PARTE 2: SIN SU APELLIDO

Las manos de Ethan comenzaron a temblar.

Volvió a leer los nombres escritos en la hoja.

Ethan. Noah Bennett.

Emma Bennett.

Ethan. Liam Bennett.

Los tres llevaban el apellido Bennett.

El apellido de Clara.

No el suyo.

—Eso es imposible… —murmuró.

Su asistente tragó saliva.

—Señor Whitmore… la señora firmó toda la documentación antes de abandonar el hospital.

Ethan levantó la cabeza de golpe.

—¿Quién autorizó eso?

—Legalmente podía hacerlo. Usted no estuvo presente durante el nacimiento ni durante el registro inicial.

Por primera vez en muchos años, Ethan sintió un miedo auténtico.

No era por el dinero.

No era por la empresa.

Era la sensación de haber llegado demasiado tarde.

Otra vez.


Corrió hasta Neonatología.

Las tres incubadoras estaban vacías.

Una enfermera consultó el sistema.

—Los bebés fueron dados de alta hace cinco días.

—¿Quién se los llevó?

—Su madre.

—¿Dónde están?

La mujer negó con educación.

—No puedo proporcionar esa información.

Ethan golpeó el mostrador con ambas manos.

—¡Soy su padre!

La enfermera sostuvo su mirada.

—Señor Whitmore…

—El expediente indica que durante el parto usted no figuró como contacto disponible.

—Durante cinco días tampoco respondió las llamadas del hospital.

—Y la señora Clara fue la única persona presente para todas las decisiones médicas.

Cada frase era un golpe.

Su teléfono había permanecido apagado durante buena parte de esos días.

No porque estuviera en una reunión.

Sino porque estaba en una cabaña de montaña con Vivian.


—Encuéntrenla.

La orden salió antes de subir al automóvil.

—Quiero saber dónde está Clara.

—Dónde están mis hijos.

—Y quién demonios estuvo usando su teléfono para escribirme.

Media hora después, el jefe de seguridad llamó.

—Señor…

—Hay algo extraño.

—El teléfono de la señora Clara siguió enviando mensajes desde el hospital durante tres días.

—Pero las cámaras muestran que ella ya no estaba allí.

Ethan frunció el ceño.

—Explíquese.

—Alguien conservó su teléfono.

Su corazón dio un vuelco.


Mientras tanto, en un edificio discreto del centro de Chicago, Clara sostenía a Noah entre sus brazos.

Emma dormía sobre el pecho de una enfermera especializada.

Liam acababa de terminar su biberón.

La puerta se abrió.

Entró un hombre de cabello gris impecablemente peinado.

—Señora Bennett.

No Whitmore.

Bennett.

Clara levantó la vista.

Era Richard Lawson.

El socio fundador del bufete donde ella había trabajado antes de casarse.

Sonrió con afecto.

—Bienvenida a casa.

Clara respiró profundamente.

—Pensé que jamás volvería.

Richard dejó una carpeta sobre la mesa.

—Nunca cerramos tu oficina.

—Solo quitamos tu nombre de la puerta porque tú lo pediste.

—Pero siempre supimos que regresarías.

Los ojos de Clara se humedecieron.

Durante siete años había creído que aquella vida había desaparecido.

Y, sin embargo, alguien la había estado esperando.

Richard abrió la carpeta.

Dentro había un contrato.

—Directora del Departamento de Litigios Corporativos.

—Socia del despacho.

—Horario flexible.

—Y todo un equipo para ayudarte mientras los niños crecen.

Clara acarició la mano diminuta de Noah.

—Acepto.


A cientos de kilómetros, Ethan entró furioso en el apartamento de Vivian.

Ella estaba preparando café.

—¿Qué pasó?

Él lanzó el sobre blanco sobre la mesa.

—¿Usaste el teléfono de Clara?

Vivian palideció apenas un segundo.

Luego sonrió con aparente inocencia.

—¿De qué hablas?

Ethan acercó el rostro.

—Los mensajes.

—Los que recibí después de que ella abandonara el hospital.

Vivian bajó la mirada.

Demasiado tarde.

Él lo vio.

—Fuiste tú.

Silencio.

Finalmente ella habló.

—Solo quería que no sospecharas.

—Necesitaba unos días más contigo.

Aquellas palabras hicieron que Ethan sintiera náuseas.

—¿Contestaste haciéndote pasar por mi esposa?

Vivian comenzó a llorar.

—Tenía miedo de que la eligieras otra vez.

Pero Ethan ya no la escuchaba.

Porque acababa de comprender algo mucho más grave.

Mientras él abrazaba a Vivian creyendo que Clara estaba bien…

Su esposa acababa de salir del hospital sola, con tres bebés prematuros en brazos.

Y él ni siquiera sabía cómo habían sobrevivido esos primeros días.


Esa misma noche, el director jurídico de Whitmore Capital llamó con urgencia.

—Señor…

—Necesita venir inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

Hubo unos segundos de silencio.

—La señora Clara presentó esta mañana una demanda.

—No solo por el divorcio.

—También solicitó una auditoría judicial completa sobre todas las cuentas personales y corporativas utilizadas durante su matrimonio.

Ethan cerró lentamente los ojos.

Creía que estaba enfrentando a una esposa herida.

Pero la mujer que acababa de reaparecer no era la esposa que había dejado de ejercer siete años atrás.

Era Clara Bennett.

La abogada que, antes de enamorarse de él, nunca había perdido un solo caso.

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