El vaso de café cayó al suelo.
Levanté la mirada.
Y allí estaba Thanaphat.
Cinco años habían pasado, pero reconocí inmediatamente esos ojos.
Él apenas me miró.
Porque toda su atención estaba puesta en los tres niños detrás de mí.
Niran frunció el ceño.
Kiet sujetó con fuerza su pequeña maleta.
Y Arun, el más atrevido, preguntó:
—Mamá, ¿conoces a este señor?
Thanaphat palideció.
Los tres tenían sus mismos ojos oscuros.
La misma nariz.
Incluso aquella pequeña arruga entre las cejas cuando estaban confundidos.
—Sasithorn… —murmuró—. ¿Quiénes son?
Me bajé lentamente las gafas.
—Mis hijos.
—¿Tres?
—Sabes contar. Felicidades.
Su mirada volvió hacia ellos.
—¿Qué edad tienen?
Sonreí.
—Cinco años.
Fue como verlo recibir un golpe.
—No puede ser.
—Claro que puede.
Thanaphat dio un paso hacia mí.
—¿Estabas embarazada cuando firmaste el divorcio?
No respondí.
No hacía falta.
Su rostro cambió completamente.
—¿Son míos?
Antes de que pudiera contestar, una voz femenina llegó desde atrás.
—Thanaphat, ¿qué ocurre?
Mirra.
La misma mujer por la que había terminado nuestro matrimonio apareció elegantemente vestida y se agarró de su brazo.
Me observó.
Después miró a los niños.
Su sonrisa desapareció.
—¿Quiénes son?
Thanaphat ni siquiera pareció escucharla.
—Sasithorn, necesito hablar contigo.
—Cinco años tarde.
Tomé las manos de mis hijos.
—Vamos.
Pero él se interpuso.
—Tengo derecho a saberlo.
Lo miré fijamente.
—Aquella noche tenías delante dos documentos. Elegiste leer el divorcio antes de preguntarme qué contenía la otra carpeta.
Su expresión se congeló.
Por fin lo había recordado.
Mi informe médico.
La ecografía que nunca llegó a ver.
Mirra apretó su brazo.
—Thanaphat, vámonos.
Él se soltó de ella.
—No.
Fue una sola palabra.

Pero el rostro de Mirra se endureció.
Entonces mi teléfono sonó.
Mi abogado.
Contesté.
—¿Sí?
—Señora Sasithorn, tenemos un problema. Alguien acaba de solicitar acceso al expediente confidencial de nacimiento de sus hijos.
Miré a Thanaphat.
Pero él parecía tan sorprendido como yo.
—¿Quién?
Hubo unos segundos de silencio.
—No fue el señor Harrison.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿quién?
La respuesta me hizo mirar directamente a Mirra.
—La solicitud fue presentada esta mañana por una mujer llamada Mirra Block.
Y en ese instante comprendí que nuestro encuentro en aquel aeropuerto quizá no había sido ninguna casualidad.