Parte 2:El Día Que Perdieron A Sus Hijas

—Esta niña no se queda un día más ensuciando nuestro apellido.

Las palabras de doña Carmen dejaron la casa en silencio.

Sofía se asustó inmediatamente.

Apretó su muñeca contra el pecho.

Y miró a su mamá con los ojos llenos de lágrimas.

—Mami…

Valeria sintió algo romperse dentro de ella.

No por primera vez.

No por la acusación.

No por la humillación.

Sino porque su hija acababa de escuchar que su propia abuela la consideraba una mancha.

Y porque Sebastián seguía sin reaccionar.

Doña Carmen intentó tirar suavemente del brazo de la niña.

Pero Valeria se interpuso.

—No la toque.

Su voz fue tan fría que incluso la suegra retrocedió.

—¿Qué dijiste?

—Que no vuelva a tocar a mi hija.

Sebastián levantó la cabeza.

Por primera vez parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

—Valeria…

—No.

Ella lo interrumpió.

—Llevo años soportando insultos.

Aguantando comentarios.

Callándome por mantener la paz.

Pero nadie vuelve a tratar así a mis hijas.

La palabra hijas resonó en toda la sala.

Porque de repente ya no hablaba solo de Sofía.

También hablaba de la bebé que llevaba en el vientre.

Doña Carmen soltó una carcajada amarga.

—Si fueran hijas de mi hijo, todavía.

Aquello fue demasiado.

Valeria tomó a Sofía en brazos.

Caminó hasta la habitación.

Sacó una maleta.

Y comenzó a guardar ropa.

Sebastián la siguió.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—No seas exagerada.

Valeria se quedó inmóvil.

Luego giró lentamente.

—¿Exagerada?

Las lágrimas corrían por su rostro.

—Tu madre acaba de decir que nuestra hija ensucia el apellido familiar.

Y tú sigues preocupado por las formas.

Sebastián abrió la boca.

Pero ninguna palabra salió.

Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.

Y aquel silencio terminó de destruirlo todo.

Esa misma noche Valeria se marchó.

Con Sofía.

Con su embarazo.

Con el corazón hecho pedazos.

Y sin mirar atrás.

Dos semanas después llegó el resultado de la prueba de ADN que doña Carmen había exigido.

El laboratorio confirmó lo obvio.

Sofía era hija biológica de Sebastián.

La bebé que venía en camino también.

No existía ninguna duda.

Ninguna.

Valeria recibió el informe.

Lo guardó.

Y siguió adelante con su vida.

Pero la noticia cayó como una bomba en la familia Robles.

Porque por primera vez la mentira de doña Carmen quedaba expuesta.

Delante de todos.

Tíos.

Primos.

Abuelos.

Vecinos.

Todos supieron lo que había hecho.

Y lo que Sebastián había permitido.

La vergüenza comenzó a perseguirlos.

Pero aún no era suficiente.

Porque meses después nació la segunda niña.

Una bebé hermosa llamada Lucía.

Y cuando Sebastián llegó al hospital para conocerla, descubrió que ya no figuraba como acompañante autorizado.

Valeria había decidido poner límites.

Por primera vez.

Y mantenerlos.

Aquello enfureció a doña Carmen.

Pasó meses repitiendo que algún día su hijo tendría el heredero varón que merecía.

Pasó meses convencida de que Valeria regresaría.

Que pediría perdón.

Que aceptaría las condiciones de la familia.

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

Valeria encontró trabajo en una firma contable importante.

Compró un pequeño departamento.

Crió a sus hijas.

Y aprendió a vivir sin ellos.

Los años pasaron.

Sofía creció.

Lucía también.

Y la familia Robles comenzó a quedarse sola.

Los primos se alejaron.

Los tíos dejaron de llamar.

Incluso Sebastián terminó distanciándose de su propia madre.

Porque cada vez que veía las fotografías de sus hijas comprendía lo que había perdido por no defenderlas.

Hasta que una mañana, nueve años después, sonó el teléfono de doña Carmen.

La noticia la hizo llorar de felicidad.

Porque finalmente había nacido un niño en la familia.

Un verdadero heredero.

El varón que llevaba años exigiendo.

Corrió a celebrarlo.

Llamó a todos.

Preparó una comida enorme.

Pero cuando llegó el momento de reunir a la familia para presentar al niño, comprendió algo devastador.

No quedaba nadie.

Ni Sofía.

Ni Lucía.

Ni Valeria.

Ni siquiera Sebastián.

Porque durante nueve años había estado tan obsesionada con conseguir un nieto varón que no se dio cuenta de que ya había perdido a toda su familia mucho antes de que él naciera.

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