PARTE 2: YA ES TARDE

Dormí diez horas seguidas.

Sin sobresaltos.

Sin esperar el sonido de una llave abriendo la puerta a medianoche.

Sin preguntarme si Shen Huai An volvería oliendo al perfume de Lin Shu Wan o inventaría otra reunión de trabajo.

Cuando abrí los ojos, el sol de Londres atravesaba los enormes ventanales del apartamento.

Niannian seguía dormida.

La contemplé durante unos segundos.

Tenía las pestañas largas de su padre.

Y, por primera vez, sentí miedo de que algún día también heredara su forma de amar.

No.

Eso jamás ocurriría.

A las diez en punto entré en la sede europea del Grupo Qin.

El vestíbulo, de mármol blanco y acero, permaneció en silencio apenas crucé la puerta.

—Buenos días, presidenta Qin.

Decenas de empleados se inclinaron al mismo tiempo.

Habían esperado tres años para volver a verme.

Sonreí con serenidad.

—Buenos días.

El director He y el director Li me acompañaron hasta la sala principal.

Durante más de dos horas revisamos proyectos internacionales, adquisiciones y nuevos mercados.

No tuve que esforzarme.

Era como si nunca me hubiera marchado.

Al terminar la reunión, Chen Yan Qiu entró con una carpeta en las manos.

—Presidenta Qin.

Hay algo que debería ver.

Abrió la carpeta.

Dentro había varias fotografías.

Shen Huai An.

Esperando frente al edificio.

Esperando frente a mi apartamento.

Esperando incluso frente a la guardería internacional donde pensaba matricular a Niannian.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—Desde ayer.

No ha querido marcharse.

Respiré hondo.

—No lo reciban.

Chen Yan Qiu asintió.

Pero antes de salir añadió:

—También intentó reunirse con el presidente Qin.

Su padre.

—¿Qué respondió mi padre?

La secretaria sonrió levemente.

—Que un abogado cualquiera no tenía cita con la familia Qin.

No pude evitar sonreír.

Aquella misma tarde abandoné la empresa por una salida privada.

Creí que evitaría el encuentro.

Me equivoqué.

Al abrir la puerta del vehículo, escuché una voz conocida.

—¡Zhi Yi!

Shen Huai An corrió hacia mí.

Tenía la barba descuidada.

Los ojos hundidos.

Y el mismo traje que llevaba el día en que me abofeteó.

Los escoltas dieron un paso al frente.

Levanté ligeramente la mano.

—Déjenlo hablar.

Él respiró con dificultad.

—Por fin te encontré.

Lo observé en silencio.

Durante tres años había corrido detrás de él.

Aquella era la primera vez que los papeles se invertían.

—¿Qué quieres?

Sacó un sobre del bolsillo interior del saco.

Era el acuerdo de divorcio.

Firmado.

—Lo firmaré como quieras.

Solo vuelve conmigo.

Miré el documento.

Después levanté la vista.

—¿Eso es todo?

Él pareció desconcertado.

—¿Qué más necesitas?

Sonreí con una calma que terminó de romperlo.

—No necesito nada.

Necesitaba eso hace tres años.

Necesitaba que me creyeras.

Que me defendieras.

Que me eligieras una sola vez.

Pero ya es demasiado tarde.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Zhi Yi…

Yo no sabía quién eras.

Negué lentamente.

—No.

Tú nunca quisiste saber quién era.

Pensabas que conocías a una esposa que dependía completamente de ti.

Jamás imaginaste que podía marcharse y recuperar una vida que había dejado en pausa por amor.

Sus ojos se humedecieron.

—Lo siento.

Las palabras salieron tan despacio que casi no parecían suyas.

—Lo sé.

Y seguí caminando.

Creí que aquella conversación había terminado.

Pero entonces escuché a mi padre hablar desde la entrada principal del edificio.

—Señor Shen.

Huai An se giró inmediatamente.

Mi padre descendió lentamente las escaleras acompañado por varios directivos.

Su traje gris impecable imponía respeto incluso antes de pronunciar una palabra.

Lo miró durante unos segundos.

Después dijo con absoluta serenidad:

—Durante tres años creyó que mi hija había tenido la suerte de casarse con usted.

Hizo una breve pausa.

—La verdad es exactamente la contraria.

Shen Huai An permaneció inmóvil.

Mi padre continuó:

—Mientras usted celebraba haber encontrado una esposa sencilla…

Renunció sin saberlo a la heredera de uno de los mayores grupos empresariales del Reino Unido.

El color desapareció del rostro de Huai An.

Pero el golpe definitivo llegó un instante después.

El director He entregó a mi padre una carpeta azul.

Él la abrió y sonrió.

—Por cierto…

Acabamos de adquirir el bufete donde usted trabaja.

A partir del próximo lunes…

Su nuevo presidente será mi hija.

Y todas las apelaciones sobre su permanencia en el cargo pasarán, directa o indirectamente… por la mujer a la que decidió perder con una sola bofetada.

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