PARTE 2: NO ERA SOLO UNA AMANTE

Claudia no respondió de inmediato.

Sintió cómo el teléfono se volvía pesado en su mano mientras las palabras de Ximena seguían resonando.

—¿Qué más te dijo tu papá? —preguntó con una calma que solo existía en su voz.

Al otro lado hubo un silencio incómodo.

—Me pidió que no contestara si llamabas desde un número desconocido. Dijo que estabas… muy alterada. Que necesitabas descansar antes de volver a casa.

Claudia cerró los ojos.

En veinticuatro horas, Arturo ya estaba construyendo una historia donde ella sería el problema.

—¿Tú le dijiste que habías hablado conmigo?

—No… pero creo que sospecha.

—Escúchame bien, hija. No le digas que nos vimos ni dónde estoy. ¿Entendido?

—Sí, mamá… ¿Qué está pasando?

Claudia tardó varios segundos en responder.

—Todavía no lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Colgó.

Permaneció inmóvil frente a la ventana del hotel mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

Durante casi treinta años había aprendido que, cuando una operación parecía sencilla, era porque alguien había escondido la parte más peligrosa.

Y Arturo estaba moviendo piezas demasiado rápido.


A la mañana siguiente volvió al edificio.

Pero ya no llevaba el uniforme militar.

Vestía pantalón oscuro, saco gris y unas gafas sencillas que ocultaban parte de su rostro.

Se sentó en una cafetería frente a la entrada.

Esperó.

A las ocho con doce apareció Renata.

Llegó en una camioneta negra.

El valet abrió la puerta con una sonrisa.

—Buenos días, señora Salcedo.

Ella respondió saludando por el nombre al vigilante, al recepcionista y hasta al encargado del estacionamiento.

No era una visitante.

Vivía esa vida desde hacía mucho tiempo.

Veinte minutos después apareció Arturo.

Bajó de otro automóvil.

No se besaron.

Ni siquiera caminaron juntos.

Solo intercambiaron una mirada rápida antes de entrar por puertas distintas.

Demasiado cuidadosos.

Como personas acostumbradas a esconder algo.

Claudia anotó la hora.

Después pidió otro café.

No pensaba actuar todavía.

Necesitaba entender todo.


Al mediodía recibió una llamada inesperada.

—¿Coronela Montero?

—Sí.

—Habla Ignacio Beltrán.

Claudia tardó un segundo en reconocer el nombre.

Ignacio había sido contador de Salcedo Logística durante más de quince años.

—Hace dos meses renuncié —continuó él—. Necesito hablar con usted antes de que Arturo descubra que la estoy buscando.

—¿Por qué conmigo?

—Porque usted sigue siendo la dueña… aunque todos crean otra cosa.

Claudia sintió un nudo en el estómago.

—¿De qué está hablando?

—No por teléfono. Nos vemos donde usted diga.


Se encontraron esa tarde en una cafetería pequeña, lejos del corporativo.

Ignacio llegó nervioso.

Miró dos veces por la ventana antes de sentarse.

Traía una carpeta azul muy gastada.

La dejó sobre la mesa sin abrirla.

—Antes de decir nada necesito hacerle una pregunta.

—Adelante.

—¿Usted firmó la cesión de sus acciones hace cinco años?

Claudia frunció el ceño.

—Jamás.

Ignacio asintió lentamente.

Como si esa respuesta confirmara algo que llevaba tiempo temiendo.

Abrió la carpeta.

Dentro había copias notariales, estados financieros y fotografías de documentos.

Señaló una hoja.

—Esta firma aparece en todos los movimientos importantes de la empresa.

Claudia observó el papel.

Su nombre estaba ahí.

La firma era casi perfecta.

Pero no era suya.

Ella conocía cada trazo de su puño y letra.

Aquella imitaba el movimiento… pero no la presión.

—Es falsa.

—Lo sé.

Ignacio deslizó otro documento.

—Con esa firma cambiaron la estructura accionaria. Después registraron a Renata como cónyuge del presidente para varios actos corporativos y benéficos.

Claudia levantó lentamente la vista.

—¿Cómo pudieron hacerlo?

Ignacio respiró hondo.

—Porque casi nadie la veía. Usted estaba destinada fuera del estado durante meses. Para el mundo empresarial, Renata empezó a ocupar su lugar en eventos, reuniones y fotografías. Poco a poco dejaron de preguntar por usted.

El silencio cayó entre ambos.

No era solo una aventura.

Habían reemplazado su identidad.

Su imagen.

Su posición.

Y posiblemente parte de su patrimonio.

Ignacio sacó un sobre color café.

—Hay algo más.

Claudia lo abrió.

Dentro había varias fotografías.

En una aparecía Arturo entrando a una notaría.

En otra, Renata salía con un hombre de traje que Claudia reconoció al instante.

Era el mismo notario que había autenticado la compra de la casa familiar años atrás.

La última fotografía hizo que el aire le faltara.

Mostraba una pantalla de computadora con un expediente digital.

En el encabezado podía leerse claramente:

“ACTA DE DEFUNCIÓN PRESUNTA: CLAUDIA MONTERO SALCEDO.”

Claudia sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué… qué significa esto?

Ignacio la miró con una mezcla de miedo y culpa.

—Significa que alguien llevaba meses preparándose para un escenario donde, legalmente… usted ya no existiera.

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