Durante las siguientes dos semanas no le dije nada a Lucas sobre Harvard.
No porque quisiera vengarme.
Simplemente dejé de sentir que le debía explicaciones.
Y fue sorprendentemente fácil comprobar cuánto podía desaparecer de una relación sin que la otra persona lo notara.
Lucas seguía acompañando a Clara después del entrenamiento.
Seguía llevándole bebidas.
Seguía contestando sus llamadas a medianoche.
Y yo dejé de preguntar.
Eso fue lo primero que Lucas notó.
—Estás rara últimamente —me dijo una tarde.
Estábamos saliendo del comedor universitario.
—Estoy bien.
—Antes preguntabas dónde iba.
—Ahora ya no.
Frunció el ceño.
—¿Sigues enfadada por lo de Clara?
Lo miré.
Habían pasado quince días y todavía lo llamaba “lo de Clara”.
No lo que ella hizo.
No lo que él hizo.
Solo un inconveniente que yo me negaba a olvidar.
—No estoy enfadada.
—Entonces discúlpate con ella y terminemos con esto.
Me detuve.
Lucas caminó dos pasos antes de darse cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
Sonreí.
—Solo acabas de recordarme que tomé la decisión correcta.
—¿Qué decisión?
Mi teléfono vibró.
Era un correo sobre el alojamiento del programa.
Lo guardé.
—Lo sabrás pronto.
Tres días antes de mi partida, Clara organizó una fiesta.
No pensaba ir.
Hasta que Lucas apareció frente a mi residencia.
—Ven conmigo.
—Tengo cosas que hacer.
—Emma, por favor. Clara quiere arreglar las cosas.
Debí decir que no.
Pero quizá necesitaba cerrar aquella historia mirándolos una última vez.
Así que fui.
Apenas entramos, Clara apareció con un vestido elegante y abrazó a Lucas.
—¡Mi niño!
Después me miró.
—Emma. Viniste.
—Eso parece.
Sonrió.
—Espero que podamos empezar de cero.
Durante unos segundos pensé que realmente iba a disculparse.
Entonces añadió:
—Sé que eres bastante insegura con Lucas, pero prometo intentar controlar mi personalidad cuando estés presente.
La miré.
—¿Esa es tu disculpa?
Varias personas comenzaron a prestar atención.
Clara soltó una risita.
—¿Ves? Por esto es tan difícil hablar contigo.
Lucas suspiró.
—Emma…
Y supe exactamente qué venía después.
—No.
Él parpadeó.
—¿Qué?
—No voy a disculparme.
Clara cruzó los brazos.
—Entonces, ¿para qué viniste?
Me quité lentamente una pequeña pulsera.
Lucas me la había regalado en nuestro primer aniversario.
La coloqué en su mano.
—Para terminar contigo.
Su expresión cambió completamente.
—¿Qué estás diciendo?
—Que hemos terminado.
Lucas soltó una risa nerviosa.
—¿Por una broma?
—No.
Miré a Clara.
Luego a él.
—Por tres años de pequeñas decisiones en las que siempre terminabas eligiendo a otra persona y después me pedías que fingiera que no dolía.
—Eso no es verdad.
—Cuando ella me humilló, la defendiste.
—Es mi amiga.
—Cuando me tocó sin permiso, dijiste que exageraba.
Lucas abrió la boca.
—Cuando ella lloró por recibir una consecuencia de sus propias acciones, me preguntaste si estaba satisfecha.
Guardó silencio.
—Y todavía hoy —continué— me trajiste aquí para que fuera yo quien arreglara las cosas.
Clara intervino:
—Lucas, déjala. Si quiere hacer su espectáculo…
—Cállate, Clara.
Todos se quedaron inmóviles.
Incluso ella.
Era la primera vez que escuchaba a Lucas hablarle así.
Pero ya era demasiado tarde.
—Emma, vamos afuera.
—No hay nada que hablar.
—Claro que sí. Somos nosotros.
Negué con la cabeza.
—Éramos nosotros.
Me marché.
Lucas me siguió.
—¡Emma!
No me detuve.
Entonces gritó:
—¡¿Hay alguien más?!
Eso consiguió que me girara.
—Sí.
Su rostro se descompuso.
—¿Quién?
—Yo.
Lucas quedó confundido.
—Por primera vez estoy eligiéndome a mí.
A la mañana siguiente, alguien llamó furiosamente a mi puerta.
Era Lucas.
Tenía el teléfono en la mano.
—¿Harvard?
Me quedé quieta.
Había visto la publicación de felicitación del departamento académico.
—¿Te vas a Harvard?
—Sí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el día del entrenamiento.
Lucas tardó unos segundos en unir las piezas.
—¿El día de Clara?
—Sí.
—¿Aceptaste mientras yo estaba allí?
—Mientras me pedías que me disculpara con ella.
Su rostro perdió el color.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Se lo dije.
Lucas se pasó ambas manos por el cabello.
—¿Y nuestra relación?
—Terminó anoche.
—¡No puedes decidir eso sola!
—Una relación necesita dos personas para continuar. Solo una para irse.
Aquella frase lo dejó callado.
—Puedo cambiar.
—Espero que sí.
Sus ojos se iluminaron ligeramente.
—Entonces dame otra oportunidad.
—No dije que cambiaras por mí.
Tomé mi maleta.
—Dije que espero que cambies.
Pasé junto a él.
Lucas agarró el asa de la maleta.
No con fuerza.
Solo desesperado.
—Emma, por favor.
Lo miré.
Y durante un segundo vi al chico de preparatoria del que me había enamorado.
Eso fue lo más difícil.
Porque todavía existía.
Simplemente ya no era suficiente.
—Adiós, Lucas.
Soltó la maleta.
Meses después, recibí un mensaje.
Era Clara.
“Lucas y yo ya no hablamos. Quería que supieras que nunca pretendí quitártelo.”
Lo leí dos veces.
Después lo borré.
Porque finalmente entendía algo.
Clara nunca había sido el verdadero problema.
Lucas lo era.
Él era quien tenía una relación conmigo.
Él había hecho las promesas.

Él tenía la responsabilidad de establecer límites.
Y yo había perdido demasiado tiempo compitiendo por un lugar que nunca debería haber tenido que disputar.
Aquella tarde salí de clase y caminé entre edificios que meses atrás solo había visto en fotografías.
El aire era frío.
Mi teléfono vibró otra vez.
Lucas.
No contesté.
Guardé el móvil y seguí caminando.
Había pensado que irme al otro lado del mundo sería la parte más difícil.
No lo fue.
Lo difícil había sido aceptar que tres años juntos no eran una razón suficiente para desperdiciar el cuarto.
Lucas quería que me disculpara por defender mis límites.
Clara quería convertirlos en una broma.
Y yo solo necesitaba aprender una palabra.
No.
No a competir.
No a justificarme.
No a pedir que alguien me eligiera.
Porque el día que finalmente dejé de esperar que Lucas me eligiera…
me elegí yo.