El sonido metálico de la bandeja contra el suelo atravesó la habitación.
Nathan miró mi mano.
Más exactamente, mi anillo.
Por primera vez desde que había despertado, vi miedo en sus ojos.
Isabella retiró lentamente la mano de la suya.
—Nathan…
—Evelyn —dijo él—, ese anillo no significa lo que piensas.
Incliné la cabeza, fingiendo confusión.
—Entonces explícame qué significa.
Silencio.
La enfermera recogió apresuradamente la bandeja y salió.
Nathan se acercó.
—Te lo regalé hace años.
—¿Un hermano le regala un anillo de bodas a su hermana?
—No es un anillo de bodas.
Casi sonreí.
Mentiroso.
Yo misma había visto grabada en su interior la fecha de nuestra boda.
Pero necesitaba que siguiera creyendo que no recordaba.
Así que bajé la mirada.
—Entiendo.
Nathan pareció respirar otra vez.
Isabella, en cambio, me observó con una expresión extraña.
Como si estuviera calculando cuánto sabía realmente.
Aquella tarde regresé a mi habitación.
Esperé hasta que Nathan salió para hablar con un médico.
Entonces llamé a mi mejor amiga, Sophie.
Contestó al segundo tono.
—¡Evelyn! Nathan dijo que perdiste la memoria. He intentado verte tres veces y siempre dice que estás descansando.
Sentí un escalofrío.
—Sophie, escucha. No he perdido la memoria.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Fue una broma.
—¿Una broma?
—Luego Nathan dijo que era mi hermano y decidí seguirle el juego.
Respiré profundamente.
—Ahora hay una mujer llamada Isabella Grant diciendo que es su esposa.
Sophie soltó una maldición.
—Voy para allá.
—No.
—¿Cómo que no?
—Necesito descubrir qué está pasando antes de que Nathan sepa que recuerdo todo.
Le pedí algo sencillo.
Que fuera a mi casa.
Sophie tenía una llave de emergencia.
—Busca nuestro certificado de matrimonio.
Dos horas después llamó.
Su voz había cambiado.
—Evelyn.
Me incorporé.
—¿Lo encontraste?
—No.
Sentí que se me hundía el estómago.
—Pero encontré algo peor.
Nathan guardaba una caja con documentos en su despacho.
Dentro había fotografías antiguas.
Isabella y él juntos desde adolescentes.
Cartas.
Informes médicos.
Y una invitación de boda impresa seis años atrás.
Los nombres eran:
Nathan Hale e Isabella Grant.
—Pero nosotros llevamos cuatro años casados.
—Lo sé.
—¿Se casaron?
—La ceremonia fue cancelada.
Cerré los ojos.
Entonces Sophie leyó una carta.
Isabella había desaparecido una semana antes de aquella boda.
Su familia aseguró que se había marchado al extranjero para recibir tratamiento por una enfermedad.
Nathan nunca volvió a hablar públicamente de ella.
Dos años después me conoció a mí.
De pronto entendí la frialdad.
Los límites.
La sensación de que una parte de él siempre estaba cerrada.
—Hay otra cosa —dijo Sophie.
—¿Qué?
—Isabella regresó hace tres meses.
Tres meses.
Recordé las noches en que Nathan empezó a llegar tarde.
Las llamadas que atendía fuera de casa.
Los fines de semana en que decía tener reuniones universitarias.
—¿Me engañó?
—No puedo saberlo.
—Pero me mintió.
Eso sí era indiscutible.
Al día siguiente seguí interpretando mi papel.
Nathan llegó con desayuno.
—¿Dormiste bien?
—Sí, hermano.
Vi cómo se tensaba cada vez que lo llamaba así.
Casi resultaba irónico.
Había elegido aquella mentira.
Ahora tendría que vivir dentro de ella.
—Quiero ir a casa —dije.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—El médico quiere observarte.
Era mentira.
Ya había hablado con mi médico esa mañana.
Podía recibir el alta.
—¿Isabella irá a nuestra casa?
Nathan se quedó inmóvil.
—¿Nuestra?
Abrí mucho los ojos.
—Quise decir tu casa.
Se relajó.
—Probablemente.
—Entonces quiero conocerla mejor.
—¿Por qué?
Sonreí inocentemente.
—Si es mi cuñada, deberíamos llevarnos bien.
Aceptó.
Dos días después descubrí la verdad.
Isabella me pidió que la acompañara al jardín del hospital.
Nathan estaba dando una conferencia.
Nos sentamos solas.
—Evelyn —dijo—, no tienes que fingir conmigo.
Mi corazón dio un vuelco.
No cambié de expresión.
—¿Fingir qué?
—Tu amnesia.
La miré.
Isabella sonrió tristemente.
—Nathan podrá ser brillante, pero yo te observé cuando preguntaste por el anillo.
No respondí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el principio.
Sus ojos se abrieron.
—¿Nunca perdiste la memoria?
—No.
Esperé una reacción arrogante.
No llegó.
Isabella se cubrió el rostro.
—Dios mío.
—Ahora habla.
Y habló.
Seis años atrás había estado comprometida con Nathan.
Pero poco antes de la boda recibió un diagnóstico grave y creyó que su futuro era incierto.
Asustada, canceló la boda y desapareció.
Nathan quedó destrozado.
Años después me conoció.
Se casó conmigo legalmente.
Isabella nunca había sido su esposa.
—Entonces ¿por qué aceptaste mentirme?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque Nathan me lo pidió.
—¿Por qué?
—Cuando regresé, quería saber si todavía sentía algo por mí.
La miré con incredulidad.
—¿Y necesitaba borrar a su esposa para averiguarlo?
Isabella bajó la cabeza.
—Yo le dije que era una locura.
—Pero participaste.
—Sí.
No intentó excusarse.
—Después ocurrió tu accidente. Cuando Nathan me contó que habías perdido la memoria, dijo que quizá era una oportunidad.
—¿Una oportunidad para qué?
Isabella tardó en responder.
—Para vivir durante unos días la vida que habríamos tenido.
Aquella frase me destruyó más que cualquier aventura física.
Mientras yo estaba hospitalizada, mi esposo había convertido mi supuesta amnesia en una oportunidad para probar otra vida.
—¿Y después?
—Decidiría.
Solté una carcajada.
—¿Decidiría entre nosotras?
Isabella asintió.
Me levanté.
Ya tenía suficiente.
Aquella noche Nathan entró en mi habitación.
—Mañana puedes volver a casa.
—Qué bien.
—Isabella también recibirá el alta pronto.
—Entonces podrás cuidarla.
Frunció el ceño.
—Evelyn…
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre la mesa.
Su rostro cambió.
—¿Qué haces?
Lo miré directamente.
Ya no había inocencia en mis ojos.
—Recuperé la memoria.
Nathan palideció.
—¿Cuándo?
—Nunca la perdí.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
—Todo empezó como una broma.
Me levanté.
—Después tú convertiste la broma en el funeral de nuestro matrimonio.
—Evelyn, puedo explicarlo.
—Ya lo hizo Isabella.
Eso lo dejó sin palabras.
—Ella y yo no hemos…
—No me importa si te acostaste con ella.
Mi voz tembló.
—Cuando creíste que yo había olvidado nuestro matrimonio, en lugar de recordármelo, aprovechaste para borrarme.
Nathan intentó tomarme la mano.
Retrocedí.
—No me toques.
—Estaba confundido.
—Yo estaba hospitalizada.
Lo miré con lágrimas en los ojos.
—Y tú estabas probando cómo sería reemplazarme.
Por primera vez, Nathan perdió aquella compostura perfecta que tanto lo caracterizaba.
—Te amo.
Negué.
—Quizá.
—Evelyn…
—Pero también querías saber si la amabas a ella.
Tomé mi bolso.
—Ahora tendrás todo el tiempo del mundo para averiguarlo.
Presenté el divorcio una semana después.
Nathan se negó inicialmente.
Me escribió cartas.
Esperó frente a mi trabajo.
Incluso Sophie tuvo que advertirle que dejara de buscarme.
Isabella regresó al extranjero poco después.
Antes de marcharse me envió un único mensaje:
“Lo siento. Él perdió algo real persiguiendo una vida que nunca existió.”
No respondí.
Seis meses después Nathan firmó.
La última vez que nos vimos fue fuera del despacho de los abogados.
Parecía agotado.

—Isabella y yo no estamos juntos.
—No necesitas explicármelo.
—Nunca debí mentirte.
—No.
—Pensé que si realmente habías olvidado todo…
Lo interrumpí.
—Ese fue tu error.
Nathan me miró.
—¿Cuál?
—Creer que mi memoria era lo único que sostenía nuestro matrimonio.
Respiré hondo.
—Era la confianza.
Y tú la recordabas perfectamente cuando decidiste romperla.
Me marché.
Un año después, Sophie me preguntó si me arrepentía de aquella broma.
Pensé en ello.
Si nunca hubiera fingido olvidar, quizá Nathan habría seguido siendo mi esposo perfecto.
Atento.
Responsable.
Correcto.
Y yo nunca habría sabido que, detrás de aquella puerta que mantenía cerrada, seguía viviendo el fantasma de Isabella.
—No —respondí.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Porque fingí perder la memoria durante una semana.
Miré mi mano, donde ya no había anillo.
—Y gracias a eso recordé algo que había olvidado durante años: nunca debo amar a alguien más de lo que me respeto a mí misma.