PARTE 2: LOS RECIBOS CONTABAN OTRA HISTORIA

El comedor quedó en silencio.

Solo se escuchaba el goteo de la lluvia contra el balcón.

Rodrigo seguía de pie.

—Mariana… ¿qué pasa?

No respondí.

Abrí la carpeta azul con la mano izquierda.

La licenciada Garza permanecía junto a la puerta, observando sin intervenir.

No había venido como mi jefa.

Había insistido en subir porque, después de escuchar cuatro días de hospital y una sola llamada de mi familia, presentía que yo no iba a encontrar precisamente un hogar esperándome.

Saqué el primer sobre.

Lo deslicé hacia Rodrigo.

—Ábrelo.

Él obedeció.

Dentro había decenas de recibos acomodados por fecha.

Transferencias bancarias.

Comprobantes de pago.

Estados de cuenta.

Rodrigo comenzó a hojearlos.

Su expresión cambió poco a poco.

—¿Qué es todo esto?

—Tus últimos seis años.

Fernanda soltó una risa incómoda.

—¿Ahora nos vas a cobrar cada favor?

No la miré.

Tomé otro documento.

—Renta del departamento.

Otro.

—Predial.

Otro.

—Mantenimiento.

Otro.

—Luz.

Gas.

Internet.

Colegiaturas.

Uniformes.

Medicinas para los niños.

Reparaciones del automóvil de Rodrigo.

Incluso los pagos del veterinario cuando decidieron adoptar un perro.

Cada gasto estaba clasificado.

Cada transferencia tenía fecha.

Cada factura llevaba mi nombre.

Rodrigo tragó saliva.

—No sabía que era tanto…

—Porque nunca preguntaste.

Seguí sacando hojas.

Las fui acomodando una sobre otra.

La pila crecía.

Fernanda dejó de sonreír.

—Eso no significa nada.

Entonces coloqué el último estado financiero frente a ellos.

En la esquina superior aparecía una cifra resaltada en amarillo.

$803,427.16

Rodrigo parpadeó varias veces.

—¿Ochocientos…?

Asentí.

—Ochocientos mil cuatrocientos veintisiete pesos con dieciséis centavos.

Nadie habló.

Hasta los niños dejaron de jugar.

—Es lo que he gastado manteniendo esta casa… y a ustedes.

Fernanda golpeó la mesa.

—¡Eso es ridículo!

La licenciada Garza habló por primera vez.

Su voz fue tranquila.

—Yo revisé personalmente los documentos antes de venir.

Todos la miraron.

—Soy contadora pública antes de ser directora administrativa.

Tomó una carpeta idéntica.

—Las cifras son correctas.

Rodrigo sintió que las piernas comenzaban a temblarle.

—Mari…

Levanté otra hoja.

—¿Reconoces esta transferencia?

Él observó el comprobante.

—Es… dinero para mamá.

—Sí.

Dos mil quinientos pesos cada mes.

Durante cuatro años.

Rodrigo asintió.

—Siempre dijiste que era para ayudarla.

Respiré lentamente.

Aquella era la parte que más me dolía.

—Eso mismo creía yo.

Saqué otro sobre.

Era mucho más delgado.

Solo contenía unas cuantas hojas.

—Mientras estaba internada, Consuelo fue a buscar unos documentos a mi escritorio.

Hice una pausa.

—Encontró algo que nunca debí haber ignorado.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Coloqué sobre la mesa varios depósitos bancarios.

Todos hechos el mismo día.

El mismo monto.

La misma cuenta de destino.

Pero el nombre del titular no era mi madre.

Era Fernanda.

El color abandonó el rostro de mi cuñada.

Rodrigo tomó uno de los recibos.

Luego otro.

Y otro más.

Las fechas coincidían exactamente con los días en que yo hacía las transferencias para “ayudar a mamá”.

Miró a su esposa.

—¿Qué significa esto?

Fernanda abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Rodrigo levantó lentamente la vista hacia mí.

—Mariana…

Su voz apenas era un susurro.

—¿Desde cuándo sabías esto?

Negué con la cabeza.

—No lo sabía.

Respiré hondo.

—Lo descubrí hace dos días, desde la cama del hospital.

El silencio volvió a llenar el departamento.

Fernanda comenzó a respirar cada vez más rápido.

Porque acababa de comprender que aquellos ochocientos mil pesos no eran el verdadero problema.

El verdadero problema era que los recibos demostraban que, durante años, alguien había utilizado el nombre de mi propia madre para desviar dinero.

Y la persona que aparecía recibiendo esos depósitos estaba sentada frente a nosotros.

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