PARTE 2: VALERIA NO FUE LA PRIMERA

Me quedé mirando el mensaje durante varios segundos.

No sabía quién era Renata.

Pero sabía una cosa.

Una adolescente no enviaba un video así a un desconocido sin tener una razón.

Escribí:

—¿Dónde estás?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

—No puedo decirlo por teléfono.

Luego apareció otro mensaje.

—Si ellos descubren que te contacté, me harán lo mismo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Miré a Valeria dormida.

Después respondí:

—No voy a hacer nada que te ponga en peligro.

Renata tardó casi un minuto en contestar.

—Entonces escucha el video hasta el final.

Volví a reproducirlo.

Esta vez subí el volumen.

La grabación no terminaba cuando Verónica cerraba la cortina.

La cámara se movió hacia el interior del garaje.

Rodrigo estaba discutiendo con Esteban.

—¡Ya basta! —decía Esteban—. La niña está demasiado lastimada.

Rodrigo respondió:

—Papá arreglará todo.

Entonces escuché otra voz.

La de Verónica.

—¿Está viva?

Sentí que la sangre se me congelaba.

Rodrigo respondió:

—Sí.

Verónica guardó silencio.

Después dijo:

—Entonces hagan que parezca un accidente.

Detuve el video.

No podía seguir escuchando.

No porque dudara de la grabación.

Sino porque acababa de comprender que lo ocurrido con mi hija no había sido una explosión de violencia.

Habían intentado ocultarlo.

Y alguien había grabado todo.

Le escribí a Renata.

—¿Cuándo grabaste esto?

—No fui yo.

—¿Quién?

Pasaron casi cinco minutos.

Finalmente respondió:

—Mi hermana.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde está?

Renata no contestó.

Entonces llegó una última fotografía.

Era una adolescente de unos diecisiete años.

Tenía el cabello oscuro y una pequeña cicatriz junto a la ceja.

Debajo de la fotografía aparecía una fecha.

Tres años atrás.

Y una frase.

—Ella también dijo que fue un accidente.

Me levanté de la silla.

El abogado llegó al hospital veinte minutos después.

Le entregué el teléfono.

Vio el video una sola vez.

Luego cerró los ojos.

—Javier, esto cambia completamente el caso.

—Lo sé.

—Necesitamos preservar el archivo original.

—Hazlo.

—Y no vuelvas a contactar a Renata desde tu teléfono personal.

Asentí.

—¿Puedes encontrarla?

Mi abogado me miró seriamente.

—Puedo intentarlo.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era Renata.

—Están aquí.

Mi corazón se detuvo.

—¿Quiénes?

—Mi padre y mi abuela.

Escribí rápidamente:

—¿Dónde estás?

La respuesta tardó unos segundos.

—En la casa.

Miré al abogado.

—Tenemos que encontrarla.

Entonces llegó otro mensaje.

—Javier, escucha.

—¿Qué?

—Tu hija no fue la primera.

—¿Cuántas hubo?

Renata tardó mucho en responder.

Finalmente apareció una cifra.

—Cinco.

Sentí que el mundo se quedaba en silencio.

Cinco niñas.

Cinco familias.

Cinco supuestos accidentes.

Y una familia poderosa que había conseguido que nadie hiciera demasiadas preguntas.

Pero Renata todavía no había terminado.

—Y hay algo que tienes que saber sobre tu exesposa.

Mi mano quedó inmóvil sobre el teléfono.

—¿Qué?

La respuesta apareció lentamente.

—Verónica no solo sabía lo que hacían.

—Ella fue quien me dijo que si alguna vez hablaba, mi hermana desaparecería.

Miré hacia la cama de Valeria.

Mi hija dormía profundamente.

Por primera vez desde que llegué al hospital, sentí que la rabia estaba siendo reemplazada por algo mucho más peligroso.

Determinación.

No iba a enfrentar a los Alcázar en su terreno.

No iba a amenazarlos.

No iba a darles una sola oportunidad de convertir aquello en una pelea personal.

Iba a sacar la verdad de su alcance.

Llamé a mi abogado.

—Quiero una copia del video en tres lugares distintos.

—Ya lo estoy haciendo.

—Después contacta a una unidad estatal fuera de Guadalajara.

—¿Y Renata?

Miré el teléfono.

Había llegado otro mensaje.

Esta vez solo decía:

—Javier, no vengas por mí.

—¿Por qué?

La respuesta llegó acompañada de una fotografía.

Era una carpeta abierta sobre una mesa.

En la primera página aparecía el nombre de Verónica.

En la segunda, el de Rodrigo.

Y en la tercera…

el mío.

Debajo de mi nombre había una firma.

Mi firma.

Pero yo jamás había firmado aquel documento.

Y entonces entendí que los Alcázar no solo habían intentado destruir a mi hija.

También habían preparado algo para destruirme a mí.

read the entire Part 3 below.

Related Posts

PARTE 2: ESTA VEZ NO LO SALVÉ

En el hospital, los médicos llevaron a Ethan directamente al quirófano. Su pierna estaba gravemente fracturada y tenía varias lesiones internas. Caroline, en cambio, permaneció consciente. Mientras…

PARTE 2: LA PUERTA DEL LAVADERO

Julián golpeó la puerta del lavadero con tanta fuerza que Chloe se estremeció contra mi pecho. —Mamá, abre la puerta. No respondí. Miré a mi nieta. Tenía…

PARTE 2: EL EXPEDIENTE SECRETO

Durante varios segundos, nadie se atrevió a hablar. El comisario permaneció frente a mí, rígido, mientras el inspector que minutos antes me había tratado como una delincuente…

PARTE 2: CUANDO RYAN REGRESÓ

Ryan regresó a casa dos días después. Venía sonriendo. En el asiento trasero había varios regalos para el bebé que su madre había elegido durante la fiesta….

PARTE 2: EL SECRETO DE HACE ONCE AÑOS

Miré el sobre sin atreverme a tocarlo. La letra de mi padre era inconfundible. —¿Cómo conoce a mi padre? El anciano respiró profundamente. —Porque trabajé para él…

PARTE 2: LA CARTA QUE CAMBIÓ TODO

Leí la primera línea tres veces. Luego volví al principio. “Grace nunca perdió al bebé por mi culpa. Tu madre lo ordenó todo.” Mis manos comenzaron a…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *