PARTE 2: LA LLAMADA QUE LO CAMBIÓ TODO

Cuando la llamada terminó, Audrey permaneció unos segundos mirando la pantalla apagada de su teléfono.

Leo seguía dormido sobre su pecho.

Apenas respiraba con esos pequeños suspiros que solo hacen los recién nacidos.

Ella le acarició la cabeza con cuidado.

—Ya pasó, mi amor.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que aquella frase podía ser verdad.

Cinco minutos después, el autobús apenas había avanzado unas cuantas calles cuando recibió otro mensaje.

No era de su padre.

Era del jefe del equipo de seguridad de Brooks Global.

“Señora Brooks, ya estamos movilizados. Dos vehículos se dirigen a su apartamento. Otros dos permanecerán con usted desde que descienda del autobús.”

Audrey respiró hondo.

Nunca había querido usar el peso de su apellido.

Su padre siempre le había dicho que el verdadero privilegio era no necesitar demostrar quién era.

Ella había intentado construir una vida propia.

Un matrimonio propio.

Una familia propia.

Pero Dominic había confundido aquella discreción con ausencia de poder.


Mientras tanto, al otro lado de Manhattan, el ambiente dentro del restaurante Carbone era completamente distinto.

Victoria Vance levantó su copa de vino.

—Por el crecimiento de la empresa de mi hijo.

Arthur sonrió orgulloso.

—Dentro de un año estaremos en la lista de las empresas tecnológicas más importantes del país.

Natalie miró a Dominic.

—Y cuando cierres la próxima ronda de inversión, por fin podremos cambiar ese apartamento por una casa en los Hamptons.

Dominic sonrió satisfecho.

—Todo llegará.

Solo necesito cerrar una última negociación.

Victoria dejó los cubiertos sobre la mesa.

—¿Y Audrey?

Él hizo un gesto de indiferencia.

—Se le pasará.

Siempre termina calmándose.

Los cuatro rieron.

Ninguno imaginaba que, en ese mismo instante, cuatro camionetas negras acababan de detenerse frente al edificio donde vivían.


El conserje observó sorprendido cómo descendían varios hombres con traje oscuro.

Uno de ellos mostró una credencial.

—Venimos en representación de la familia Brooks.

Necesitamos acceso inmediato al penthouse.

El hombre abrió los ojos.

—¿La familia Brooks?

—Así es.

Tenemos autorización de la señora Audrey Brooks.

No Vance.

Brooks.

Aquellas dos palabras hicieron que el administrador frunciera el ceño.

Durante dos años siempre había conocido a la propietaria como Audrey Vance.

Jamás había escuchado aquel apellido.


Cuando Audrey llegó cuarenta minutos después, el edificio parecía otro.

Dos agentes de seguridad la esperaban en la entrada.

Uno de ellos tomó cuidadosamente la bolsa del bebé.

Otro cargó a Leo mientras ella caminaba lentamente hacia el ascensor.

Cada paso seguía doliendo.

Pero ya no estaba sola.

Al abrirse la puerta del penthouse, encontró una escena inesperada.

Decenas de cajas perfectamente organizadas.

Un médico privado revisando discretamente su estado.

Y su padre, Charles Brooks, de pie frente al enorme ventanal.

No llevaba traje.

Solo un abrigo oscuro.

Pero bastaba verlo para comprender por qué tantas personas le tenían respeto.

Se giró lentamente.

En cuanto vio a su hija, dejó de ser el empresario.

Volvió a ser simplemente un padre.

Caminó hasta ella.

La abrazó con muchísimo cuidado para no tocar la herida de la cesárea.

Después besó la frente de Leo.

—Perdóname.

Audrey lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque respeté demasiado tu decisión de mantenerme al margen.

Debí intervenir antes.

Ella negó despacio.

—No podías saberlo.

Charles guardó silencio unos segundos.

Luego señaló una carpeta colocada sobre la mesa.

—Mientras venía hacia aquí pedí que revisaran toda la documentación relacionada con Dominic.

Encontramos algo que me preocupa.

Audrey sintió un escalofrío.

—¿Qué pasó?

Su padre abrió lentamente la carpeta.

Dentro había contratos de inversión.

Estados financieros.

Y un documento resaltado con una etiqueta roja.

—Hace ocho meses…

Dominic utilizó este apartamento como garantía ante un grupo de inversionistas.

Ella frunció el ceño.

—Eso es imposible.

La propiedad está únicamente a mi nombre.

Charles asintió lentamente.

—Exactamente.

Por eso quiero que mires la última página.

Audrey tomó el documento.

La sangre abandonó su rostro.

En el espacio reservado para la propietaria aparecía su firma.

Una firma perfecta.

Casi imposible de distinguir de la auténtica.

Pero no era suya.

Levantó la vista lentamente.

—Papá…

¿Alguien falsificó mi firma?

Charles cerró la carpeta.

Su expresión era más seria que nunca.

—No solo una vez.

Nuestros abogados creen que existen al menos cinco contratos más con la misma firma.

Y si eso se confirma…

Hizo una breve pausa.

—Dominic ya no enfrentará únicamente un divorcio. También tendrá que responder por un fraude que podría destruir todo aquello que tanto presumía haber construido.

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