PARTE 2: NUNCA LO OLVIDÓ

Clara se quedó inmóvil.

La cafetería entera parecía haberse quedado sin oxígeno.

Noah seguía inclinado junto a ella.

—¿Tendré que recordarte otra vez qué tan cercanos éramos? —repitió.

Clara giró lentamente la cabeza.

—Señor Blake.

Él levantó una ceja.

—Eso suena peor.

Alguien ahogó una risa.

Clara se levantó de inmediato.

—Tengo trabajo.

—Yo también.

—Entonces deberías hacerlo.

Noah sonrió.

Era exactamente la misma sonrisa que había usado cuando tenía diecisiete años y la obligaba a caminar bajo su paraguas.

—Mi oficina. En diez minutos.

Y se marchó.

Clara quería desaparecer.

Su compañera Melissa abrió mucho los ojos.

—¿“No eran muy cercanos”?

—No empieces.

—Ese hombre acaba de hablarte como si recordara hasta tu sabor de labios.

Clara casi derramó el café.

—¡Melissa!

Diez minutos después llamó a la puerta de Noah.

—Pasa.

Entró.

Él estaba frente a la ventana.

—Cierra la puerta.

—Prefiero dejarla abierta.

Noah se volvió.

—¿Todavía tienes miedo de que alguien piense que somos cercanos?

Clara cruzó los brazos.

—Ahora eres mi jefe.

Aquello borró inmediatamente su sonrisa.

—Eso sí importa.

Se alejó de ella.

—Y precisamente por eso no volveré a hacer lo que hice abajo.

Clara no esperaba aquella respuesta.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que no te conozco.

Noah abrió un cajón.

Sacó algo negro.

Un paraguas viejo.

Clara dejó de respirar.

—No puede ser.

—Sí.

Era aquel paraguas.

El mango tenía todavía una pequeña marca blanca que ella había hecho accidentalmente con corrector durante la preparatoria.

—¿Lo guardaste?

—Guardé muchas cosas.

Abrió otro cajón.

Una caja de leche con chocolate vacía.

Una fotografía de graduación.

Una entrada de cine.

Incluso una pequeña nota que Clara le había dejado dentro de un libro.

Come algo después del entrenamiento, idiota. —C

—Noah…

—Dices que apenas nos conocíamos.

La miró.

—Yo recuerdo el primer producto que casi te cayó encima en aquel supermercado.

Clara tragó saliva.

—No deberías.

—Recuerdo que odiabas las pasas.

—Todavía las odio.

—Que cuando estabas nerviosa doblabas las esquinas de tus apuntes.

Sus ojos bajaron hacia el expediente que Clara sostenía.

Una esquina estaba doblada.

Ella la alisó inmediatamente.

Noah sonrió.

—Eso tampoco cambió.

—¿Por qué haces esto?

La sonrisa desapareció.

—Porque desapareciste.

—Nos fuimos a universidades diferentes.

—No hablo de eso.

Clara frunció el ceño.

Noah sacó su teléfono.

Le mostró una conversación antigua.

Mensajes enviados a Clara durante meses.

¿Llegaste bien?

Llámame cuando puedas.

Clara, ¿estás enfadada conmigo?

Tu número ya no funciona.

Después correos.

Decenas.

—Nunca recibí ninguno.

Ahora fue Noah quien frunció el ceño.

—¿Qué?

—Mi madre cambió nuestro número cuando nos mudamos.

—Te escribí al correo.

—Perdí acceso cuando cerraron la cuenta escolar.

—También envié cartas.

Clara negó lentamente.

—Nunca recibí una.

El silencio cambió.

Aquello ya no era nostalgia.

—¿A qué dirección? —preguntó.

Clara se la dio.

Noah se quedó inmóvil.

—Esa no era la dirección que me dieron.

—¿Quién te dio otra?

—Tu padrastro.

El estómago de Clara se contrajo.

Robert Evans había entrado en su vida cuando tenía quince años.

Nunca le había gustado Noah.

Lo consideraba una distracción.

—¿Hablaste con Robert?

—Muchas veces.

Clara sintió frío.

—Él nunca me lo dijo.

Noah abrió otro archivo.

—Cuando regresé durante nuestro primer invierno universitario fui a buscarte. Robert dijo que te habías mudado y que no querías volver a verme.

—Eso es mentira.

—Después me entregó esto.

Era una carta.

La firma decía Clara.

El texto era breve.

Lo nuestro solo fue un juego de verano. No vuelvas a buscarme.

Clara se sentó.

—Yo jamás escribí eso.

Noah la observó durante varios segundos.

—Lo sé ahora.

—¿Ahora?

—Porque hace tres meses recibí otra carta escrita supuestamente por ti.

La colocó delante de ella.

Pedía que Noah rechazara cualquier solicitud de empleo de Clara Evans si llegaba a la empresa.

—¿Qué?

—Recursos Humanos la recibió antes de tu entrevista.

—Entonces ¿por qué me contrataron?

—Porque pedí que ignoraran la carta.

—¿Sabías que estaba postulando?

—Descubrí tu nombre durante la revisión final.

Clara lo miró.

—¿Tú aprobaste mi contratación?

—Aprobé que fueras evaluada exactamente como cualquier otro candidato. Tu puntuación fue la más alta.

Aquello alivió una preocupación.

Pero creó otra.

—¿Quién envió la carta?

—Eso estoy intentando descubrir.

Noah le mostró el sobre.

Había sido enviado desde una oficina jurídica.

Evans & Mercer Legal Group.

La firma pertenecía a Robert.

Su padrastro.

Clara se levantó.

—Tengo que hablar con mi madre.

—Clara.

—¿Qué?

—Robert murió hace ocho meses.

—Lo sé.

—La carta fue enviada hace tres.

Se quedó helada.

Alguien estaba usando su nombre después de su muerte.

Aquella noche Clara condujo hasta la casa de su madre.

Helen Evans palideció cuando vio las cartas.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Noah las guardó.

Su madre cerró los ojos.

—Claro que las guardó.

—¿Qué significa eso?

Helen se sentó.

—Robert hizo todo lo posible para separarlos.

—¿Por qué?

—Porque tu relación con Noah no era tan casual como tú creías.

Clara soltó una risa incrédula.

—Éramos adolescentes.

—No hablo de ustedes.

Helen abrió un viejo archivador.

Sacó una fotografía.

Aparecían dos hombres jóvenes frente a una pequeña empresa tecnológica.

Uno era el padre de Noah.

El otro…

—Ese es papá.

Su padre biológico.

Michael Carter había muerto cuando Clara tenía once años.

—Tu padre y Thomas Blake fundaron juntos una compañía.

—¿La familia de Noah?

Helen asintió.

La empresa fue vendida años después.

Pero Michael había conservado una participación minoritaria mediante un fideicomiso.

Tras su muerte, debía pasar a Clara cuando cumpliera treinta años.

—Cumplo treinta en dos meses.

—Lo sé.

—¿Cuánto vale?

Helen guardó silencio.

—Mamá.

—No lo sé exactamente. Pero Robert sí lo sabía.

Y entonces todo empezó a adquirir una forma desagradable.

Robert había administrado parte de los asuntos financieros de Clara desde que se casó con Helen.

También había insistido en mantener a Noah lejos.

—¿Por qué importaba que Noah y yo estuviéramos juntos?

Helen sacó otro documento.

El fideicomiso incluía una cláusula de auditoría.

Si un descendiente Carter y un descendiente Blake compartían intereses económicos directos —por matrimonio, empresa conjunta o determinadas inversiones— las cuentas históricas de ambas familias debían revisarse antes de cualquier transferencia.

Clara comprendió.

—Robert no temía que me casara con Noah.

—Temía la auditoría.

Helen asintió.

—Tu padre sospechaba que alguien había retirado dinero de la compañía antes de venderla.

—¿Robert?

—No lo sé.

La respuesta fue demasiado rápida.

—Mamá.

Helen comenzó a llorar.

—Encontré documentos después de su muerte.

Pagos.

Sociedades.

Firmas de tu padre utilizadas años después de morir.

Noah llegó veinte minutos después.

Clara no le había pedido que fuera.

Su madre sí.

Cuando entró, llevaba una carpeta.

—Encontramos quién envió la carta desde la oficina de Robert.

—¿Quién?

—Su antigua socia.

Rebecca Mercer.

Helen dejó caer el vaso que sostenía.

Noah la miró.

—Usted conoce ese nombre.

La madre de Clara permaneció en silencio.

—Mamá.

—Rebecca era la hermana de Michael.

Clara retrocedió.

—¿Mi tía?

—Sí.

—Me dijiste que papá era hijo único.

—Porque él me pidió que nunca hablaras de ella.

Noah abrió la carpeta.

Rebecca había sido administradora suplente del fideicomiso Carter.

Y durante diecinueve años había autorizado operaciones relacionadas con el patrimonio de Clara.

—¿Por qué querría mantenerme lejos de Noah?

—No lo sabemos todavía.

Entonces Noah sacó el último documento.

—Pero encontramos algo más.

Era una copia del acuerdo original firmado por Michael Carter y Thomas Blake.

En la última página aparecía una cláusula manuscrita.

Clara la leyó.

En caso de fallecimiento de ambos fundadores, ningún administrador podrá vender las participaciones de Clara Carter ni Noah Blake sin conocimiento de ambos beneficiarios.

Clara levantó la vista.

—¿Noah también heredó?

—Sí.

—¿Y tú lo sabías?

—Desde los veintiuno.

—¿Sabías que yo aparecía ahí?

Noah negó.

—Tu nombre había sido eliminado de mi copia.

Helen se cubrió la boca.

Alguien había dado a cada uno una versión diferente.

Entonces Noah colocó sobre la mesa una fotografía ampliada de la firma original.

Debajo de la cláusula había una nota casi invisible.

Entregar copia completa cuando Clara cumpla treinta años o cuando Noah descubra por qué los separaron.

Clara lo miró.

—Entonces alguien sabía que intentarían separarnos.

—Nuestros padres.

El teléfono de Helen vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

DEJEN DE REVISAR LOS DOCUMENTOS DE ROBERT.

Llegó una fotografía.

No era antigua.

Había sido tomada aquella misma tarde.

Mostraba a Clara entrando en el edificio de Noah.

Después llegó otra.

Noah inclinado junto a ella en la cafetería.

Clara sintió un escalofrío.

Un tercer mensaje apareció.

Robert solo hizo lo que Michael Carter le pidió.

—Eso es imposible —susurró Helen—. Michael murió hace diecinueve años.

Noah observó la pantalla.

—No significa que esté vivo.

—Entonces ¿qué significa?

Noah señaló la fecha de un documento adjunto al mensaje.

Era una instrucción firmada por Michael antes de morir y depositada para ejecutarse años después.

Clara comenzó a leer.

Si Clara y Noah vuelven a encontrarse antes de que ella cumpla treinta años, no intenten separarlos otra vez. Significará que el plan fracasó.

Sus manos temblaron.

—¿Qué plan?

Noah abrió la segunda página.

Su expresión cambió por completo.

—Clara…

—¿Qué dice?

Él levantó la vista.

—Que nuestros padres no intentaban proteger el dinero de nosotros.

Le entregó la hoja.

En la parte superior aparecía un nombre.

PROYECTO SUMMER.

Debajo, una frase:

Noah Blake y Clara Carter nunca debieron conocerse antes de los treinta años.

Clara sintió que el corazón se detenía.

Porque ellos no se habían conocido por casualidad en aquel supermercado.

Y según la última línea escrita por su padre, alguien había cometido un error aquella noche.

Si se encuentran antes de tiempo, Rebecca deberá impedir que descubran quién organizó realmente su primer encuentro.

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