—Solo recuerda una cosa —dije—. Abigail y Charlotte también llevan tu sangre. Algún día entenderán perfectamente lo que elegiste hoy.
Víctor soltó una risa.
—Penélope, no conviertas esto en una tragedia.
No respondí.
Esa misma tarde recogí a mis hijas.
Dos semanas antes había aceptado una oferta para dirigir la división europea de mi empresa en Londres. Víctor había firmado el permiso para que las niñas vivieran conmigo en el extranjero sin siquiera leerlo con atención.
Aquella noche subimos a un avión.
Mientras tanto, los Reynolds estaban en la clínica privada de Naomi.
Miriam había llevado regalos azules.
Walter hablaba del futuro heredero.
Samantha grababa discretamente mientras Víctor sostenía la mano de Naomi.
Entonces el médico observó la pantalla.
Frunció el ceño.
Revisó el expediente.
—Señora Prescott, necesito confirmar algo. ¿Cuál fue exactamente la fecha de su última menstruación?
Naomi respondió.
El médico hizo un cálculo.
Después volvió a revisar las imágenes.
—¿Está seguro? —preguntó Víctor.
—Bastante.
El médico giró ligeramente la pantalla.
—Por las mediciones, la concepción probablemente ocurrió entre finales de marzo y primeros de abril.
La habitación quedó inmóvil.
Víctor soltó la mano de Naomi.
—Eso es imposible.
Ella palideció.
—¿Por qué?
Él la miró.
Porque durante aquellas semanas Naomi había estado en Singapur durante casi un mes.
Víctor no.
—Dijiste que tenía diecinueve semanas.
—Eso creía.
El médico intervino:
—Las fechas iniciales pueden calcularse mal. Pero estas mediciones sugieren que el embarazo comenzó antes de lo que ustedes pensaban.
Miriam dejó lentamente la bolsa de regalos.
—Naomi…
—No significa nada.
Pero Samantha ya había recordado algo.
—¿No estabas todavía con Ethan Prescott en marzo?
Naomi no respondió.
Y aquella ausencia de respuesta destruyó la celebración.
Víctor salió de la clínica y me llamó.
Una vez.
Cinco.
Doce.
Cuando finalmente aterrizamos en Londres, encendí el teléfono y encontré treinta y siete llamadas.
También un mensaje:
Penélope, necesito hablar con las niñas. Todo ha cambiado.
Miré a Abigail y Charlotte dormidas una junto a la otra.
Respondí:
Para ti cambió hoy. Para ellas cambió cuando su padre dijo: “Llévatelas. Ahora tengo un hijo”.
Meses después, una prueba confirmó lo que Víctor ya temía.
El bebé no era suyo.
Naomi regresó con el verdadero padre.
Y la familia que había celebrado finalmente tener un “heredero Reynolds” descubrió que había apartado a las únicas nietas Reynolds que realmente tenía.
Víctor intentó recuperarlas.
Viajó a Londres.
Llevó regalos.
Prometió cambiar.
Pero Abigail, que ya entendía mucho más de lo que él imaginaba, hizo una sola pregunta:
—Papá, si ese bebé hubiera sido tuyo… ¿habrías venido?
Víctor no pudo responder.
Y esa fue su verdadera pérdida.
No el ático.
No Naomi.

Ni siquiera el hijo que nunca fue suyo.
Fue descubrir demasiado tarde que las dos niñas que había tratado como una familia de segunda categoría habían aprendido a vivir perfectamente sin esperar que su padre las eligiera.