PARTE 2: NO QUEDABA NADA

Bajé la mirada.

No discutí.

Tampoco rogué.

Simplemente levanté las manos hacia el cierre del vestido.

Fue entonces cuando la sonrisa de Tạ Hoài Cẩn desapareció.

Probablemente esperaba que llorara.

Que le suplicara.

Que utilizara aquellos años juntos como última moneda de cambio.

Pero yo solo pregunté:

—¿Estás seguro?

Él apretó la mandíbula.

—¿No dijiste que no querías llevarte nada mío?

—Está bien.

Mis dedos tocaron el cierre.

Uno de sus amigos apartó incómodo la mirada. Otro carraspeó.

La mujer a su lado, en cambio, me observaba en silencio.

Antes de que pudiera continuar, Tạ Hoài Cẩn me agarró la muñeca.

—¡Basta!

Levanté los ojos.

—¿Qué ocurre?

Su rostro estaba tenso.

—¿No tienes vergüenza?

Aquello casi me hizo reír.

—Tú me ordenaste hacerlo aquí.

Por primera vez, no tuvo respuesta.

Me solté lentamente.

—Si quieres recuperar el vestido, iré al vestidor, me cambiaré y te lo devolveré.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Lo miré directamente.

—No quiero deberte nada.

Aquella frase pareció irritarlo más que cualquier discusión.

Entré al vestidor y saqué del fondo de mi maleta una camiseta sencilla y unos pantalones que conservaba desde antes de conocerlo.

Cuando salí, dejé cuidadosamente el vestido doblado sobre el sofá.

Después me quité los pendientes.

El reloj.

La pulsera.

Incluso los zapatos.

Todo había sido comprado por él.

Al final me puse unas viejas zapatillas que llevaba años guardando.

Tạ Hoài Cẩn me observaba con una expresión cada vez más oscura.

—An Ruoning, ¿qué espectáculo estás montando?

—Ninguno.

Dejé las llaves de la casa sobre la mesa.

—Solo estoy devolviendo tus cosas.

Tomé mi maleta.

Esta vez nadie me detuvo.

Pero cuando llegué a la puerta, la mujer habló de repente.

—Espera.

Me giré.

Sus ojos ya no mostraban la hostilidad con la que había llegado.

—¿Cuánto tiempo llevabas con él?

—Siete años.

Ella palideció.

—Hoài Cẩn me dijo que…

—¡Ya basta!

Él la interrumpió bruscamente.

Eso me confirmó algo.

Ella tampoco conocía toda la verdad.

Pero ya no era asunto mío.

Salí de aquella casa sin volver la cabeza.


Tres meses después, Tạ Hoài Cẩn apareció frente a mi nueva vivienda.

Yo acababa de regresar del trabajo.

Cuando lo vi apoyado junto al coche, casi no lo reconocí.

Había adelgazado.

—Ruoning.

Intenté pasar de largo.

Él bloqueó mi camino.

—¿Por qué cambiaste de número?

—Porque el anterior estaba registrado a tu nombre.

—¿Y tu trabajo?

—También era gracias a tus contactos, así que renuncié.

Su expresión se endureció.

—¿La casa?

—La alquilo con mi propio dinero.

—¿Y todo lo demás?

Lo miré con tranquilidad.

—Tú mismo dijiste que hasta la ropa que llevaba pertenecía a ti.

—Así que pensé que sería mejor empezar desde cero.

Sus labios se separaron, pero no salió ninguna palabra.

Después de unos segundos, preguntó:

—¿Por qué no regresaste?

Me sorprendió sinceramente.

—¿Regresar adónde?

Aquella pregunta pareció herirlo.

—A casa.

Sonreí.

—Esa nunca fue mi casa.

Tạ Hoài Cẩn quedó inmóvil.

Durante siete años, jamás había dudado de que yo permanecería allí.

Tal vez por eso necesitó perderme para descubrir que mi presencia no era una obligación.

—Aquello que dije ese día…

—Lo recuerdo perfectamente.

—Estaba enfadado.

—También lo sé.

Respiró profundamente.

—Entonces sabes que no quería realmente echarte.

Negué con la cabeza.

—Eso ya no importa.

Intenté pasar.

Volvió a sujetarme, esta vez con mucha menos fuerza.

—Ruoning, ella se marchó.

Lo miré sin comprender.

—¿Quién?

Su rostro cambió.

Creo que fue en ese momento cuando finalmente entendió que la mujer por la que me había humillado ya ni siquiera ocupaba espacio en mi cabeza.

—La mujer que vino aquel día.

—Ah.

Eso fue todo.

Un simple “ah”.

Sus dedos temblaron ligeramente.

—No pasó nada entre nosotros. Ella fue alguien importante para mí hace años. Cuando volvió, pensé…

—No necesitas explicármelo.

—¡Pero quiero hacerlo!

Su voz se elevó.

Varias personas se volvieron hacia nosotros.

Tạ Hoài Cẩn bajó el tono.

—Durante estos meses regreso a esa casa y está vacía.

Sonreí débilmente.

—Puedes contratar a alguien.

—No estoy hablando de eso.

Entonces entendí.

Y por primera vez sentí cierta ironía.

—¿Me echas de menos?

No respondió.

Pero sus ojos lo hicieron.

Durante siete años había esperado escuchar algo parecido.

Ahora ya no sentía nada.

—Tạ Hoài Cẩn, cuando me dijiste que me quitara aquel vestido delante de todos, ocurrió algo que probablemente nunca entenderás.

—¿Qué?

—Dejé de quererte.

Su rostro se volvió blanco.

—No puedes apagar siete años así.

—No ocurrió en un segundo.

Negué suavemente.

—Fueron siete años apagándose poco a poco.

Sus ojos se enrojecieron.

—Dame otra oportunidad.

Aparté su mano.

—Ya las tuviste.

Entré al edificio.

Esta vez, él no me siguió.


Un año después lo vi nuevamente, por casualidad, en un restaurante.

Yo estaba celebrando el ascenso que acababa de conseguir.

Tạ Hoài Cẩn estaba solo.

Nuestras miradas se cruzaron.

Se levantó instintivamente.

Yo simplemente asentí a modo de saludo y continué caminando.

No sentí odio.

Tampoco dolor.

Y entonces comprendí que finalmente era libre.

Durante años había creído que Tạ Hoài Cẩn me había rescatado de una vida difícil.

Pero estaba equivocada.

Él solo me había dado un lugar donde quedarme.

Salvarme fue algo que tuve que aprender a hacer yo misma.

Detrás de mí escuché que pronunciaba mi nombre.

No me detuve.

Porque aquella vez no estaba abandonando su casa.

Estaba entrando, por fin, en mi propia vida.

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