asentí.
—
—Pero lo que no sabes… es por qué acepté.
—
El aire se volvió denso.
—
—Porque alguien intentó matarme hace seis meses.
—
El mundo se detuvo.
—
—¿Qué…?
—
—Frenos cortados. En una carretera vacía. —Su voz no tembló ni un segundo—. Sobreviví por suerte. O por costumbre.
—
Sentí que el pulso me retumbaba en los oídos.
—
—¿Quién fue?
—
—Aún no lo sé.
—
Pausa.
—
—Pero sé algo más importante.
—
Sus ojos se clavaron en los míos.
—
—No fue un accidente.
—
Un silencio pesado cayó entre nosotros.
—
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—
Daniel ladeó la cabeza.
—
—Todo.
—
Mi respiración se volvió irregular.
—
—Necesito una esposa —continuó—. No por compañía. No por amor.
—
Sus dedos rozaron apenas mi mandíbula.
—
—Sino porque una esposa cambia el tablero.
—
—¿Qué tablero?
—
—El de quienes me quieren muerto.
—
El corazón me latía tan fuerte que dolía.
—
—¿Me estás usando?
—
Daniel no respondió de inmediato.
—
Y ese silencio…
fue más claro que cualquier palabra.
—
—Sí.
—
Directo.
Sin adornos.
—
Cerré los ojos un segundo.
—
—Entonces cometiste un error.
—
Cuando los abrí, lo miré con firmeza.
—
—Porque yo no soy un escudo.
—
Daniel me observó.
Largo.
Profundo.

—
Y entonces…
sonrió de verdad.
—
No como antes.
No como un gesto leve.
—
Sino como alguien que acababa de confirmar algo que esperaba.
—
—Lo sé.
—
Pausa.
—
—Por eso te elegí.
—
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
—
—No necesito un escudo, Camila.
—
Se inclinó una vez más, su voz apenas un susurro.
—
—Necesito una aliada.
—
—
Y en ese momento entendí algo aterrador:
—
No me había casado con un hombre frío.
—
Me había casado con un hombre peligroso.
—
Y lo peor…
—
era que una parte de mí no quería salir corriendo.