—¡Mateo!
El grito de Lucía atravesó la mansión.
Corrió hacia el sillón vacío y apartó la manta con manos desesperadas, como si su hijo pudiera estar escondido debajo. Solo encontró el medallón de jade y aquella nota escrita con tinta roja:
“El heredero Gu nos pertenece.”
—¡Cierren todas las salidas! —ordenó Sebastián.
Los guardias corrieron hacia las puertas, pero Adrián levantó la voz:
—¡Nadie abandona el salón! El secuestrador podría estar entre los invitados.
La frase provocó el caos.
Algunas mujeres gritaron. Varios empresarios exigieron que les permitieran salir. Los miembros de la familia Gu comenzaron a mirar a su alrededor con desconfianza.
Lucía no escuchaba nada.
Apretaba el medallón contra su pecho mientras intentaba respirar.
—Estaba aquí —murmuró—. Estaba dormido hace unos segundos.
Adrián se acercó, pero ella retrocedió.
—¡No me toques!
—Lucía…
—¡Dijiste que venías a protegerlo! —gritó ella—. ¡Cinco años sin aparecer y, en cuanto regresas, mi hijo desaparece!
Adrián recibió aquellas palabras sin defenderse.
Su rostro estaba pálido. Tenía los ojos clavados en el pequeño zapato que Mateo había dejado junto al sillón.
—Tienes derecho a odiarme —dijo con voz quebrada—. Pero te juro que voy a encontrarlo.
—Los juramentos de los Gu no significan nada para mí.
Sebastián recogió la nota y la examinó.
—La tinta todavía está húmeda.
Adrián se volvió hacia los guardias.
—Revisen las cámaras.
El jefe de seguridad permaneció inmóvil.
Era un hombre corpulento llamado Ramiro Suárez, empleado de la familia desde hacía más de veinte años.
—Las cámaras dejaron de funcionar cuando se cortó la electricidad —explicó.
—¿Todas? —preguntó Sebastián.
—Sí, señor.
Adrián entrecerró los ojos.
—Para apagar simultáneamente la electricidad y el sistema de vigilancia se necesita acceso al cuarto de control.
Ramiro tragó saliva.
—Solo el personal de seguridad tiene acceso.
—Entonces empiece interrogando a sus propios hombres.
Camila continuaba retenida por uno de los agentes. Aunque había intentado escapar minutos antes, ahora observaba el sillón vacío con una expresión extraña.
No parecía sorprendida.
Lucía lo notó.
Se lanzó sobre ella.
—¿Dónde está mi hijo?
Camila no respondió.
Lucía la sujetó por los hombros.
—¡Mírame! ¿Dónde está Mateo?
—No lo sé.
—¡Estás mintiendo!
—Yo quería que ese niño desapareciera de esta familia —admitió Camila—, pero no ordené que lo secuestraran.
Adrián se aproximó lentamente.
—Hace cinco años sí ordenaste mi desaparición.
Camila lo miró.
Por primera vez, su frialdad se quebró.
—No tenía otra opción.
—Siempre hay otra opción antes de encerrar a tu propio hijo.
Un murmullo recorrió el salón.
Doña Elena golpeó el suelo con su bastón.
—Quiero saber toda la verdad.
Camila bajó la mirada.
—Adrián descubrió algo que podía destruir a los Gu.
—¿Qué cosa? —preguntó Sebastián.
Ella permaneció callada.
Adrián abrió la carpeta que había llevado a la mansión.
—Nuestro padre no murió por una enfermedad.
La anciana se quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Fue envenenado lentamente durante casi un año.
La respiración de doña Elena se volvió irregular.
Su hijo, Alejandro Gu, había muerto seis años atrás después de una enfermedad misteriosa. Los mejores médicos del país no habían logrado explicar el deterioro repentino de su organismo.
Camila negó con la cabeza.
—No sabes lo que dices.
—Encontré los análisis originales —continuó Adrián—. Había pequeñas dosis de una sustancia tóxica en su sangre. Alguien modificó los resultados antes de entregarlos a la familia.
Sebastián miró a su madre.
—¿Fuiste tú?
—¡No!
La respuesta salió demasiado rápido.
—Yo amaba a su padre.
—También decías amarnos a nosotros —respondió Adrián—, y aun así me mantuviste encerrado durante cinco años.
Lucía se interpuso.
—¡Mi hijo está desaparecido! Pueden discutir sus crímenes después. Ahora quiero saber quién se lo llevó.
Adrián asintió.
—Tienes razón.
Se arrodilló junto al sillón y observó el suelo. Cerca de una de las patas encontró una fina capa de polvo blanco.
La tocó con la punta de los dedos.
—Yeso.
Sebastián miró hacia el techo.
—Están remodelando el ala norte.
—Está cerrada desde hace meses —dijo doña Elena—. Nadie debería estar allí.
Adrián se levantó.
—Entonces empezaremos por ese lugar.
Lucía intentó acompañarlos.
—Tú te quedas aquí —dijo Sebastián.
Ella se volvió con los ojos encendidos.
—Es mi hijo.
—Podría ser peligroso.
—Durante cinco años lo protegí sin ustedes. No voy a quedarme sentada mientras dos desconocidos deciden qué es mejor para él.
Adrián sostuvo su mirada.
—Vendrá con nosotros.
Sebastián quiso protestar, pero su hermano ya caminaba hacia la escalera.
Los tres atravesaron un corredor oscuro que conducía al ala norte. Doña Elena ordenó a cuatro guardias que los acompañaran, pero Adrián se negó.
—Si alguien de seguridad colaboró con el secuestro, no podemos confiar en ellos.
—Entonces irán solos —respondió la anciana.
Lucía avanzó entre los dos hermanos.
Cada paso aumentaba la presión en su pecho.
—¿Por qué Mateo llevaba tu medallón? —preguntó sin mirar a Adrián.
Él tardó en contestar.
—Te lo entregué la noche del accidente.
—Sebastián dijo que era suyo.
—Los dos recibimos medallones idénticos al cumplir dieciocho años. El de Sebastián apareció en el automóvil después del choque. El mío nunca fue encontrado.
Lucía recordó aquella noche lluviosa.
Adrián había llegado a la cafetería donde ella trabajaba. Parecía nervioso. Le había dicho que necesitaba marcharse durante unos días, pero que regresaría por ella.
Antes de despedirse, colocó el medallón en sus manos.
“Guárdalo hasta que vuelva”.
Ella había esperado cinco años.
—¿Por qué no me dijiste que tenías un hermano gemelo? —preguntó.
—Porque Sebastián estaba estudiando en otro país y nuestra relación era complicada.
—¿Complicada?
Sebastián soltó una risa amarga.
—Nuestro padre nos enfrentó desde niños. Decía que solo uno de nosotros podría dirigir la familia.
—Y nuestra madre se aseguró de que ese fuera Sebastián —añadió Adrián.
Sebastián se detuvo.
—Yo no sabía lo que te había hecho.
—Pero aceptaste ocupar mi lugar.
—Me dijeron que habías muerto.
Adrián lo miró con dureza.
—Nunca viste mi cuerpo.
—Vi el automóvil destruido. Vi sangre. Mamá me entregó tus documentos y me dijo que no quedaba nada que enterrar.
Durante unos segundos, los hermanos permanecieron frente a frente.
Tenían el mismo rostro, pero expresiones completamente distintas. Sebastián había crecido rodeado de privilegios y obediencia. Adrián cargaba en los ojos cinco años de encierro.
Lucía continuó caminando.
—Si quieren discutir quién sufrió más, háganlo después de encontrar a Mateo.
Llegaron a una puerta cubierta con plástico y tablas.
Sebastián arrancó una de ellas.
Detrás había un corredor sin iluminación.
El olor a humedad era intenso.
—Mateo —llamó Lucía—. ¡Cariño, responde!
No hubo respuesta.
Avanzaron utilizando las linternas de sus teléfonos. El suelo estaba cubierto de polvo, pero varias huellas recientes conducían hacia una habitación al final del pasillo.
Eran demasiado grandes para pertenecer a un niño.
Junto a ellas había pequeñas marcas paralelas.
—Arrastraron algo con ruedas —dijo Adrián.
—¿Un carrito? —preguntó Lucía.
—O una silla.
Llegaron a la habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Sebastián la empujó.
En el interior encontraron una silla volcada, un pañuelo infantil y una jeringa vacía.
Lucía reconoció el pañuelo.
Lo había colocado esa misma tarde alrededor del cuello de Mateo.
—No…
Sus piernas cedieron.
Adrián la sujetó antes de que cayera.
—Está vivo.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Si quisieran matarlo, no lo habrían trasladado. Lo necesitan.
Sebastián examinó la jeringa.
—Parece un sedante.
Adrián observó las paredes. Una de ellas estaba cubierta por un gran plástico gris. Lo retiró y descubrió una puerta metálica.
—No sabía que existía este acceso —dijo Sebastián.
—Porque no aparece en los planos actuales.
Adrián introdujo una barra de hierro entre la puerta y el marco. Sebastián lo ayudó.
Después de varios intentos, el metal cedió.
Al otro lado había un antiguo ascensor de servicio.
El indicador luminoso mostraba el nivel subterráneo.
—Hay túneles debajo de la mansión —dijo Adrián.
Sebastián lo miró sorprendido.
—Eso es imposible.
—Nuestro abuelo los construyó durante la guerra. Conectan la mansión con las antiguas bodegas y con una salida cerca del río.
Lucía entró al ascensor.
—Entonces bajemos.
—Podría ser una trampa —advirtió Sebastián.
—Mi hijo está abajo.
Presionó el botón.
Los tres descendieron en silencio.
Cuando las puertas se abrieron, encontraron un túnel iluminado por pequeñas lámparas de emergencia. En el suelo había una manta azul.
Lucía la recogió.
Era de Mateo.
—Pasaron por aquí.
Un sonido metálico llegó desde el fondo.
Adrián levantó una mano, pidiéndoles silencio.
Avanzaron hasta una bifurcación.
En una dirección se escuchaba agua.
En la otra, el ruido de un motor.
—Se dirigen hacia la salida del río —dijo Sebastián.
Corrieron.
Al doblar el último pasillo, vieron una camioneta negra estacionada junto a una puerta abierta. Dos hombres colocaban una caja grande en la parte trasera.
Lucía reconoció de inmediato al hombre que supervisaba la operación.
Era Ramiro, el jefe de seguridad.
—¡Mateo! —gritó.
Ramiro se volvió.
—¡Suban al niño!
Uno de sus hombres abrió la puerta de la camioneta.
Dentro, Mateo estaba inconsciente, envuelto en una manta.
Lucía corrió hacia él, pero Ramiro sacó una pistola.
—Un paso más y no volverá a despertar.
Adrián se colocó delante de Lucía.
—No le hagas daño.
—Siempre fuiste demasiado sentimental —respondió Ramiro—. Por eso resultó tan fácil eliminarte.
Adrián apretó los puños.
—Tú conducías el automóvil aquella noche.
—Tu madre me pagó para provocar el accidente. Después me ordenó llevarte a una clínica privada.
Sebastián miró al hombre con horror.
—Trabajaste para nuestra familia durante veinte años.
—Precisamente por eso sé cuánto vale cada secreto de los Gu.
Lucía no apartaba la mirada de Mateo.
El niño respiraba.
Su pecho se movía lentamente debajo de la manta.
—¿Qué quieren de él?
Ramiro sonrió.
—No es lo que queremos de él. Es lo que representa.
—Es un niño.
—Es el hijo del verdadero heredero.
Adrián dio un paso adelante.
—Soy yo quien les interesa. Déjalo ir.
—Tú dejaste de ser útil cuando escapaste.
Ramiro hizo una señal a sus hombres.
—Pero tu hijo posee algo que toda esta familia necesita.
Lucía levantó el medallón.
—¿Esto?
—El medallón solo es una llave.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Una llave para qué?
Ramiro miró hacia la puerta que comunicaba con el río.
—Para acceder a la herencia que Alejandro Gu escondió antes de morir.
Adrián quedó inmóvil.
—Mi padre no dejó otra herencia.
—Dejó mucho más que dinero. Documentos, cuentas secretas y pruebas suficientes para enviar a prisión a la mitad de los invitados que están arriba.
Ramiro señaló el medallón.
—El jade contiene un código. Pero la caja de seguridad está programada para abrirse únicamente con la huella de un descendiente directo de Adrián.
Lucía comprendió.
—Por eso necesitan a Mateo.
—Exactamente.
—¿Quién te dio la orden?
Ramiro sonrió.
—Alguien que lleva toda la noche fingiendo estar sorprendido.
Un disparo resonó en el túnel.
Ramiro cayó de rodillas.
La pistola resbaló de su mano.
Detrás de él apareció Victoria Salazar.
Sostenía un arma con ambas manos.
Su vestido blanco estaba manchado de polvo y su rostro había perdido toda apariencia delicada.
—Hablas demasiado —dijo.
Sebastián la observó, paralizado.
—¿Victoria?
Ella apuntó hacia Lucía.
—Entrégame el medallón.
—Tú secuestraste a mi hijo —murmuró Lucía.
—Yo organicé esta celebración para reunir a toda la familia. Necesitaba al niño dentro de la mansión y tú me lo trajiste voluntariamente.
—¿Cómo sabías que vendría?
—Porque fui yo quien te envió la invitación anónima.
Lucía recordó el sobre que había recibido tres días antes. Dentro había una fotografía de Sebastián junto a Victoria y una nota con la dirección de la mansión.
Había pensado que alguien deseaba que descubriera el compromiso.
En realidad, la estaban conduciendo hacia una trampa.
—También fuiste tú quien me hizo creer que Sebastián era el hombre que conocí —dijo.
Victoria sonrió.
—Dos hermanos idénticos. Una mujer desesperada. Un niño con la marca de los Gu. Solo necesitaba esperar a que hicieras el escándalo frente a todos.
Sebastián se acercó lentamente.
—¿Ibas a casarte conmigo para entrar en la familia?
—No seas ingenuo. Mi padre lleva años intentando apoderarse de las empresas Gu. El matrimonio era la forma más sencilla.
—Te amaba.
—Amabas la mujer que yo fingía ser.
La frase golpeó a Sebastián.
Pero Adrián no apartó la mirada del arma.
—Deja salir a Lucía y al niño. Yo abriré la caja.
—No puedes. Tu padre cambió el sistema cuando descubrió que estaban intentando matarte. Solo tu descendiente puede hacerlo.
Mateo comenzó a moverse dentro de la camioneta.
—Mamá… —susurró.
Lucía dio un paso.
Victoria apuntó directamente al niño.
—No lo intentes.
—Tiene cinco años —dijo Lucía—. Está asustado.
—Entonces será mejor que su madre coopere.
Lucía levantó el medallón.
—Déjame acercarme a él y te lo entregaré.
—Arrójalo.
—Si cae al suelo puede romperse.
Victoria dudó.
Ese instante fue suficiente.
Sebastián se lanzó sobre ella.
El disparo golpeó el techo.
Adrián corrió hacia la camioneta mientras Lucía se arrojaba al suelo. Victoria golpeó a Sebastián con el arma y consiguió apartarlo.
Uno de los hombres de Ramiro sujetó a Adrián.
El otro encendió el motor.
—¡Sáquenlos de aquí! —gritó Victoria.
Lucía vio que la camioneta comenzaba a moverse.
No pensó.
Se levantó y corrió.
Saltó a la parte trasera antes de que las puertas se cerraran.
—¡Mamá! —lloró Mateo.
Lucía lo abrazó.
El niño estaba débil, pero consciente.
—Estoy aquí, cariño.
Uno de los secuestradores intentó apartarla. Lucía tomó la jeringa vacía que aún llevaba en el bolsillo y la clavó en su brazo.
El hombre gritó, creyendo que contenía alguna sustancia.
Ella aprovechó su confusión para empujarlo fuera del vehículo.
La camioneta aceleró hacia la salida.
Adrián consiguió soltarse y saltó sobre el estribo lateral.
—¡Lucía, abre la puerta!
Antes de que pudiera hacerlo, Victoria apareció conduciendo otro automóvil. Chocó contra la parte trasera de la camioneta.
El vehículo perdió el control.
Las ruedas patinaron sobre el suelo mojado de la salida subterránea.
Frente a ellos se extendía el río.
—¡Vamos a caer! —gritó el conductor.
Lucía cubrió a Mateo con su cuerpo.
La camioneta atravesó una barrera de madera y quedó suspendida al borde del embarcadero.
La parte delantera cayó hacia el agua.
Adrián rompió una de las ventanas.
—¡Dame al niño!
Lucía sostuvo a Mateo, pero la inclinación del vehículo aumentaba.
—No puedo alcanzarte.
—Confía en mí.
Aquellas palabras despertaron un dolor antiguo.
Cinco años atrás, Adrián también le había pedido que confiara en él.
Después desapareció.
Pero ahora vio sus manos ensangrentadas aferradas a la ventana. Vio el terror verdadero en sus ojos.
Le entregó a Mateo.
Adrián tomó al niño y lo apretó contra su pecho justo cuando la camioneta se deslizó hacia el río.
—¡Lucía!
El agua oscura envolvió el vehículo.
Sebastián llegó al embarcadero y se lanzó sin quitarse la chaqueta. Nadó hacia la camioneta mientras Adrián dejaba a Mateo en manos de uno de los agentes que acababan de aparecer.
Adrián volvió al agua.
Entre los dos hermanos consiguieron abrir la puerta trasera.
Lucía emergió tosiendo.
Adrián la sostuvo por la cintura y la llevó hasta la orilla.
—¿Mateo? —preguntó ella, apenas capaz de respirar.
—Está a salvo.
Lucía se arrastró hacia su hijo.
Mateo corrió a sus brazos.
—Mamá, pensé que no ibas a despertar.
—Nunca voy a abandonarte.
Lo besó repetidamente mientras él lloraba contra su cuello.
Las sirenas se acercaban.
Victoria intentó escapar en su automóvil, pero la policía bloqueó el camino. Bajó empuñando el arma.
—¡Nadie se acerque!
Camila apareció detrás de los agentes.
Había escapado de quien la vigilaba y había seguido el túnel.
—Victoria, baja el arma.
La joven soltó una carcajada.
—Todo esto es culpa tuya. Si hubieras matado bien a Adrián hace cinco años, nada habría salido mal.
Camila cerró los ojos.
Aquella frase fue escuchada por todos.
Doña Elena, que acababa de llegar acompañada por la policía, se llevó una mano al pecho.
—Entonces es verdad —murmuró—. Intentaste matar a tu propio hijo.
Camila miró a la anciana.
—Lo hice por Sebastián.
—No me uses como excusa —respondió él.
Su voz estaba llena de desprecio.
—Me robaste un hermano. Le robaste un padre a Mateo. Convertiste mi vida en una mentira.
Victoria levantó el arma hacia Adrián.
—Entrégame el medallón o lo mataré ahora mismo.
Lucía se interpuso.
—Tendrás que dispararme primero.
Adrián intentó apartarla.
—Lucía, no.
—Ya me quitaste cinco años con él —dijo ella sin dejar de mirar a Victoria—. No permitiré que vuelvan a separarlos.
Victoria apretó el gatillo.
No salió ningún disparo.
El cargador estaba vacío.
Sebastián se abalanzó sobre ella y le arrebató el arma. Los agentes la redujeron contra el suelo.
Camila no intentó escapar.
Observó a sus dos hijos de pie junto a Lucía y Mateo.
Después extendió las manos para que la esposaran.
—Solo quería que Sebastián heredara todo —dijo.
Doña Elena se acercó lentamente.
—No lo hiciste por él. Lo hiciste porque siempre deseaste controlar a esta familia.
Camila bajó la cabeza.
—Adrián era igual a su padre. Nunca habría obedecido.
—Por eso intentaste destruirlo.
La anciana levantó la mano.
Durante un instante pareció dispuesta a abofetearla, pero finalmente la dejó caer.
—Desde este momento ya no eres una Gu.
Los agentes se llevaron a Camila y Victoria.
Ramiro seguía vivo. La bala le había atravesado el hombro. Mientras los paramédicos lo atendían, aceptó entregar toda la información a cambio de protección.
Antes de subir a la ambulancia, miró a Adrián.
—La caja de seguridad no está en el banco.
—¿Dónde está?
Ramiro sonrió débilmente.
—Debajo de la tumba de tu padre.
Horas después, la mansión quedó en silencio.
Los invitados habían sido interrogados y enviados a sus casas. Los periodistas rodeaban las puertas. La noticia del heredero desaparecido ya circulaba por toda la ciudad.
Mateo dormía en una habitación, abrazado a Lucía.
Adrián permanecía sentado junto a la cama.
No se atrevía a tocar al niño.
Solo lo miraba respirar.
—Tiene tu forma de fruncir el ceño —dijo Lucía.
—Y tu valentía.
Ella sostuvo su mirada.
—No confundas lo que ocurrió esta noche con un perdón.
—No lo hago.
—Mateo necesita tiempo.
—Lo sé.
—Y yo necesito respuestas.
Adrián asintió.
—Te daré todas las que pueda.
—Empieza por decirme dónde estuviste durante cinco años.
Él observó sus propias manos.
—En una clínica psiquiátrica privada al norte del país. Me registraron con otro nombre. Me mantuvieron sedado durante meses y aseguraron que había sufrido un brote violento.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Nadie intentó ayudarte?
—Un enfermero descubrió que mis documentos eran falsos. Antes de que pudiera denunciarlo, desapareció.
—¿También lo mataron?
—No lo sé.
—¿Cómo escapaste?
Adrián sacó una pequeña fotografía de su bolsillo.
En ella aparecía Mateo saliendo de la escuela.
—Hace dos meses alguien dejó esto debajo de mi almohada.
En la parte trasera había una frase:
“Tu hijo está vivo. Si quieres conocerlo, recuerda quién mató a tu padre.”

—¿Quién te la envió? —preguntó Lucía.
—Pensé que había sido Ramiro, pero ahora sé que no.
La puerta se abrió.
Doña Elena entró llevando una caja de madera.
—Fui yo.
Adrián se levantó.
—¿Tú sabías que estaba vivo?
La anciana colocó la caja sobre la mesa.
—Lo sospeché durante años. Camila prohibió que se investigara el accidente y presentó un certificado de defunción sin cuerpo. Pero no encontré la clínica hasta hace dos meses.
—¿Por qué no llamaste a la policía?
—Porque no sabía en quién confiar. Los Salazar tenían personas dentro de la empresa, del hospital y de la policía.
Lucía miró la caja.
—¿Qué hay ahí?
Doña Elena la abrió.
En el interior había otro medallón de jade.
El de Alejandro Gu.
—Mi hijo me lo entregó poco antes de morir —explicó—. Dijo que, si algo le ocurría, los tres medallones revelarían la verdad.
Adrián colocó el suyo junto al de su padre.
Sebastián entró y añadió el tercero.
Al unir las tres piezas, los símbolos grabados formaron un mapa.
En el centro aparecía el mausoleo familiar.
—Ramiro dijo que la caja estaba debajo de la tumba de nuestro padre —recordó Sebastián.
Doña Elena asintió.
—Iremos al amanecer.
Lucía negó con la cabeza.
—Mateo no se acercará a ningún cementerio ni a otra caja secreta.
—Necesitamos su huella —dijo Sebastián.
—Es un niño, no una llave.
Adrián recogió los medallones.
—Lucía tiene razón. Encontraremos otra manera.
Doña Elena lo observó durante un largo momento.
Después inclinó la cabeza.
—Tú eres el heredero legítimo de esta familia.
Adrián negó.
—No regresé por la fortuna.
La anciana miró a Mateo.
—Entonces regresaste por algo más importante.
Se acercó a la cama y, ante la sorpresa de todos, se arrodilló frente al niño dormido.
Los demás miembros de la familia que esperaban en el corredor hicieron lo mismo.
No se arrodillaban ante un heredero.
Se arrodillaban para pedir perdón.
Por los cinco años que Mateo había vivido sin padre.
Por el hambre que Lucía había soportado.
Por las puertas que le habían cerrado.
Por haber permitido que el apellido Gu valiera más que la vida de un niño.
Lucía contempló la escena sin emoción.
—Levántense —dijo—. Mateo no necesita que se arrodillen. Necesita que nunca vuelvan a utilizarlo.
Doña Elena se puso de pie.
—Tienes mi palabra.
—Las palabras no bastan.
Lucía tomó el medallón de Adrián.
—Todo lo que pertenezca legalmente a Mateo será administrado por mí hasta que cumpla la mayoría de edad. Nadie decidirá dónde vive, qué estudia ni qué clase de hombre debe convertirse.
—Acepto —respondió Adrián.
Sebastián también asintió.
Doña Elena tardó unos segundos más.
—Acepto.
Lucía devolvió el medallón.
—Entonces busquen la verdad sin involucrar a mi hijo.
Al amanecer, Adrián, Sebastián y doña Elena fueron al mausoleo familiar acompañados por la policía.
Debajo de la tumba de Alejandro encontraron una caja de acero.
Los tres medallones activaron el mecanismo exterior, pero la pantalla solicitó una huella genética.
Adrián colocó el dedo.
La luz se volvió roja.
Sebastián lo intentó.
El resultado fue el mismo.
Entonces apareció un mensaje:
“ACCESO RESERVADO PARA MI PRIMER NIETO.”
Adrián cerró los ojos.
Su padre había sabido que Lucía estaba embarazada.
Y había preparado todo para Mateo antes de morir.
—Tendremos que llevarlo —dijo Sebastián.
—Lucía jamás lo permitirá.
Doña Elena examinó el interior del mecanismo.
—Tal vez no sea necesario.
Encontró un pequeño compartimento y extrajo un sobre sellado.
En el frente estaba escrito el nombre de Lucía.
Regresaron a la mansión.
Lucía abrió el sobre mientras Mateo desayunaba junto a ella.
Dentro había una carta de Alejandro Gu.
“Lucía: si estás leyendo esto, significa que no logré proteger a Adrián ni a tu hijo. No confíes en Camila, en los Salazar ni en nadie que intente utilizar el apellido Gu para reclamar al niño. La persona que ordenó mi muerte no pertenece a nuestra familia, pero ha vivido dentro de esta casa durante décadas.”
Lucía dejó de leer.
—Camila confesó.
—Entonces tu padre se refería a otra persona —dijo Adrián.
Continuó leyendo:
“El verdadero enemigo lleva el símbolo de los Gu sin tener nuestra sangre. Lo reconocerás porque posee un cuarto medallón.”
Todos se miraron.
—Solo existen tres —murmuró Sebastián.
Una voz infantil llegó desde la puerta.
—Yo vi otro.
Mateo estaba de pie sosteniendo su taza de leche.
Lucía se arrodilló frente a él.
—¿Dónde lo viste?
—En el hombre que me cargó cuando se apagaron las luces.
—¿Ramiro?
Mateo negó.
—Era otro señor. Ramiro le tenía miedo.
—¿Recuerdas su cara?
El niño señaló una fotografía colgada en el corredor.
Era una imagen tomada veinte años atrás durante la inauguración de la mansión. En ella aparecían Alejandro, Camila, doña Elena y varios empleados.
El dedo de Mateo se detuvo sobre un hombre joven situado detrás de la familia.
Doña Elena dejó caer su bastón.
—Eso es imposible.
Adrián miró el rostro de la fotografía.
—¿Quién es?
La anciana respondió con los labios temblando:
—Es Esteban Gu, el hermano menor de mi esposo.
—¿Dónde está ahora?
—Murió hace treinta años.
Mateo volvió a negar.
—No está muerto. Fue él quien me dijo que pronto viviría con mi verdadera familia.
En ese instante, el teléfono de Lucía recibió un mensaje de un número desconocido.
Era una fotografía tomada desde el jardín de la mansión.
En ella aparecían Lucía, Adrián y Mateo observados a través de una ventana.
Debajo había una frase:
“Camila y Victoria solo eran piezas. La familia Gu todavía me pertenece.”