Los motores que acababan de apagarse frente a la casa no pertenecían a invitados.
Eran tres camionetas negras del corporativo.
Rodrigo levantó la vista justo cuando sonó el timbre.
Dos hombres con traje oscuro y una mujer de cabello recogido entraron después de que Valeria abriera la puerta.
Rodrigo reconoció inmediatamente a la mujer.
Era Alicia Mendoza, presidenta del consejo de administración.
Jamás visitaba empleados.
Ni siquiera directores.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó él.
Alicia ni siquiera respondió.
Se acercó a Valeria.
La abrazó con fuerza.
—Llegamos tarde, Valeria. Lo siento muchísimo por Lucía.
Las piernas de Rodrigo comenzaron a debilitarse.
Renata miraba la escena sin comprender.
Alicia tomó asiento frente a Rodrigo.
—Abra el segundo sobre.
Él obedeció casi por reflejo.
Dentro encontró una resolución firmada por el consejo.
Su nombramiento como director general quedaba suspendido con efecto inmediato.
Todas sus facultades bancarias habían sido canceladas.
Sus accesos digitales deshabilitados.
Sus tarjetas corporativas bloqueadas.
—Esto es absurdo.
—Yo soy el director general.
Alicia apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Lo era.
Rodrigo golpeó el documento.
—¿Quién autorizó esto?
Valeria permaneció inmóvil.
—Yo.
Él soltó una risa incrédula.
—No puedes despedirme de mi propia empresa.
Valeria abrió lentamente una carpeta azul.
Extrajo el fideicomiso creado por su padre.
Lo dejó frente a él.
—Nunca fue tu empresa.
Rodrigo empezó a leer.
Su respiración cambió.
Las páginas confirmaban algo que jamás imaginó.
El sesenta y dos por ciento de las acciones con derecho a voto pertenecían exclusivamente a Valeria.
El cargo que él ocupó durante ocho años dependía únicamente de la confianza que ella le otorgó.
Y esa confianza acababa de desaparecer.
—No…
—Eso no puede ser.
Valeria sostuvo su mirada.
—Nunca te interesó saber cómo nació Grupo Cortés.
Solo te interesó aparecer en las revistas como el empresario exitoso.
Alicia deslizó otra carpeta.
—También recibimos el informe preliminar de auditoría.
Doce transferencias irregulares.
Facturas falsas.
Uso personal de recursos corporativos.
Vacaciones pagadas con dinero de la empresa.
Renata dio un paso hacia atrás.
—Rodrigo… dijiste que todo estaba autorizado.
Él intentó tomarla de la mano.
Ella la retiró inmediatamente.
—Me mentiste.
Valeria abrió finalmente el tercer sobre.
Era la orden emitida por el juzgado.
—Desde este momento tienes prohibido vender, transferir o disponer de cualquiera de los bienes vinculados a la investigación financiera.
Rodrigo sintió un nudo en la garganta.
Miró alrededor de la casa.
El enorme ventanal.
La escalera de mármol.
Las pinturas.
Los muebles italianos.
Todo aquello que durante años había mostrado con orgullo.
—Esta casa…
Valeria asintió lentamente.
—También pertenece al fideicomiso.
No es tuya.
Nunca lo fue.
En ese instante sonó nuevamente el timbre.
Uno de los abogados abrió la puerta.
Dos agentes de la policía de investigación esperaban con una carpeta en las manos.
El mayor mostró su identificación.
—¿Señor Rodrigo Salgado?
Necesitamos hablar con usted sobre varias denuncias presentadas esta misma mañana por fraude corporativo, falsificación documental y administración desleal.

Rodrigo giró desesperado hacia Valeria.
Por primera vez desde que la conocía, ella no tenía dolor en los ojos.
Solo había una madre que acababa de perder a su hija.
Y un esposo que acababa de comprender que el verdadero juicio apenas estaba comenzando.