Durante varios segundos no pude moverme.
La pantalla de la tableta seguía iluminando la sala oscura.
Mi respiración era tan fuerte que temí que alguien pudiera escucharla al otro lado del teléfono.
Leí otra vez el mensaje.
“Después del divorcio no te tocará casi nada. Después del funeral, todo será tuyo.”
No era una conversación antigua.
La hora aparecía debajo del texto.
2:14 p. m.
Menos de una hora después de que Alejandro hubiera salido del departamento.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No era paranoia.
No era una mala interpretación.
Alguien acababa de escribir la palabra funeral mientras yo seguía viva.
Tomé otra fotografía de la pantalla.
Después otra.
Y una tercera donde también se veía el nombre del contacto: Mamá.
No toqué nada más.
No quería alterar una sola conversación.
A las siete de la mañana siguiente estaba en el despacho de Matilde.
La bolsa con la funda de la almohada permanecía sellada sobre la mesa.
También llevaba impresas las fotografías de la cámara del edificio y las capturas de la conversación.
Matilde observó todo en silencio.
No habló durante varios minutos.
Finalmente levantó la vista.
—Isabel.
Su tono había cambiado por completo.
—A partir de este momento no va a volver sola a ese departamento.
Asentí.
—¿Cree que estoy exagerando?
Ella negó lentamente.
—Creo que tiene suficientes elementos para actuar con mucha prudencia.
Guardó la funda dentro de una caja para evidencia.
—Esto debe analizarse por un laboratorio independiente.
Después señaló las capturas del chat.
—Y estas conversaciones también deben preservarse correctamente.
Respiró hondo.
—No responda mensajes. No confronte a su esposo. No mencione que vio nada.
Salí del despacho directamente hacia la farmacia.
Intenté comportarme como cualquier otro día.
Sonreí a los clientes.
Revisé inventarios.
Firmé pedidos.
Pero mi cabeza seguía regresando a la misma imagen.
Tres gotas cayendo lentamente sobre mi almohada.
A media tarde recibí flores.
Un enorme arreglo de lirios blancos.
La tarjeta decía:
“Perdón por estar tan ocupado. Esta noche cenamos juntos. Te amo.”
Firmado:
Alejandro.
Nunca antes me había regalado lirios.
Me quedé observándolos varios segundos.
Entonces recordé algo.
Los lirios eran las flores favoritas de mi madre.
También las que había en su funeral.
Sentí un nudo en el estómago.
Le pedí a Rocío que sacara inmediatamente el arreglo del local.
—¿No le gustan?
Preguntó extrañada.
Sonreí con esfuerzo.
—Prefiero las margaritas.
Mentí.
Aquella noche Alejandro regresó a casa.
Actuó exactamente igual que siempre.
Me besó la frente.
Preguntó por mi fiebre.
Incluso preparó té.
—Te noto muy cansada.
Asentí.
—Ha sido una semana difícil.
Él me acarició el cabello.
La misma mano que el día anterior había sostenido aquel frasco oscuro.
—Todo va a mejorar.
Lo miré fijamente.
—Eso espero.
Mientras él se duchaba, sonó una notificación en la tableta.
No tuve que buscar la conversación.
Apareció directamente en la pantalla.
Era un nuevo mensaje de doña Carmen.
“¿Ya habló con el notario?”
Alejandro respondió casi de inmediato.
“Todavía no.”
Después llegó otra línea.
“No tardes. Antes debemos resolver lo del seguro de vida.”
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Seguro de vida.
Jamás habíamos hablado de eso.
Nunca.
Guardé otra captura.
Y entonces apareció un tercer mensaje.
Uno que no provenía de doña Carmen.
El nombre del remitente hizo que el teléfono casi se me escapara de las manos.

Lic. Esteban Rivas.
Nuestro abogado de familia desde hacía más de quince años.
El mensaje era breve.
“La documentación está casi lista. Solo falta una firma.”
Me quedé inmóvil.
Porque, de todas las personas que imaginé involucradas…
Jamás pensé que alguien que conocía a mi padre, había asistido a nuestra boda y llevaba media vida administrando nuestros asuntos legales pudiera estar esperando, junto con los demás, el día de mi muerte.