El mensaje decía:
“No le cuentes lo del barranco.”
Clara dejó de respirar.
Alejandro bloqueó inmediatamente la pantalla.
Demasiado tarde.
—Dame el teléfono.
—Clara…
—Dámelo.
Alejandro no obedeció.
Entonces ella comprendió que el miedo que había visto en sus ojos no tenía nada que ver con su regreso.
Tenía que ver con Daniel.
—¿Estuviste allí aquella noche?
Alejandro cerró los ojos.
—Sí.
Una hora después estaban en una sala privada del tanatorio.
Alejandro dejó sobre la mesa su alianza.
—Este anillo era de Daniel.
Clara sintió un escalofrío.
—Estás casado con Sofía usando la alianza de mi hermano.
—No estoy casado con Sofía.
Clara lo miró.
—Entonces ¿con quién?
—Con nadie.
Alejandro explicó que Daniel había comprado dos alianzas semanas antes de desaparecer.
No pensaba casarse.
Las utilizaba como parte de una sorpresa para alguien cuya identidad nunca quiso revelar.
Después de su desaparición, Alejandro encontró una de ellas dentro del coche de Daniel.
La había conservado durante tres años.
—¿Y decidiste ponértela?
—Porque prometí que no dejaría que olvidaran su caso.
Clara soltó una risa amarga.
—Eso no responde qué ocurrió en el barranco.
Entonces Alejandro contó la parte que había ocultado.
La noche de la desaparición, Daniel había llamado desesperado.
Había descubierto que alguien utilizaba su empresa para mover dinero mediante contratos falsos.
Daniel sospechaba de una persona cercana.
Sofía.
Clara sintió que el suelo desaparecía.
—Imposible.
Alejandro sacó su teléfono.
Conservaba un audio de aquella noche.
No reprodujo detalles del accidente.
Solo la última conversación relevante.
La voz de Daniel decía:
—Si algo me pasa, no creas la historia que cuente Sofía.
Clara se quedó inmóvil.
Alejandro continuó.
Había llegado hasta una carretera cercana al barranco después de recibir la llamada. Encontró el coche de Daniel abandonado, pero a Daniel no.
Sofía apareció poco después.
Aseguró que Daniel había descubierto la boda de ella con Alejandro y había reaccionado mal.
Solo había un problema.
Nunca existió ninguna boda.
—¿Entonces por qué me dijiste que ibas a casarte con ella?
Alejandro bajó la mirada.
—Porque Daniel me pidió que lo hiciera.
—¿Qué?
—Quería que Sofía creyera que seguíamos confiando en ella mientras él reunía pruebas.
Clara retrocedió.
Tres años atrás había huido a Seattle creyendo que Alejandro había elegido a su mejor amiga.
Y Alejandro había dejado que se marchara para proteger una investigación que terminó con Daniel desaparecido.
—Me llamaste cuando estaba en el avión.
—Porque Daniel ya había desaparecido. Todo había salido mal.
Clara tenía lágrimas en los ojos.
—Podías haberme dicho la verdad después.
—Sí.
Aquella respuesta la sorprendió.
Alejandro no buscó excusas.
—Y no lo hice. Pensé que mantenerte lejos te protegía. Solo conseguí quitarte el derecho a decidir.
En ese momento apareció Sofía en la puerta del tanatorio.
Al ver la alianza sobre la mesa, se quedó blanca.
Clara levantó el teléfono de Alejandro.
—Daniel dejó un audio.
Sofía no preguntó qué decía.
Preguntó:
—¿Dónde lo encontraste?
Y aquella pregunta cambió todo.
Porque nadie había dicho que acababan de encontrar algo nuevo.
La investigación sobre la muerte de Daniel volvió a centrarse en las personas que habían estado cerca de él y en los documentos financieros que había reunido.
Clara no sabía todavía qué responsabilidad tendría Sofía.
Eso lo determinarían las pruebas.
Pero sí sabía una cosa.
Había regresado a Madrid pensando que venía únicamente a enterrar a su hermano.
En realidad, Daniel llevaba tres años esperando que alguien terminara lo que él había empezado.
Y esta vez Clara no tomó un avión para escapar.
Se quedó.
No por Alejandro.

No por aquel amor de siete años.
Sino porque antes de decidir si podía perdonar al hombre que le había ocultado la verdad, primero descubriría quién había convertido la última noche de su hermano en una mentira.