PARTE 2: TRISTÁN NO HABÍA VUELTO POR CASUALIDAD.

Sentí que me ardían las mejillas.

Eleanor nos miró alternativamente.

—¿Ustedes se conocen?

—No exactamente —respondí demasiado rápido.

Tristán levantó una ceja.

—Bianca durmió conmigo.

Casi dejé caer el historial médico.

—¡En su camioneta!

Eleanor guardó silencio dos segundos.

Después comenzó a reír.

—Ahora definitivamente me caes bien.

Quise desaparecer.

Tristán, en cambio, parecía divertirse por primera vez desde que había entrado.

Me concentré en mi trabajo.

Revisé a Eleanor, confirmé sus indicaciones y expliqué lo que ocurriría durante aquella mañana.

Cuando terminé, Tristán me siguió hasta el pasillo.

—Bianca.

Me giré.

—Si viene a denunciar el secuestro involuntario de su camioneta, le recuerdo que fui una pasajera inconsciente durante aproximadamente cuatro minutos.

—Veintisiete.

Lo miré.

—¿Qué?

—Dormiste veintisiete minutos.

Sonrió.

—Y roncaste.

—No ronco.

—Entonces había un pequeño tractor invisible contigo.

Me marché antes de darle el placer de verme sonreír.

Durante los siguientes días, Tristán visitó a Eleanor todas las mañanas.

Nunca interfería.

Nunca utilizaba su apellido para exigir privilegios.

Traía café para su madre y, misteriosamente, siempre aparecía uno adicional para mí.

Me negué a aceptar los primeros tres.

Al cuarto, Eleanor lo tomó de sus manos y me lo entregó.

—Técnicamente te lo doy yo.

Tristán escondió una sonrisa.

Pero el quinto día ocurrió algo extraño.

Entré en la habitación y encontré a Eleanor seria.

Tristán estaba junto a la ventana hablando por teléfono.

—Repítelo —ordenó.

Colgó.

—¿Qué sucede? —preguntó Eleanor.

Él me miró.

—Alguien intentó acceder anoche a tu expediente médico.

Mi estómago se tensó.

—¿Quién?

—Eso estamos averiguando.

El hospital inició una revisión interna.

Entonces descubrimos algo todavía más preocupante.

No solo habían intentado consultar el expediente de Eleanor.

También el mío.

Mi dirección.

Contacto de emergencia.

Horarios laborales.

Incluso información administrativa antigua.

—¿Por qué alguien buscaría mis datos? —pregunté.

Tristán permaneció demasiado callado.

—¿Qué no me estás diciendo?

Eleanor suspiró.

—Hijo.

Él finalmente habló.

—Bellamy Technologies está desarrollando un sistema de gestión hospitalaria.

Conocía el proyecto.

Todo Manhattan hablaba de él.

Un contrato de miles de millones que conectaría hospitales, aseguradoras y sistemas clínicos.

St. Catherine era uno de los centros piloto.

—¿Y?

—Hace tres semanas detectamos accesos irregulares.

Tristán señaló mi identificación.

—Todos estaban vinculados a credenciales de personal clínico.

Sentí frío.

—¿Crees que fui yo?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Creo que alguien quiere que parezca que fuiste tú.

Dos días después, seguridad encontró el primer indicio.

Mi tarjeta de acceso había sido utilizada a las 3:14 de la madrugada en un área administrativa.

El problema era sencillo.

A las 3:14 yo estaba atendiendo una emergencia en otro piso.

Había cámaras y once testigos.

Alguien había duplicado mis credenciales.

Entonces recordé algo.

—Mi bolso.

Tristán me miró.

—¿Qué pasa?

—La noche de la camioneta.

Antes de salir del hospital lo dejé diez minutos en la sala del personal.

Cuando regresé, estaba abierto.

Pensé que había olvidado cerrarlo.

Mi tarjeta estaba dentro.

Tristán llamó inmediatamente a su equipo.

Aquella noche revisaron las cámaras.

Una mujer había entrado en la sala.

Uniforme médico.

Mascarilla.

Gorro.

Pero al salir levantó la cara durante apenas un segundo.

La reconocí.

—Rachel.

Rachel Morgan trabajaba conmigo.

Habíamos compartido turnos durante casi dos años.

La investigación se amplió discretamente.

Encontraron comunicaciones entre Rachel y una consultora contratada por uno de los principales competidores de Bellamy Technologies.

Pero todavía faltaba explicar algo.

¿Por qué Eleanor?

Tristán encontró la respuesta.

Su madre no había elegido St. Catherine por casualidad.

Eleanor Bellamy era una de las mayores accionistas del grupo familiar.

Y durante su hospitalización debía firmar una autorización relacionada con la venta de una participación tecnológica.

Si alguien conseguía información médica suficiente para cuestionar temporalmente su capacidad para tomar decisiones, la operación podía retrasarse.

O cambiar de manos.

Tristán me miró.

—Te utilizaron porque eras su enfermera.

Entonces comprendí la ironía.

La noche que me subí accidentalmente a su camioneta, alguien ya había copiado mis credenciales.

Yo pensaba que aquel había sido el momento más vergonzoso de mi vida.

En realidad, había ocurrido justo después de que alguien empezara a prepararme como culpable.

Una semana después, Eleanor recibió el alta.

Antes de marcharse me abrazó.

—Ahora puedo decirte algo sin violar ninguna regla del hospital.

—¿Qué?

Señaló a su hijo.

—Dale una oportunidad.

—Mamá.

—Tengo sesenta y ocho años, Tristán. Ya no recibo órdenes.

Me reí.

Pero Tristán no.

Sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Mi credencial antigua.

La que yo creía haber perdido después de aquella noche.

—¿Dónde encontraste eso?

—Debajo del asiento de mi camioneta.

La tomé.

Entonces vi algo pegado detrás.

Una etiqueta diminuta con un código.

Tristán perdió inmediatamente la sonrisa.

—Eso no estaba ahí por accidente.

Su equipo analizó la etiqueta aquella tarde.

No era parte de la identificación del hospital.

Era un pequeño dispositivo utilizado para localizar objetos.

Alguien lo había colocado detrás de mi credencial antes de que yo saliera de St. Catherine.

Miré a Tristán.

—Entonces aquella noche…

—No subiste simplemente al vehículo equivocado.

Terminó la frase por mí.

—Alguien sabía exactamente cuándo saldrías del hospital.

Y cuando revisamos las cámaras exteriores, vimos algo que ninguno esperaba.

Mi vehículo de viaje compartido sí había llegado.

Pero un hombre lo había detenido antes de que alcanzara la entrada.

Después señaló deliberadamente hacia la camioneta negra de Tristán.

Como si hubiese querido asegurarse de que, agotada y confundida, yo terminara precisamente dentro del automóvil del multimillonario.

Nuestro encuentro no había sido una coincidencia.

Alguien había querido conectar a la enfermera que estaban preparando para cargar con la culpa con el hombre cuya empresa pretendían sabotear.

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