PARTE 2: LAS CÁMARAS REVELARON A LA VERDADERA MONSTRUO

En la sala de monitoreo nadie dijo una sola palabra.

Mi jefe de seguridad permanecía inmóvil frente a las pantallas.

Yo tampoco era capaz de moverme.

Durante varios segundos solo escuché mi propia respiración.

Entonces Patricia dio un paso más hacia Rosa.

—Te advertí que dejaras de meterte entre estas niñas y yo.

Rosa mantuvo las manos cruzadas delante del delantal.

No respondió.

Había algo extraño en su actitud.

No era miedo.

Era prudencia.

Como si supiera perfectamente que cualquier palabra equivocada podía empeorar la situación para Martina y Daniela.

Patricia sonrió con desprecio.

—¿Crees que él va a creer una sola palabra tuya?

Rosa bajó la mirada.

—No estoy intentando convencer a nadie.

—Claro que no. Porque sabes que pronto estarás fuera de esta casa.

Sentí un golpe en el pecho.

Aquella frase no parecía improvisada.

Sonaba como un plan.

Patricia caminó lentamente hasta el aparador del salón.

Abrió un cajón.

Sacó un pequeño estuche de terciopelo azul.

Reconocí inmediatamente lo que era.

El reloj de oro que había denunciado como desaparecido dos semanas antes.

El mismo robo del que Patricia había insinuado que Rosa era responsable.

Con absoluta tranquilidad, Patricia escondió el reloj dentro del bolso de trabajo de Rosa, que descansaba junto a la puerta de la cocina.

Mi sangre se congeló.

—¿Está grabando esa cámara? —pregunté casi sin voz.

El jefe de seguridad amplió la imagen.

La resolución era perfecta.

Se veía el reloj.

Se veía la mano de Patricia.

Se veía exactamente dónde lo había escondido.

—Todo está quedando registrado, señor.

No podía apartar la vista.

Durante semanas había mirado a Rosa con desconfianza.

Había revisado sus horarios.

Había permitido auditorías sobre sus pertenencias.

Y ella jamás protestó.

Jamás.

Mientras tanto, Patricia volvió a acercarse a las niñas.

Se agachó hasta quedar a la altura de Daniela.

Su sonrisa regresó.

Pero ahora sabía que era la sonrisa más falsa que había visto en mi vida.

—¿Qué le dirán a papá cuando vuelva?

Las dos niñas permanecieron en silencio.

Patricia tomó suavemente la barbilla de Daniela.

Demasiado suavemente.

—Vamos…

Ya conocen las reglas.

Daniela tragó saliva.

—Que… Rosa nos gritó…

Sentí que el mundo se detenía.

Martina comenzó a llorar.

Muy despacio.

Como alguien que ya ni siquiera espera que la consuelen.

—Y que rompió el conejo…

añadió Patricia.

Martina negó con la cabeza.

—No fue Rosa…

Los ojos de Patricia cambiaron al instante.

Aquella dulzura desapareció.

—¿Qué acabas de decir?

La niña retrocedió un paso.

Daniela abrazó inmediatamente a su hermana.

—Fue usted…

Patricia sonrió otra vez.

Una sonrisa helada.

—Creo que necesitan recordar lo que ocurre cuando me contradicen.

Levantó la mano.

No llegó a tocar a ninguna de las dos.

Porque Rosa reaccionó antes.

Se interpuso entre ellas.

—Por favor…

No haga esto delante de las niñas.

Patricia la empujó con fuerza.

Rosa perdió el equilibrio, pero consiguió no caer.

Las niñas corrieron inmediatamente hacia ella.

No hacia Patricia.

No hacia ninguna otra persona.

Hacia Rosa.

Y entonces comprendí algo que me destrozó por dentro.

Durante meses había interpretado aquella cercanía como manipulación.

Pero las niñas no buscaban a Rosa porque ella las estuviera alejando de mí.

La buscaban porque era la única adulta que las hacía sentirse seguras cuando yo no estaba.

Me cubrí la boca con la mano.

No podía respirar.

Recordé todas las veces que Martina había querido decirme algo antes de dormir.

Todas las ocasiones en que Daniela me preguntó si volvería pronto de un viaje.

Todas las veces que Patricia respondía por ellas.

“Están cansadas.”

“Solo extrañan un poco.”

“Son muy sensibles.”

Yo había aceptado cada explicación.

Porque era más fácil creerle a la mujer que amaba que admitir que mis propias hijas estaban pidiendo ayuda.

El jefe de seguridad rompió el silencio.

—Señor…

Creo que debe ver esto también.

Cambió la grabación a otra fecha.

Tres semanas antes.

Otra mañana de supuesto viaje de negocios.

Patricia esperaba a que yo saliera.

Después repetía exactamente el mismo comportamiento.

Insultos.

Amenazas.

Castigos.

Mentiras.

Y algo peor.

En otra cámara apareció revisando mi despacho.

Abrió la caja fuerte.

No conocía la combinación.

Fotografió documentos financieros.

Después utilizó su teléfono para enviarlos a alguien.

Mi jefe de seguridad hizo una pausa en la imagen.

—Llevamos varios días revisando las grabaciones por una irregularidad en el sistema.

No quería alarmarlo sin pruebas.

Pero esto aparece en seis fechas diferentes.

Seis.

No era un arrebato.

Era un patrón.

Una estrategia perfectamente organizada.

Mientras seguíamos observando, el teléfono de Patricia vibró.

Ella respondió sonriendo.

La cámara del salón tenía audio.

Una voz masculina habló al otro lado.

—¿Todo sigue según el plan?

Patricia respondió sin la menor duda.

—Sí.

En cuanto me case con él, las niñas dejarán de ser un problema.

Y cuando firme los nuevos poderes sobre la empresa…

ya no necesitaremos seguir fingiendo.

Sentí que el corazón dejaba de latirme.

No solo había entrado una depredadora en mi casa.

Había estado a punto de convertirla en la madrastra legal de mis hijas… y en la mujer con acceso absoluto a toda mi fortuna.

Pero lo que Patricia ignoraba era que, mientras pronunciaba cada una de aquellas palabras, yo ya no estaba camino a Europa.

Estaba escuchándola desde la habitación secreta de mi propia mansión.

Y acababa de tomar la decisión que cambiaría su vida para siempre.

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