PARTE 2: NUNCA FUI SU ESPOSA

—Nunca. Ella todavía nos sirve.

Esas cinco palabras hicieron algo que seis años de mentiras no habían conseguido.

Mataron todo lo que todavía sentía por Adrian.

Clara apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Y cuando reciba la herencia?

Adrian sonrió.

—Sofía cree que somos marido y mujer. Transferirá el dinero para salvar la empresa. Cuando Blake Industries vuelva a estar estable, encontraremos la manera de apartarla.

—¿Y si descubre nuestro matrimonio?

—No lo hará.

Me alejé antes de escuchar más.

En el estacionamiento llamé al abogado.

—Señor Harris, cambie de planes.

—¿Qué desea hacer?

—Congele cualquier transferencia relacionada con Adrian Blake. Y quiero una auditoría completa de todo lo que haya firmado durante estos seis años usando mi nombre.

Hubo un breve silencio.

—Eso puede convertirse en algo mucho más serio que una disputa patrimonial.

Miré hacia la terminal.

—Eso espero.

Aquella noche Adrian llegó a casa como siempre.

Traía flores.

La pulsera.

Y una sonrisa perfecta.

—Te extrañé.

Me besó la frente.

Yo sonreí.

—Yo también tengo una sorpresa.

Sus ojos se iluminaron.

—¿La herencia?

Así de rápido.

Ni siquiera preguntó cómo estaba después de perder a mi padre.

Solo pensaba en el dinero.

—Mañana —respondí—. Habrá una reunión extraordinaria en Blake Industries.

Adrian intentó ocultar su entusiasmo.

—¿Vas a invertir?

—Mañana lo descubrirás.

A las diez de la mañana siguiente, Adrian entró en la sala del consejo acompañado por Clara.

Los bancos acreedores estaban representados.

También los principales accionistas.

Y mi equipo legal.

Adrian se detuvo al verme sentada en la cabecera.

—Sofía, ¿qué significa esto?

Deslicé una carpeta hacia él.

—Mi regalo.

Sonrió.

La abrió.

Su sonrisa murió.

No era una transferencia.

Era una demanda.

Fraude.

Falsificación documental.

Uso indebido de mi identidad.

Y una solicitud para revisar cada operación realizada utilizando el supuesto vínculo matrimonial entre nosotros.

Clara quedó blanca.

Adrian se levantó.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Saqué mi falso certificado matrimonial.

Lo dejé sobre la mesa.

Después coloqué junto a él el registro verdadero.

ADRIAN BLAKE.

CLARA HAYES.

CASADOS.

Seis años atrás.

Nadie habló.

—¿Quieres explicarles tú quién es tu esposa? —pregunté—. ¿O lo hago yo?

Clara comenzó a llorar.

—Sofía, podemos explicarlo.

La miré.

—Durante seis años me llamaste cuñada mientras dormías con tu marido.

Bajó la cabeza.

Adrian golpeó la mesa.

—¡Esto es un asunto privado!

—Dejó de serlo cuando intentaste conseguir acceso a 4.800 millones de dólares mediante una mentira.

Entonces el abogado Harris habló.

—También debemos informar al consejo de que la señora Whitmore no realizará la inversión prevista en Blake Industries.

El rostro de Adrian se vació.

—¿Qué inversión?

Lo miré.

—La que necesitabas para evitar la insolvencia.

Por primera vez sentí verdadero miedo en su voz.

—Sofía, espera.

—No.

Me levanté.

—Durante seis años fingiste ser mi esposo porque mi apellido te abría puertas.

Me quité la pulsera que acababa de regalarme y la dejé frente a él.

—Ahora descubrirás cuántas permanecen abiertas cuando mi apellido deja de acompañarte.

Tres meses después, Blake Industries perdió el acuerdo financiero que Adrian esperaba salvar con mi dinero.

La investigación sobre los documentos continuó.

Clara solicitó el divorcio cuando comprendió que las deudas de Adrian eran mucho mayores de lo que él le había contado.

Y yo recuperé algo más importante que los 4.800 millones.

Mi nombre.

Una tarde, Adrian apareció frente a mi nueva oficina.

Sin secretaria.

Sin conductor.

Sin aquella arrogancia que durante años confundí con seguridad.

—Sofía, cometí el peor error de mi vida.

Negué.

—No fui tu error, Adrian.

Me acerqué y cerré lentamente la puerta entre nosotros.

—Fui tu plan.

Él puso una mano para detenerla.

—Te amé.

Lo miré por última vez.

—No.

Sonreí.

—Amabas todo lo que pensabas que algún día sería tuyo.

Aparté su mano.

—Y ese fue tu verdadero error.

La puerta se cerró.

Durante seis años creí que descubrir que mi matrimonio era falso sería la peor humillación de mi vida.

Me equivocaba.

La verdadera humillación habría sido descubrirlo…

y seguir comportándome como su esposa.

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