PARTE 2: PROYECTO CHIMERA

PARTE 2

La risa de Elsa aún parecía flotar en el salón cuando Damian dejó de sonreír.

No soportaba verla feliz.

Nunca lo había soportado.

Marcus Thorne apenas había terminado la anécdota de la sopa de calabaza cuando Damian apareció detrás de ellos con una copa de champán en la mano.

—Veo que mi esposa está muy entretenida.

Su voz era amable.

Demasiado amable.

Marcus extendió la mano con naturalidad.

—Solo hablábamos de tecnología.

Damian estrechó su mano sin apartar los ojos de Elsa.

—Mi mujer no entiende mucho de eso.

Elsa sintió el viejo impulso de disculparse.

Cinco años hacían eso.

Cinco años bastaban para convencer a una persona de que incluso respirar podía ser una molestia.

Pero aquella noche no pidió perdón.

—En realidad, entiendo bastante.

Damian arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Bastante más de lo que crees.

Marcus percibió la tensión y dio un paso atrás con discreción.

—Los dejo un momento.

Cuando se alejó, Damian tomó suavemente el brazo de Elsa.

Desde lejos parecía un gesto cariñoso.

Solo ella sabía la fuerza con la que le clavaba los dedos.

—¿Te estás divirtiendo?

—Estábamos conversando.

—Te estabas riendo.

—Sí.

La mandíbula de Damian se tensó.

—No me gusta que rías con otros hombres.

Ella sostuvo su mirada.

—No sabía que también necesitaba permiso para eso.

Los ojos de Damian se oscurecieron.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.

Después sonrió.

La sonrisa que siempre aparecía justo antes de hacer daño.

—Entonces vamos a recordarles a todos quién eres.

La tomó de la cintura y caminó con ella hasta el escenario principal.

Las cámaras giraron inmediatamente.

El presentador creyó que se trataba de un discurso improvisado.

Cedió el micrófono encantado.

—Nuestro benefactor desea decir unas palabras.

Damian agradeció la ovación con una inclinación de cabeza.

—Esta noche celebramos la generosidad.

Las pantallas gigantes proyectaban su rostro.

Quinientas personas lo observaban.

Él levantó una mano hacia Elsa.

—Y también quiero agradecer a mi maravillosa esposa.

Los aplausos comenzaron.

Elsa sintió un escalofrío.

Conocía demasiado bien aquella calma.

Damian la acercó a él.

Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Después deslizó lentamente la mano hasta el hombro de su vestido.

—Siempre ha sido hermosa…

Sonrió.

—Aunque a veces olvida cuál es su lugar.

Todo ocurrió en menos de un segundo.

Un tirón seco.

El sonido de la seda rasgándose.

La tela cayó abierta desde el hombro hasta la cintura.

Un grito ahogado recorrió el salón.

Las cámaras siguieron grabando.

Algunos fotógrafos bajaron el objetivo por vergüenza.

Otros dispararon más rápido.

Damian comenzó a reír.

—Perdonen.

Parece que el vestido era tan delicado como su carácter.

Nadie respondió.

Solo se escuchaban algunos aplausos nerviosos.

Elsa no intentó cubrirse.

Observó lentamente a cada uno de los invitados.

Al alcalde.

Al senador.

A los miembros del consejo.

A los periodistas.

A los directivos que habían firmado contratos con Vain Industries.

Todos evitaban mirarla.

Todos.

Entonces comprendió algo.

No estaba sola.

Simplemente llevaba demasiado tiempo creyéndolo.

Levantó la cabeza.

—Qué valiente eres, Damian.

La risa cesó.

Él frunció el ceño.

—¿Perdón?

Elsa dio un paso adelante.

El vestido roto se deslizó sobre el mármol.

Su voz fue tranquila.

Demasiado tranquila.

—Qué valiente… para un hombre que lleva cinco años aterrorizado de que alguien pronuncie cuatro palabras delante de tus socios.

Damian sintió un vacío en el estómago.

Lo ocultó como pudo.

—No sé de qué hablas.

Elsa lo miró directamente.

—Proyecto Chimera.

El silencio fue absoluto.

No hubo un solo movimiento.

Solo un hombre dejó caer lentamente su copa.

Robert Morrison.

Director de operaciones de Vain Industries.

Su rostro acababa de ponerse completamente blanco.

Damian giró apenas la cabeza hacia él.

Fue suficiente.

Elsa lo vio.

Y sonrió por primera vez.

—Veo que Robert sí recuerda ese nombre.

Damian recuperó rápidamente la compostura.

—Mi esposa necesita descansar.

Se acercó para quitarle el micrófono.

Ella dio otro paso atrás.

—No me toques.

La frase resonó por todo el salón.

Los escoltas intercambiaron miradas.

Los periodistas dejaron de tomar fotografías.

Ahora estaban grabando vídeo.

Elsa respiró profundamente.

—Durante cinco años pensé que el mayor error de mi vida había sido casarme contigo.

Hizo una pausa.

—Me equivocaba.

El mayor error fue creer que solo eras un hombre cruel.

Damian intentó sonreír.

—Está confundida.

—No.

Lo que ocurre es que hoy dejé de tener miedo.

Sacó lentamente una memoria USB plateada del pequeño bolso de mano.

La sostuvo entre dos dedos.

—Aquí hay seis años de correos electrónicos internos, contratos, balances alterados y comunicaciones cifradas relacionadas con Proyecto Chimera.

Un murmullo recorrió el salón.

Damian dejó de respirar durante un instante.

—Eso no existe.

—Claro que existe.

Ella levantó ligeramente la memoria.

—Porque fui yo quien tradujo toda la documentación internacional creyendo que pertenecía a una reorganización empresarial.

Marcus Thorne dio un paso adelante.

—¿Qué es Proyecto Chimera?

Elsa no respondió enseguida.

Miró directamente a Damian.

—Cuéntaselo tú.

Él permaneció inmóvil.

Entonces ella pronunció otro nombre.

—Julian Hayes.

Fue como si alguien hubiera apagado el aire del salón.

Varios empresarios se miraron entre sí.

Un senador dejó caer lentamente la servilleta.

Robert Morrison cerró los ojos.

Damian dio un paso hacia Elsa.

—No vuelvas a decir ese nombre.

Ella sonrió.

—¿Por qué?

¿Porque Julian Hayes murió creyendo que habías destruido toda la evidencia?

La mandíbula de Damian empezó a temblar.

Por primera vez en muchos años…

Tenía miedo.

Marcus observó alternativamente a uno y otro.

—Julian Hayes fue el fundador de Helix Dynamics.

Todos dijeron que falleció hace siete años.

Elsa negó despacio.

—No.

Julian Hayes fue el socio que descubrió Proyecto Chimera.

Y también fue la última persona que intentó denunciar a Damian Vain.

Las cámaras seguían grabando.

Quinientas personas seguían inmóviles.

Damian habló por fin.

Su voz había perdido toda la seguridad.

—No tienes ninguna prueba.

Elsa levantó lentamente la memoria USB.

—No.

Aquí solo está una parte.

La verdadera prueba nunca estuvo conmigo.

Todos la miraron.

Ella respiró profundamente.

—Está con Julian Hayes.

Damian soltó una carcajada desesperada.

—Eso es imposible.

Está muerto.

Elsa sostuvo su mirada.

Y pronunció la frase que terminó de destruir la seguridad del multimillonario.

—Eso mismo creías hasta que hace cuarenta minutos recibí un mensaje suyo.

El teléfono de Elsa vibró exactamente en ese instante.

La pantalla se iluminó frente a todos.

Solo aparecían dos líneas.

Remitente: Julian Hayes.

“Ya estoy en el edificio. Es hora de terminar lo que empezamos.”

Damian dejó caer el micrófono.

Porque el único hombre capaz de destruir definitivamente el imperio Vain acababa de regresar de entre las sombras.

Y estaba entrando en la gala en ese mismo momento.

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