Leonardo giró lentamente la cabeza hacia la voz de Norma.
No hizo ningún gesto.
No levantó la voz.
—¿Inapropiado?
Norma mantuvo la sonrisa.
—Señor Alcázar, comprenderá que el personal comenta ciertas… cercanías. Es mejor evitar malos entendidos.
Mariana dio un paso al frente.
—No hace falta que—
Leonardo levantó una mano.
Ella guardó silencio.
—Señora Salgado —dijo él con una calma inquietante—. ¿Desde cuándo una camarista necesita permiso para hablar con un huésped mientras realiza su trabajo?
Norma carraspeó.
—No es eso. Solo queremos proteger la imagen del hotel.
—¿La imagen del hotel… o la suya?
La sonrisa desapareció del rostro de Norma.
—No entiendo.
—Yo sí.
Leonardo apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Desde hace dos semanas desaparecen documentos de mi escritorio.
La habitación quedó inmóvil.
Mariana levantó la vista.
—También desaparecieron dos grabaciones de voz que dejé preparadas para mi asistente.
Norma sintió un escalofrío.
—Quizá el personal de limpieza…
Leonardo la interrumpió.
—Precisamente por eso pedí revisar quién entraba realmente a esta suite.
Norma tragó saliva.
En ese momento llamaron a la puerta.
Entró un hombre de traje oscuro.
—Señor Alcázar.
—Adelante, Iván.
Era el jefe de seguridad del hotel.
Traía una tableta en la mano.
—Tenemos el registro completo de accesos.
Norma comenzó a ponerse pálida.
Iván continuó.
—Durante el último mes, la señorita Mariana ingresó siempre dentro de su horario asignado y salió exactamente cuando terminó sus labores.
Pasó a la siguiente pantalla.
—Sin embargo…
Miró directamente a Norma.
—Hay otra persona que ingresó a esta suite fuera de cualquier horario autorizado.
Norma intentó mantener la compostura.
—¿Quién?
Iván giró la pantalla.
Aparecía una lista de accesos electrónicos.
El mismo nombre se repetía una y otra vez.
Norma Salgado.
A las once de la noche.
A la una de la madrugada.
Incluso un domingo cuando Leonardo no estaba hospedado.
Mariana abrió mucho los ojos.
—¿Usted entraba aquí?
Norma no respondió.
Leonardo respiró lentamente.
—¿Sabes por qué nunca dije nada?
Norma permaneció inmóvil.
—Porque esperaba que dejaras de hacerlo.
Hizo una pausa.
—Pero seguiste entrando.
—Yo solo supervisaba…
—No.
Negó con firmeza.
—Tú buscabas algo.
El silencio se volvió insoportable.
Iván abrió otro archivo.
—También revisamos las cámaras del piso ejecutivo.
Aparecía Norma saliendo de la suite con una carpeta negra bajo el brazo.
Mariana reconoció inmediatamente aquella carpeta.
Era la misma que Leonardo utilizaba para revisar documentos de la empresa.
Norma dio un paso atrás.
—Eso tiene una explicación.
—Perfecto.
Leonardo asintió.
—Escuchémosla.
Pero antes de que pudiera responder, otra voz sonó desde la puerta.
—Yo también quiero escucharla.
Todos se giraron.
Entró un hombre mayor de cabello completamente blanco.
Vestía un traje impecable.
Mariana nunca lo había visto.
Norma sí.
Y el color abandonó inmediatamente su rostro.
—Señor Alcázar…
Era Don Esteban Alcázar.
Fundador del Grupo Alcázar.
Y padre de Leonardo.
Mariana intentó retirarse discretamente.
—Yo debería salir…
—No.
Don Esteban la detuvo.
—Quédese.
La observó unos segundos.
—Usted merece escuchar esto tanto como nosotros.
Mariana frunció ligeramente el ceño.
No entendía por qué.
Don Esteban tomó la carpeta que Norma llevaba entre las manos.
La abrió.
Sacó varias hojas.
Después miró directamente a su hijo.
—Leonardo.
Respiró profundamente.
—Ha llegado el momento de decirte la verdad.
La expresión de Leonardo cambió.
—¿Qué verdad?
Su padre cerró los ojos un instante.
—La verdad sobre el accidente que te dejó ciego.
El bastón de Leonardo cayó lentamente al suelo.
Mariana sintió que el corazón empezaba a latir con fuerza.
Don Esteban continuó con la voz quebrada.
—No fue un accidente.
El silencio llenó por completo la suite presidencial.
Norma comenzó a retroceder hacia la puerta.
Pero Iván ya estaba allí.
Sin salida.
Don Esteban sostuvo entre las manos un viejo expediente.
—Durante años alguien dentro de esta familia ocultó quién provocó realmente aquel incendio.

Levantó lentamente la vista.
Y, antes de que pronunciara el siguiente nombre, Leonardo dijo apenas un susurro:
—¿Quién…?