PARTE 3: El Hombre Prohibido

El nombre tardó varios segundos en regresar a mi memoria.

Pero cuando lo hizo, sentí el mismo frío que había sentido veinte años atrás en una montaña cubierta de nieve donde la mitad de mi unidad jamás regresó.

—Maldita sea… —susurré.

Susan inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Conoce a ese hombre?

No aparté la vista de la fotografía.

—Demasiado bien.

El hombre descendía del SUV con un portafolios negro y un abrigo gris oscuro. Caminaba con la espalda recta, exactamente igual que cuando llevaba uniforme.

Ni un movimiento desperdiciado.

Ni una expresión innecesaria.

Era Victor Hale.

Antiguo comandante de inteligencia táctica.

Uno de los oficiales más brillantes que el ejército había tenido.

Y también uno de los más peligrosos.

—¿Quién es? —preguntó Susan.

Guardé el teléfono.

—Alguien que desapareció oficialmente hace diecisiete años.

Ella frunció el ceño.

—¿Desapareció?

—Su expediente fue clasificado.

Susan permaneció inmóvil.

—¿Y ahora trabaja para una empresa constructora?

Negué lentamente.

—No.

Miré otra vez la fotografía.

—Cole Construction solo es la fachada.

El silencio llenó la habitación.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Reyes.

“Confirmado.”

“El SUV nunca perteneció realmente a la constructora.”

“Está registrado mediante cuatro compañías fantasma.”

Seguí leyendo.

“Todas terminan en un mismo fideicomiso.”

Otra fotografía apareció.

Un documento financiero.

Solo había un nombre.

WHITMORE HOLDINGS.

Respiré hondo.

Todo comenzaba a encajar demasiado rápido.

No era casualidad que los estudiantes usaran declaraciones idénticas.

No era casualidad que las cámaras fueran borradas.

No era casualidad que un antiguo oficial de inteligencia apareciera cuarenta minutos antes del ataque.

Aquello había sido organizado.

Preparado.

Controlado.

Susan rompió el silencio.

—Daniel…

Levanté la vista.

—Si sabe algo, necesito que me lo diga ahora.

Pensé en Lily.

En su respiración asistida.

En los moretones de sus brazos.

En las marcas que el médico había descrito.

No eran golpes improvisados.

Alguien sabía exactamente cómo inmovilizar a una persona sin dejar lesiones mortales.

Eso tampoco era obra de tres universitarios borrachos.

—Detective…

Mi voz salió mucho más baja de lo que esperaba.

—Esos chicos nunca fueron el verdadero objetivo.

Ella me observó fijamente.

—¿Entonces quién?

Miré hacia la puerta de la habitación donde mi hija seguía dormida.

—Mi hija.

Susan guardó silencio.

—No querían asustarla.

—¿Está seguro?

Asentí.

—Querían enviarme un mensaje.

La detective respiró lentamente.

—¿Quién enviaría un mensaje así?

No alcancé a responder.

Kane llamó directamente.

Contesté de inmediato.

—Habla.

—Tenemos un problema.

Su tono nunca cambiaba.

Precisamente por eso resultaba tan inquietante.

—¿Qué ocurrió?

—Acabamos de identificar a los tres estudiantes.

Esperé.

—Dos pertenecen al equipo de lacrosse.

—Lo sé.

—El tercero no estudia allí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Su matrícula fue creada hace apenas nueve días.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Una identidad falsa?

—Exactamente.

Susan podía leer cada expresión de mi rostro.

—¿Qué pasa?

Levanté un dedo pidiéndole un segundo.

—Continúa, Kane.

Escuché cómo tecleaba.

—También encontramos quién pagó la matrícula.

Otro silencio.

—Una fundación privada.

—¿Nombre?

—Fundación Saint Gabriel.

Ese nombre me golpeó con la fuerza de un disparo.

No lo escuchaba desde hacía casi dos décadas.

Una organización benéfica en apariencia.

Un programa para veteranos según los periódicos.

Pero yo conocía otra parte de la historia.

Durante mis últimos años en inteligencia, Saint Gabriel aparecía una y otra vez detrás de operaciones encubiertas que nunca podían demostrarse.

Siempre había dinero.

Siempre había abogados.

Siempre desaparecían las pruebas.

—Daniel.

La voz de Kane volvió a sonar.

—Hay algo peor.

Apreté el teléfono con fuerza.

—Dímelo.

—Victor Hale no trabaja para los Whitmore.

Mi corazón dio un vuelco.

—Entonces ¿para quién?

Solo escuché el sonido de unas teclas.

Después llegó la respuesta.

—Los Whitmore trabajan para él.

Durante varios segundos fui incapaz de hablar.

Susan me observaba sin comprender.

Entonces otro mensaje apareció en la pantalla.

No venía de Reyes.

No venía de Kane.

Era un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Lily.

La fotografía había sido tomada esa misma mañana, antes del ataque.

Ella caminaba sonriendo por el campus con su mochila al hombro.

Al fondo, casi oculto entre los estudiantes, aparecía Victor Hale observándola.

La imagen estaba tomada horas antes de que todo ocurriera.

Debajo solo había una frase.

“La próxima vez no llegaremos tarde.”

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