A la mañana siguiente cerré el documento del testamento y me quedé mirando la última línea.
No sentí alivio.
Sentí claridad.
Durante unas horas había fantaseado con dejar que Sergio continuara destruyéndose solo.
Pero entonces recordé las palabras del médico.
Seis meses.
Y entendí algo.
Si permitía que su enfermedad avanzara pudiendo advertirle, terminaría convirtiéndome en alguien que ya no reconocería.
Yo no quería su muerte.
Quería mi libertad.
Así que tiré las cajas de cigarrillos y el alcohol que todavía no había abierto.
Después hice tres llamadas.
La primera, a mi médico.
La segunda, a una abogada.
La tercera, a mis padres.
Sergio llegó aquella noche furioso.
—¿Dónde está el whisky?
—Lo tiré.
—¿Qué?
Dejé dos carpetas sobre la mesa.
Una contenía mi verdadero diagnóstico.
La otra, el suyo.
Su rostro cambió cuando vio su nombre.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del hospital.
—Valeria…
—Cáncer gástrico avanzado.
Se quedó inmóvil.
—El médico calcula que, sin tratamiento, tu situación es grave.
Sergio tomó el informe con manos temblorosas.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
—No puede ser.
—Sí puede.
Levantó los ojos.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de escucharte decirle a tu madre que esperabas que yo muriera.
El papel se deslizó entre sus dedos.
Silencio.
—No escuchaste bien.
—Escuché que mi cirugía supuestamente costaría más de cien mil.
—Valeria…
—Escuché que querías heredar mis bienes.
Retrocedió.
—Estaba asustado. Dije tonterías.
—También rompiste mi diagnóstico.
Su expresión terminó de derrumbarse.
Saqué los pedazos reconstruidos dentro de una funda transparente.
—Cáncer colorrectal en etapa inicial.
Lo miré fijamente.
—Curable.
Sergio abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Me hiciste creer que estaba mucho peor de lo que realmente estoy.
—Yo solo…
—Querías que no buscara tratamiento.
—¡No!
—Entonces explícame por qué escondiste el informe.
No pudo.
Su teléfono comenzó a sonar.
“Mamá”.
Lo dejó sobre la mesa.
—Valeria, podemos arreglarlo.
—Tu enfermedad quizá pueda tratarse.
Hice una pausa.
—Nuestro matrimonio no.
Entonces vio la tercera carpeta.
Los documentos del divorcio.
—¿Estás loca? ¡Acabas de saber que tienes cáncer!
—Precisamente.
Por primera vez sonreí de verdad.
—Descubrir que mi vida puede ser más corta de lo que imaginaba me quitó las ganas de desperdiciarla contigo.
Sergio golpeó la mesa.
—¡Soy tu esposo!
—Por ahora.
—¡Tienes que ayudarme!
Aquello fue casi cómico.
—Hace dos noches estaba dispuesta a vender mi departamento para pagar tu tratamiento.
Su rostro se quedó blanco.
—¿Qué?
—Cuando el médico me habló de tu enfermedad, lo primero que pensé fue en salvarte.
Sentí que la voz se me quebraba, pero continué.
—Mientras yo calculaba cuánto podía pedir prestado para mantenerte vivo, tú calculabas cuánto heredarías cuando yo muriera.
Sergio bajó lentamente la cabeza.
—Lo siento.
—Lo sé.
—No, no entiendes. Tengo miedo.
—Yo también.
Lo miré.
—La diferencia es que mi miedo no me convirtió en alguien que deseara tu muerte.
Mi suegra apareció cuarenta minutos después.
Entró gritando.
—¿Cómo puedes abandonar a un hombre enfermo?
Casi admiré su capacidad para cambiar de argumento.
—Anoche usted quería que la enferma muriera tranquilamente para que su hijo heredara.
Se quedó callada.
—Eso es mentira.
—Entonces no tendrá inconveniente en repetirlo delante de mi abogada.
Su rostro cambió.
—¿Abogada?
—Mi testamento ya fue modificado. Mis beneficiarios también.
Sergio levantó la cabeza.
—¿Me quitaste del seguro?
—Sí.
—¡Soy tu esposo!
—Y estás intentando convertir ese título en un boleto de lotería.
Mi suegra empezó a insultarme.
No respondí.
Abrí la puerta.
—Fuera.
—Esta también es la casa de Sergio.
—No.
La miré.
—La compré antes del matrimonio.
Por primera vez, aquella mujer no encontró nada que decir.
Mi cirugía se realizó semanas después.
Mis padres estuvieron conmigo.
No Sergio.
El tratamiento posterior no fue fácil, pero el cáncer había sido detectado temprano y mis médicos eran optimistas.
Yo me concentré en recuperarme.
Sergio, finalmente, también tuvo que enfrentarse a su propia realidad.
Su madre intentó conseguir dinero de familiares.
Él vendió el automóvil.
Pidió ayuda.
Y terminó comenzando el tratamiento que los médicos le habían recomendado.
Cuando me enteré, sentí alivio.
No amor.
No deseo de regresar.
Simple alivio porque, pese a todo, no quería verlo morir.
Meses después nos encontramos para terminar los últimos trámites del divorcio.
Sergio parecía otro hombre.
Más delgado.
Cansado.
Sin aquella arrogancia que había llevado durante años como una segunda piel.
—Estoy respondiendo al tratamiento —dijo.
—Me alegro.
Pareció sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí.
—Después de todo lo que hice…
—Que no quiera estar casada contigo no significa que quiera verte muerto.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—He pensado mucho en aquella noche.
No respondí.
—No sé cómo pude decir esas cosas.
—Yo sí.
Me miró.
—Creíste que nunca tendría oportunidad de escucharlas.
Bajó la cabeza.
Firmamos.
Antes de marcharse preguntó:
—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Pensé unos segundos.
—Quizá.
Levantó la mirada con esperanza.
—Pero perdonar no significa volver.
La esperanza desapareció.
Aun así, asintió.
Y se marchó.
Un año después, mi última revisión salió bien.
Cuando el médico me dio la noticia, salí del hospital y me quedé varios minutos bajo el sol.
Pensé en aquella noche.
En Sergio hablando desde el baño.
En mi diagnóstico roto dentro del basurero.
En las cajas de whisky que compré dominada por la rabia.
Durante unas horas creí que la justicia consistía en tratar su enfermedad como él había tratado la mía.
Me equivocaba.
Eso solo habría significado convertirme en su reflejo.
La verdadera respuesta fue mucho más sencilla.
Le entregué su diagnóstico.
Le dejé la responsabilidad de salvar su propia vida.
Y yo me ocupé de salvar la mía.
Mi testamento seguía dejando todo a mis padres.
Mi casa seguía siendo mía.
Mi cuerpo estaba recuperándose.
Y mi apellido ya no estaba unido al suyo.
Sergio había esperado heredar de una mujer muerta.
En cambio, terminó viendo cómo esa mujer sobrevivía…
y construía una vida en la que él ya no heredaría ni siquiera un lugar.