Volví al hotel a las once y cuarenta.
Rafael —todavía Diego para él mismo— estaba furioso.
—¿Dónde estabas?
Beatriz estaba junto a la mesa.
El sobre manila seguía allí.
—Fui a comprar unas cosas para el viaje.
Sonreí.
—¿No querías que firmara antes de salir?
Su expresión cambió inmediatamente.
—Claro.
Beatriz acercó la carpeta.
—Qué bueno que finalmente entiendes cómo funciona un matrimonio.
Me senté.
Dentro había poderes notariales, autorizaciones bancarias y documentos relacionados con mis propiedades.
Pero ahora sabía exactamente qué estaba mirando.
Y también sabía qué necesitaban escuchar los agentes que esperaban cerca.
Tomé el bolígrafo.
—Antes quiero entender algo.
Rafael perdió la sonrisa.
—¿Qué cosa?
—Si te doy poder sobre mis propiedades, ¿podrías venderlas mientras estamos en Cancún?
Beatriz respondió demasiado rápido.
—Naturalmente.
Rafael la miró.
Ella corrigió:
—Quiero decir… si fuera necesario.
Dejé el bolígrafo.
—Entonces prefiero firmar después de la luna de miel.
Silencio.
Rafael cerró la carpeta.
—No.
Aquella única palabra cambió su rostro.
Ya no parecía mi esposo atento.
—Lo firmarás ahora.
—¿Y si no quiero?
Beatriz soltó una risa.
—Mariana, no compliques las cosas.
—¿Qué cosas?
Rafael se inclinó sobre mí.
—Nosotros ya invertimos demasiado en ti.
Nosotros.
No “yo”.
Miré a Beatriz.
—¿Nosotros?
Rafael comprendió su error.
Demasiado tarde.
Me levanté.
—Creo que necesito llamar a mi abogado.
Me sujetó del brazo.
—No llamarás a nadie.
Mi corazón golpeó con fuerza.
Pero mantuve la voz estable.
—Suéltame.
—Primero firmas.
Beatriz cerró la puerta del penthouse.
—Después podrás hacer todos los berrinches que quieras.
Entonces pregunté:
—¿Esto también se lo hicieron a las otras mujeres?
Ambos se congelaron.
Rafael aflojó los dedos.
—¿Qué dijiste?
Lo miré directamente.
—Rafael Duarte.
El color desapareció de su rostro.
Beatriz retrocedió.
—No sé quién te contó eso…
—¿Debo llamarte Beatriz?
Silencio.
Después todo ocurrió rápidamente.
Rafael agarró la carpeta.
Beatriz corrió hacia las maletas.
—Nos vamos.
Pero al abrir la puerta encontraron a los agentes esperando.
Rafael intentó cerrarla.
No pudo.
Yo retrocedí mientras entraban.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre perfecto parecía pequeño.
Asustado.
Desesperado.
—¡Ella firmó voluntariamente! —gritó.
La agente miró la mesa.
—Todavía no ha firmado nada.
Rafael se volvió hacia mí.
Entonces comprendió.
—Tú sabías.
—Desde esta mañana.
Su expresión se deformó.
—¿Y regresaste?
Asentí.
—No regresé como tu esposa.
Miré la carpeta.
—Regresé como auditora.
Los documentos fueron asegurados.
También sus teléfonos y computadoras.
Y allí apareció algo todavía peor.
Habían preparado expedientes completos sobre mí.
Mis propiedades.
Mis cuentas.
Mis horarios.
Incluso habían calculado cuánto podrían obtener vendiendo los inmuebles rápidamente mientras yo estuviera en Cancún.
Pero también encontraron nombres.
Otras mujeres.
Otras identidades.
Otras propiedades.
El matrimonio falso conmigo no era el comienzo.
Era simplemente el siguiente trabajo.
Horas después, cuando finalmente abandoné el hotel, Patricia me esperaba abajo.
—Hay algo que debe saber.
Me entregó una copia del registro.
—Legalmente, usted nunca estuvo casada con Rafael Duarte.
Miré el documento durante varios segundos.
La noche anterior había creído que comenzaba mi vida matrimonial.
Doce horas después descubrí que jamás había tenido marido.
Solo había tenido dos estafadores representando los papeles de esposo y suegra.
Meses después, declaré en el proceso contra ambos.
También ayudé a los investigadores a reconstruir el movimiento del dinero utilizando precisamente aquello que Beatriz tanto despreciaba.
“Mis numeritos”.
Esos números condujeron hacia sociedades, cuentas y propiedades relacionadas con varias víctimas.
Y aquella mañana, antes de entrar a declarar, Rafael me vio en el pasillo.
Ya no llevaba traje.
Ya no sonreía.
—Mariana.
Seguí caminando.
—Espera.
Me detuve.
—Yo sí llegué a quererte.
Lo observé.
Después sonreí.
—¿Como Diego o como Rafael?
No supo responder.
Eso era suficiente.
Me marché.
Durante meses pensé en aquella llamada de las nueve y diecisiete.
“Su esposo podría no ser quien dice ser.”

La funcionaria se había equivocado en una sola cosa.
Aquel hombre no era mi esposo.
Nunca lo había sido.
Y gracias a eso, los documentos que pretendían quitarme mi vida terminaron convirtiéndose en las pruebas que destruyeron la suya.