PARTE 2: EL ANILLO QUE DESAFIÓ A LA MUERTE

Gael sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

La imagen permanecía congelada en la pantalla de seguridad: una figura cubierta por un impermeable oscuro alejándose bajo la lluvia, con la mano levantada apenas un segundo. Bastó ese instante para que el anillo brillara bajo el reflejo de un relámpago.

Era imposible.

Él mismo había colocado aquel anillo en el dedo de Elena el día de su boda.

—Detén la imagen… acércala más —ordenó con la voz quebrada.

Bruno amplió el cuadro una y otra vez. La resolución era pobre, pero el diseño del anillo era inconfundible: una fina banda de oro blanco con una diminuta rama de olivo grabada por dentro. Nadie más tenía uno igual.

Doña Meche comenzó a llorar en silencio.

—Señor… la señora está viva.

Gael no respondió.

Llevaba dos años convenciendo a todos de que jamás dejaría de buscar a Elena, pero en el fondo incluso él había empezado a aceptar la idea de que solo perseguía un fantasma.

Ahora ese fantasma acababa de dejarle una hija en la puerta de su casa.

La bebé comenzó a inquietarse en la cuna improvisada.

Gael la tomó entre sus brazos y, por primera vez, la observó con calma.

Los mismos ojos color miel.

La misma pequeña marca debajo de la oreja izquierda que Elena heredó de su madre.

No necesitaba una prueba de ADN para entender lo que tenía delante.

Era su hija.

Y alguien había hecho todo lo posible por ocultarla.


A las siete en punto, Mauricio Montenegro entró en la mansión acompañado por dos abogados y su habitual sonrisa impecable.

—Hermano, tenemos que cerrar la venta de los terrenos antes del mediodía.

Se detuvo al notar el ambiente.

Los escoltas ocupaban todas las entradas.

Bruno permanecía junto a la escalera con la mano cerca del arma.

Y Gael esperaba sentado en el salón principal con la bebé dormida en brazos.

Mauricio frunció el ceño.

—¿De quién es esa niña?

Gael no apartó la mirada de él.

—Esa es una excelente pregunta.

El silencio se volvió insoportable.

—La encontraron abandonada esta madrugada.

Mauricio dio un paso hacia adelante.

—Llama al DIF. No puedes quedártela.

—¿Por qué tanta prisa por deshacerte de ella?

—Porque alguien está jugando contigo.

Gael sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Una sonrisa fría.

—Curioso… dijiste “alguien” antes de preguntar qué había pasado.

Mauricio vaciló apenas un instante.

Fue suficiente.

Gael lo conocía desde niño.

Sabía reconocer cada una de sus mentiras.

—Hermano, estás paranoico.

—¿Lo estoy?

Gael abrió lentamente el relicario y dejó caer sobre la mesa la nota encontrada en su interior.

Mauricio leyó las primeras palabras.

Su rostro perdió el color.

Solo durante un segundo.

Pero Gael lo vio.

—¿Quién escribió eso? —preguntó Mauricio, intentando recuperar la calma.

—Eso quiero descubrir.

Bruno intervino.

—Las cámaras grabaron a quien dejó a la niña.

Mauricio levantó la vista.

—¿Y?

Bruno reprodujo el video.

La mujer aparecía caminando bajo la lluvia.

Cuando levantó la mano hacia la cámara, Mauricio dejó escapar un movimiento involuntario de los labios.

Era casi imperceptible.

Pero parecía haber pronunciado una sola palabra.

—No…

Gael apagó la pantalla.

—Reconociste ese anillo.

—Claro que no.

—Mentira.

—Solo parece el de Elena.

Gael se levantó lentamente.

—Acabas de admitir que sí lo viste.

Mauricio retrocedió.

Por primera vez en muchos años, el hermano menor parecía sentirse acorralado.


Horas después, mientras Mauricio abandonaba la mansión visiblemente alterado, Bruno entró al despacho con una carpeta recién llegada.

—Encontramos algo más.

Dentro había fotografías tomadas dos años atrás.

Pertenecían al expediente original del supuesto accidente en el puente.

Una imagen llamó inmediatamente la atención de Gael.

La camioneta de Elena aparecía destrozada contra el barranco.

Pero había algo extraño.

La puerta del conductor estaba abierta.

Y el cinturón de seguridad permanecía perfectamente abrochado.

Gael sintió un escalofrío.

—Si el cinturón seguía puesto…

Bruno terminó la frase.

—…entonces Elena nunca iba conduciendo cuando el vehículo cayó.

Los dos hombres se miraron en silencio.

Aquello no había sido un accidente.

Ni siquiera había sido un intento de asesinato.

Había sido un secuestro cuidadosamente planeado.

En ese momento sonó el teléfono privado de Gael.

Era un número oculto.

Respondió sin hablar.

Del otro lado solo se escuchó una respiración agitada.

Después, la voz de una mujer susurró apenas tres palabras:

—Ellos vienen hoy.

La llamada se cortó.

Gael quedó inmóvil.

Era imposible olvidar aquella voz.

Porque durante años había sido la última que escuchaba antes de dormir.

Era la voz de Elena.

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