Lucas mantuvo la mano contra la puerta.
—No es lo que piensas.
Solté una risa seca.
—Te casaste, Lucas. Hay un acta con tu nombre. No requiere interpretación.
—Déjame entrar.
—Tu esposa probablemente está preguntándose dónde estás.
Su mandíbula se tensó.
—Selena sabe que vine.
Aquello me sorprendió, pero no se lo mostré.
—Perfecto. Entonces también sabrá cuándo vuelvas.
Intenté cerrar otra vez.
—¡Naomi!
Por primera vez, su voz perdió esa calma que durante cuatro años parecía imposible romper.
—Las 328 llamadas no eran por trabajo.
Me quedé quieta.
Lucas bajó lentamente la mano.
—Vi tu “me gusta” a la una y veintisiete. Pensé que después llamarías. Que me insultarías. Que exigirías una explicación.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Me miró como si mi respuesta le doliera.
—Porque pensé que te importaba.
Sentí algo romperse dentro de mí.
—Me importaste cuatro años.
Su rostro palideció.
—¿Qué?
—Escuché la conversación con tu madre.
Lucas dejó de respirar por un instante.
—Naomi…
—“Una mujer así puede ayudarte a trabajar, no a construir un futuro”. ¿Recuerdas?
El silencio respondió por él.
—Y tú dijiste: “Lo sé”.
Lucas cerró los ojos.
—No estabas escuchando toda la conversación.
—Escuché suficiente.
—No. —Dio un paso hacia mí—. Te fuiste antes de escuchar lo demás.
Fruncí el ceño.
Lucas sacó el teléfono.
—Después de que renunciaste fui a buscarte. Recursos Humanos se negó a darme tu dirección. Mia no quiso decirme dónde estabas. Y ayer…
Se detuvo.
—Ayer mi madre publicó esa fotografía.
—¿Tu madre?
—Yo no publiqué nada.
Mi estómago se contrajo.
—Pero el acta…
—Es auténtica.
Eso volvió a poner todo en su sitio.
—Entonces felicidades.
—Naomi, el matrimonio con Selena tiene una cláusula de anulación.
Lo miré fijamente.
—¿Qué clase de broma es esta?
Antes de que respondiera, un coche negro se detuvo frente al edificio.
Una mujer bajó.
Selena Grant.
La novia de la fotografía.
Caminó directamente hacia nosotros.
Yo esperaba encontrar celos en su rostro.
En cambio, parecía furiosa con Lucas.
—Eres un completo idiota —le dijo.
Lucas se pasó una mano por el rostro.
—Selena, ahora no.
—Precisamente ahora.
Ella me miró.
—Naomi, ¿verdad?
—Sí.
Selena abrió su bolso y sacó una carpeta.
—Creo que deberías leer esto antes de volver a cerrar esa puerta.
No la tomé.
—No quiero involucrarme en su matrimonio.
—Yo tampoco quería involucrarme.
Eso me hizo mirarla.
Selena extendió la carpeta.
—Mi padre y la madre de Lucas organizaron este matrimonio por una operación empresarial. Lucas aceptó por una sola razón.
—Selena.
La voz de Lucas fue una advertencia.
Ella lo ignoró.
—Porque amenazaron con destruir la carrera de cierta empleada si él rechazaba el acuerdo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué empleada?
Selena casi sonrió.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
Miré a Lucas.
Él no negó nada.
Pero entonces Selena pasó a la última página.
—Hay algo peor. La operación empresarial que justificaba nuestro matrimonio se canceló anoche.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mi padre descubrió quién filtró información confidencial del proyecto Aurora.

Selena dejó un documento en mis manos.
Leí el nombre.
Y sentí un escalofrío.
La persona acusada de robar los archivos era…
Naomi Collins.
Yo.
—Esto es imposible.
Lucas me arrebató el documento.
Su expresión se volvió helada.
—¿Quién presentó esta denuncia?
Selena respondió:
—Tu madre.
Lucas levantó la mirada.
Y entonces comprendí algo aterrador.
Mi renuncia nunca había sido el final.
Alguien había estado esperando exactamente a que yo abandonara Sterling Group para convertir mi salida en una confesión de culpabilidad.