Mariana sostuvo el teléfono unos segundos después de colgar.
La ciudad brillaba detrás de los ventanales de la mansión, indiferente a todo.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez en años, no sentía miedo.
No sentía tristeza.
Ni siquiera rabia.
Sentía claridad.
La misma claridad que aparece cuando una persona deja de preguntarse si merece respeto y empieza a decidir qué hará con quienes se lo negaron.
Su padre no hizo más preguntas.
No las necesitaba.
Conocía demasiado bien el tono de voz de su hija.
Era el mismo tono que había escuchado cuando Mariana tenía diecisiete años y enfrentó sola un intento de fraude dentro de la fundación familiar.
El mismo tono que apareció cuando defendió una negociación internacional que todos consideraban perdida.
El mismo tono que hacía temblar a empresarios experimentados sin necesidad de levantar la voz.
Rodrigo había olvidado quién era su esposa.
Y estaba a punto de descubrirlo.
Mientras tanto, la gala brillaba en todo su esplendor.
Las cámaras seguían enfocando a Rodrigo y Camila.
La pareja recorría el salón principal entre aplausos y saludos.
Camila parecía disfrutar cada segundo.
Aceptaba cumplidos.
Posaba para fotografías.
Sonreía como si ya fuera dueña de un lugar que todavía no le pertenecía.
—Todos te adoran —susurró ella.
Rodrigo tomó una copa de champaña.
—Porque saben reconocer a un ganador.
—¿Y Mariana?
Rodrigo soltó una risa.
—Mariana nunca entendió cómo funciona este mundo.
Camila sonrió.
—¿No te preocupa que descubra algo?
—¿Qué va a descubrir?
—No sé. Lo de NovaData. Los pagos. Los viajes.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Mariana vive en otra realidad.
Aquellas palabras apenas abandonaban su boca cuando una voz conocida apareció detrás de él.
—Eso es curioso.
Rodrigo se congeló.
Camila también.
Porque ambos reconocieron la voz inmediatamente.
Mariana.
Lentamente se dieron vuelta.
Y ahí estaba.
El vestido color vino.
El collar de esmeraldas.
La postura tranquila.
La mirada imposible de intimidar.
Durante unos segundos nadie habló.
Varios fotógrafos empezaron a acercarse.
Los periodistas detectaban el escándalo igual que los tiburones detectan sangre.
Rodrigo forzó una sonrisa.
—Mariana… no esperaba verte aquí.
—Lo sé.
—Pensé que preferías quedarte en casa.
—Y yo pensé que estabas reunido con inversionistas en Monterrey.
El silencio cayó alrededor.
Varias personas fingieron conversar mientras escuchaban cada palabra.
Camila intentó intervenir.
—Señora Mariana, qué gusto verla.
Mariana la observó.
Sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
—Camila.
Nada más.
Ni un insulto.
Ni una acusación.
Solo su nombre.
Y aun así la joven sintió un escalofrío.
Porque por primera vez entendió algo.
La esposa nunca había sido la mujer débil de la historia.
Simplemente había decidido no pelear.
Hasta ahora.
Rodrigo recuperó parte de su seguridad.
—Amor, no hagamos una escena.
—No te preocupes —respondió Mariana—. No vine por una escena.
—Entonces, ¿a qué viniste?
Mariana sostuvo su mirada.
—A recordarles algo que todos parecen haber olvidado.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Y qué sería eso?
Mariana tomó una copa de una bandeja cercana.
Luego observó el enorme escenario principal donde el comité organizador se preparaba para anunciar a los patrocinadores de la restauración nacional.
—Que algunos imperios tienen dueño.
Y algunos apellidos también.
Antes de que Rodrigo pudiera responder, un movimiento inesperado recorrió la entrada principal.
Varias personas comenzaron a girar la cabeza.
Los murmullos crecieron.
Los periodistas dejaron de fotografiar a los artistas.
Los empresarios abandonaron conversaciones importantes.
Todos miraban hacia la puerta.
Rodrigo también.
Y entonces palideció.
Porque acababa de entrar al salón una figura que no debía estar allí.
Don Ernesto Moncada.
Ochenta años.
Cabello completamente blanco.
Traje oscuro impecable.
Caminar lento.
Mirada afilada.

El hombre que había construido el Grupo Moncada desde cero.
El hombre cuyo apellido aparecía antes que el de Salvatierra en cada documento importante de la corporación.
El hombre que llevaba casi un año sin asistir a eventos públicos.
El padre de Mariana.
Y no venía solo.
Detrás de él caminaban tres miembros históricos del consejo.
El director jurídico.
La presidenta del comité financiero.
Y el auditor principal del grupo.
Rodrigo sintió que la garganta se le secaba.
Porque aquellos no eran invitados.
Aquello parecía una inspección.
Una ejecución.
Don Ernesto avanzó sin prisa.
Sin mirar a nadie más.
Directamente hacia su hija.
Cuando llegó frente a Mariana, tomó su mano y besó suavemente sus dedos.
—Perdón por llegar tarde.
Mariana sonrió por primera vez en toda la noche.
—Llegaste justo a tiempo, papá.
Rodrigo intentó reaccionar.
—Don Ernesto, qué sorpresa…
Pero el anciano ni siquiera lo miró.
Sus ojos seguían puestos en Mariana.
Como si Rodrigo hubiera dejado de existir.
Y aquello resultó mucho más humillante que cualquier insulto.
Entonces Don Ernesto habló.
Y su voz atravesó el salón entero.
—Mariana, ¿trajiste la carpeta?
Ella levantó el elegante portafolio de cuero que había llevado consigo.
—Aquí está.
El anciano asintió.
Luego, por primera vez, dirigió la mirada hacia Rodrigo.
Y la sonrisa desapareció de su rostro.
—Perfecto.
Hizo una pausa.
Una pausa tan larga que todo el salón quedó en silencio.
Y entonces pronunció una frase que hizo que Camila dejara caer su copa al suelo.
—Porque esta noche vamos a demostrar quién ha estado robando dentro de mi empresa.
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