El silencio al otro lado de la línea se alargó unos segundos más.
Podía imaginar perfectamente la expresión del jefe Zhou: sorprendido, quizá incluso incrédulo.
Yo no lo culpaba.
Durante años, todos habían dado por hecho que Shen Jimin y yo éramos inseparables. Dos trayectorias alineadas, dos destinos que avanzaban en paralelo… como si el cielo mismo hubiera decidido que debíamos volar siempre juntos.
Pero los cielos también cambian.
—Sí —respondí finalmente, con una calma que ni yo misma sabía que tenía—. Ya lo he pensado bien.
Mi voz no tembló.
No dudé.
—De acuerdo —dijo el jefe Zhou, suspirando suavemente—. Entonces prepararé los documentos. En tres días comenzarás el entrenamiento de adaptación. La ruta T028 no es sencilla… pero confío en ti.
—Gracias.
Colgué.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo dentro de mí… se soltaba.
El sonido del agua en la ducha llenaba la casa.
Miré la puerta cerrada del baño durante unos segundos.
Cinco años.
Cinco años de amor en silencio.
Cinco años creyendo que, aunque el mundo no lo supiera, lo nuestro era real, firme… eterno.
Pero ahora lo entendía.
No era que el amor se hubiera roto de golpe.
Se había ido desgastando.
Desviando.
Perdiéndose poco a poco… hasta que un día simplemente dejó de estar.
Me levanté.
Fui al dormitorio.
Abrí el armario.
Saqué una maleta.
Cuando Shen Jimin salió del baño, con el cabello aún húmedo y la camisa a medio abotonar, me encontró doblando mi uniforme de repuesto.
Se detuvo en seco.
—¿Vas a volar?
Su tono era neutral, pero había algo más debajo. Una leve incomodidad… como si algo no encajara.
—Sí —respondí sin mirarlo—. Me asignaron una nueva ruta.
—¿Nueva ruta?
Frunció el ceño.
—¿Desde cuándo hacen cambios sin consultarme? Somos el mismo equipo.
Mis manos se detuvieron un instante sobre la tela blanca del uniforme.
Luego continué doblando con precisión.
—Ya no.
El silencio que siguió fue pesado.
Denso.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, esta vez con un matiz más serio.
Cerré la maleta.
Me giré por fin para mirarlo.
—He solicitado el traslado. A partir de ahora, seré comandante independiente.
Sus pupilas se contrajeron ligeramente.
—¿Qué ruta?
—T028.
Esta vez, el impacto fue evidente.
—¿La del oeste? —dio un paso hacia mí—. Jian Wan, esa ruta…
—Nunca se cruza con la tuya —terminé por él.
Nos miramos.
Frente a frente.
Como dos extraños que alguna vez compartieron todo.
—¿Por qué? —preguntó.
Solo una palabra.
Pero cargada de algo que no había escuchado en mucho tiempo.
No era enojo.
Era… desconcierto.
Quizá incluso un atisbo de miedo.
Lo observé con calma.
Ese rostro que conocía de memoria.
Esa persona por la que había estado dispuesta a detener mi propio ascenso durante años.
Y, por primera vez… no sentí dolor al mirarlo.
—Porque ya es hora —respondí suavemente— de que cada uno vuele su propio camino.
—Eso no tiene sentido —frunció el ceño—. Siempre hemos sido un equipo.
Sonreí.
Pero no había calidez en esa sonrisa.
—No, Shen Jimin. Eso es lo que tú creías.
Sus labios se tensaron.
—Si es por la publicación… puedo explicarlo.
—No hace falta.
—Jian Wan—
—Ya no importa.
Mi voz no se elevó.
No hubo reproches.
No hubo lágrimas.
Y quizá eso fue lo que más lo descolocó.
Porque esta vez… no estaba discutiendo.
Estaba cerrando.
Caminé hacia la puerta con la maleta.
Él no se movió al principio.
Como si su mente aún estuviera intentando alcanzar lo que estaba pasando.
Cuando por fin reaccionó, dio dos pasos rápidos hacia mí.
—¿Vas a irte ahora?
—Sí.
—Son casi las once de la noche.
—Lo sé.
—¿Y vas a dejar todo así?
Puse la mano sobre la manija.
Me detuve un segundo.
Sin girarme.
—No lo estoy dejando así —dije en voz baja—. Esto… ya estaba así desde hace tiempo.
Abrí la puerta.
El aire frío de la noche entró de golpe.
—Jian Wan.
Su voz me detuvo.
No por fuerza.
Por costumbre.
Cerré los ojos un segundo.
—¿Qué somos ahora?
Esa pregunta…
Llegó tarde.
Muy tarde.
Abrí los ojos.
Y esta vez, no dudé.
—Dos pilotos —respondí— con destinos distintos.
Y salí.
Tres días después, en la base aérea.
El amanecer teñía el cielo de tonos dorados.
El avión de la ruta T028 esperaba en la pista, imponente, silencioso.
Subí la escalerilla con paso firme.
El uniforme perfectamente ajustado.
Las cuatro franjas doradas brillando bajo la luz del sol.
—Comandante Jian Wan —saludó el copiloto con respeto—. Todo listo para el despegue.
Asentí.
Entré en la cabina.
Me senté.
Mis manos se posaron sobre los controles.
Familiar.
Natural.
Como si siempre hubieran pertenecido ahí.

Miré al frente.
La pista se extendía infinita.
Libre.
—Torre de control, aquí T028 solicitando autorización de despegue.
Una breve pausa.
—T028, autorizado. Buen vuelo, comandante.
Sonreí ligeramente.
—Recibido.
Empujé los mandos.
El avión comenzó a avanzar.
Cada vez más rápido.
Más firme.
Más decidido.
Y en ese momento…
Supe que no estaba escapando.
Estaba comenzando.
Mientras tanto, al otro lado del mundo…
Un avión en ruta hacia el este atravesaba las nubes.
En la cabina, Shen Jimin miraba el radar en silencio.
Por primera vez en años…
No había nadie sentado a su derecha.
Y el cielo…
Se sentía extrañamente vacío.