Cuando Richard regresó quince días después, llegó convencido de que encontraría cerdo estofado sobre la mesa y a Evelyn esperando para recibir el vestido que había comprado.
Encontró una casa vacía.
—¿Evelyn?
Nadie respondió.
Abrió el dormitorio.
Faltaba su ropa.
Los libros técnicos de Evelyn.
Su pequeña caja de ahorros.
Hasta la fotografía de sus padres.
Solo quedaban las cosas de Richard amontonadas dentro de un saco.
Salió furioso a buscarla a la fábrica.
—¿Dónde está mi esposa?
El director Collins levantó la cabeza.
—Renunció.
Richard creyó haber oído mal.
—¿Renunció?
—Hace casi dos semanas.
La vecina que estaba cerca terminó de destruir su tranquilidad.
—También trasladó su registro familiar. Se fue a Shenzhen.
Richard quedó inmóvil.
—¿Sola?
—Claro. Tú estabas demasiado ocupado acompañando a Sophie.
Sophie, que llevaba uno de los vestidos nuevos, tiró suavemente de su manga.
—Richard, quizá Evelyn solo quiere asustarte. Cuando se quede sin dinero regresará.
Él quiso creerlo.
Pero Evelyn no regresó.
Shenzhen era exactamente lo contrario de la vida que había dejado atrás.
Calor.
Polvo.
Obras por todas partes.
Personas llegando diariamente con una maleta y sueños demasiado grandes.
Evelyn empezó trabajando en una pequeña fábrica de componentes electrónicos.
Su experiencia técnica llamó rápidamente la atención del propietario.
Cuando una máquina importada se averió y nadie sabía repararla, Evelyn pasó una noche entera estudiando sus diagramas.
A la mañana siguiente volvió a funcionar.
El dueño le entregó una bonificación equivalente a varios meses de su antiguo salario.
Evelyn miró el dinero durante mucho tiempo.
No porque fuera una fortuna.
Sino porque era suyo.
Nadie podía quitárselo para comprarle bicicletas, vestidos o relojes a Sophie.
Durante los siguientes dos años aprendió comercio, proveedores y fabricación.
Después pidió un préstamo y abrió un pequeño taller.
Cinco empleados.
Luego veinte.
Después cien.
Cuando el sur comenzó a llenarse de nuevas oportunidades, Evelyn ya estaba preparada.
Mientras tanto, Richard descubrió que perder a su esposa tenía un precio.
Su madre ya no recibía el salario de Evelyn.
La casa empezó a quedarse sin dinero.
Sophie perdió otra cita arreglada y continuó dependiendo de él.
La dulzura que parecía encantadora cuando otro pagaba las cuentas dejó de parecer tan adorable cuando Richard tuvo que hacerlo.
Una noche discutieron.
—¡Me prometiste un reloj de Shanghái! —reclamó Sophie.
Richard la miró.
Y recordó algo.
Evelyn nunca le había pedido uno.
Ni siquiera después de cinco años de matrimonio.
Por primera vez comprendió cuánto había dado por sentado.
Intentó localizarla.
Escribió cartas.
Preguntó a antiguos compañeros.
Incluso viajó al sur.
Pero la Evelyn que encontró tres años después ya no era la mujer que había dejado en aquel andén.
La vio salir de una fábrica moderna acompañada por varios empleados.
Vestía una camisa blanca sencilla y llevaba una carpeta bajo el brazo.
Un automóvil esperaba por ella.
Richard apenas pudo hablar.
—Evelyn.
Ella se detuvo.
Lo reconoció inmediatamente.
Pero en sus ojos no apareció ni amor ni odio.
Eso fue peor.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo.
Richard sacó apresuradamente algo de su bolso.
Era el vestido de dacrón que había comprado años atrás.
—Todavía lo guardo.
Evelyn miró la tela.
—¿Para qué?
—Quería dártelo.
Ella sonrió ligeramente.
—Richard, cuando necesitaba que regresaras por mí, subiste al tren con Sophie.
—Fue un malentendido.
—No.
Evelyn negó.
—Fue una elección.
Él bajó la cabeza.
—Sophie y yo ya no tenemos contacto. Dame otra oportunidad.
Evelyn contempló durante un instante al hombre por quien había cocinado, ahorrado y esperado durante cinco años.
Después miró la fábrica detrás de ella.
Todo aquello había comenzado con un tren perdido.
—¿Recuerdas aquel andén? —preguntó.
Richard asintió.
—Durante años pensé que dejarme allí había sido lo peor que me hiciste.
Hizo una pausa.
—Ahora creo que fue el mejor regalo que me diste.
Subió al automóvil.
Richard quedó solo en la acera, todavía sosteniendo aquel vestido.
Evelyn nunca volvió con él.
Años después, su empresa tenía cientos de trabajadores y distribuía productos por varias provincias.
Y cada vez que alguien le preguntaba cómo había terminado construyendo una vida en Shenzhen, Evelyn sonreía.
—Una vez perdí un tren.
Luego añadía:
—Y por suerte, dejé de perseguirlo.