Tres días después encontré una fotografía escondida dentro de la cartera de Adrian.
Me quedé inmóvil.
En ella aparecía una mujer de espaldas.
Llevaba el mismo vestido azul que yo había usado dos años antes en la fiesta de compromiso con Ryan.
En el reverso había una fecha y una frase:
“Otra vez elegiste a mi hermano.”
Sentí un escalofrío.
—Adrian, ¿qué significa esto?
Él miró la fotografía y frunció el ceño.
—No lo recuerdo.
Pero esa noche empezó a murmurar mientras dormía.
—No firmes…
—¿Qué?
Abrió los ojos sobresaltado.
—Ryan te está engañando.
Mi corazón se aceleró.
—¿Sobre qué?
Adrian se llevó una mano a la cabeza.
Entonces recordó.
Dos años antes, Ryan había utilizado mi nombre como parte de una operación empresarial sin decírmelo.
Adrian lo descubrió.
Por eso intentó impedir nuestra boda.
No porque me despreciara.
Porque estaba intentando protegerme sin revelar información que podía desencadenar un escándalo dentro de Ashford Group.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad? —pregunté.
Adrian me miró.
—Porque Ryan era mi hermano.
—¿Y preferiste hacerme creer que me odiabas?
No respondió.
Aquello era respuesta suficiente.
Fui directamente a buscar a Ryan.
Puse los documentos frente a él.
Su expresión cambió.
—¿Quién te dio esto?
—Entonces son reales.
—Puedo explicarlo.
Solté una risa.
Siempre parecía existir una explicación después de descubrir una mentira.
Me quité el anillo de compromiso.
Lo dejé sobre la mesa.
—Se acabó.
Ryan se levantó.
—¿Por Adrian?
—No.
Lo miré directamente.
—Por ti.
Cuando regresé al hospital, Adrian estaba junto a la ventana.
—¿Dónde estabas?
—Cancelando mi boda.
Se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
—Ryan y yo terminamos.
Para mi sorpresa, Adrian no sonrió.
—Lo siento.
—¿No querías precisamente esto?
—Quería que conocieras la verdad. No quería verte sufrir.
Entonces entendí algo.
Incluso sin memoria, Adrian seguía reaccionando ante emociones que su mente consciente había olvidado.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Por qué me llamaste esposa?
Adrian palideció.
La respuesta apareció dos días después.
Elias, su asistente, me entregó una caja que había encontrado entre los objetos personales recuperados del accidente.
Dentro había un pequeño cuaderno.
Era de Adrian.
Y allí estaba todo.
Durante años había escrito cosas sobre mí.
La primera vez que nos conocimos.
Las discusiones.
Las veces que intentó convencerme de abandonar a Ryan.
Incluso aquella noche del vestido azul.
En la última página había una frase:
“En otra vida, quizá habría llegado antes.”
Cerré el cuaderno.
Adrian nunca había creído realmente que yo fuera su esposa.
Su mente herida había mezclado recuerdos, deseos y fragmentos del pasado.
Por eso algunas escenas parecían reales.
Porque lo eran.
Solo había cambiado el papel que yo ocupaba dentro de ellas.
Semanas después, Adrian recuperó casi todos sus recuerdos.
Y con ellos regresó parte del hombre frío de antes.
La primera mañana que me vio después de recordarlo todo, guardó silencio durante varios segundos.
—Dios mío.
—¿Qué?
Se cubrió el rostro.
—¿De verdad te llamé esposa?
Sonreí.
—Durante semanas.
—Quiero volver a perder la memoria.
—También me diste todas tus tarjetas.
Levantó inmediatamente la cabeza.
—Devuélvemelas.
—Demasiado tarde.
Por primera vez lo escuché reír.
No empezamos ninguna relación inmediatamente.
Yo acababa de cancelar una boda.
Él acababa de reconstruir su memoria.
Necesitábamos tiempo.

Meses después, cuando nos encontramos nuevamente, ya no había mentiras ni papeles que interpretar.
Adrian me miró con cierta incomodidad.
—Esta vez quiero preguntarlo correctamente.
—¿Qué cosa?
—Si quieres cenar conmigo.
Sonreí.
—¿Cuánto pagas?
Él negó con la cabeza.
—Sabía que esos diez millones iban a perseguirme toda la vida.
Y así empezó algo que ninguno de los dos necesitó fingir.
Ryan había intentado pagarme diez millones para interpretar a la esposa de su hermano.
Al final nunca cobré aquel dinero.
Pero descubrí algo mucho más valioso:
el hombre que durante años parecía querer expulsarme de la familia Ashford no me odiaba.
Simplemente había llegado demasiado tarde para decir la verdad.
Esta vez, sin embargo, ninguno de los dos pensaba volver a desperdiciar el tiempo.