Victoria siguió mi mirada hasta el escenario.
Por primera vez dejó de fingir tranquilidad.
—Esa composición es mía.
—Entonces no tendrás problema en tocarla.
Adrian se acercó.
—Elena, no conviertas mi boda en otro de tus espectáculos.
Lo miré por primera vez.
El mismo hombre que horas antes había ordenado que me quebraran las piernas ahora hablaba como si yo fuera la amenaza.
—¿Tu boda? —pregunté—. Pensé que era una ceremonia construida con cosas robadas.
Victoria levantó la voz.
—¡Seguridad!
Nadie se movió.
Sebastian Shen permanecía sentado a mi lado.
Solo necesitó mirar al jefe de seguridad.
—La señorita Lin es mi invitada.
El salón quedó en silencio.
Adrian apretó la mandíbula.
—Sebastian, esto es un asunto familiar.
—Entonces resuélvelo —respondió él—. Yo solo vine a escuchar música.
Me levanté con la bolsa de papel.
—Perfecto.
Subí al escenario.
Saqué el primer documento.
—Registro original de la composición, realizado once meses antes de que Victoria afirmara haberla escrito.
Después, otro.
—Borradores fechados.
Otro más.
—Grabaciones de mis primeros ensayos.
Victoria retrocedió.
—¡Son falsos!
—Eso esperaba que dijeras.
Hice una señal.
La pantalla gigante detrás del escenario se encendió.
Apareció una grabación antigua.
Mi madre estaba sentada junto al piano.
Yo tocaba la misma melodía mientras ella corregía algunas notas sobre el manuscrito.
La fecha aparecía claramente en el archivo.
Dos años antes del supuesto “estreno” de Victoria.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Adrian miró a su prometida.
—Dijiste que Elena te había copiado.
Victoria guardó silencio.
—¡Contéstame!
—Ella iba a destruir mi carrera.
Solté una pequeña risa.
—No necesitaba hacerlo. Lo hiciste tú sola.
Entonces señalé el collar.
—Ahora las esmeraldas.
Margaret Gu intervino.
—Ese collar pertenece a nuestra familia.
Saqué otro documento.
—Inventario sucesorio de mi madre.
Número de serie.
Fotografías.
Certificado de propiedad.
La expresión de Margaret cambió.
—¿Cómo conseguiste eso?
—Porque nunca fue suyo.
Victoria se quitó el collar inmediatamente.
Lo dejó sobre una mesa como si quemara.
Adrian me observó.
—¿Este era tu gran regalo? ¿Humillarnos delante de todos?
—No.
El salón volvió a quedar en silencio.
—Esto era simplemente recuperar lo mío.
Saqué el último sobre.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué contiene?
—Tu regalo.
Se lo entregué.
Dentro había una copia de varios mensajes.
Su rostro perdió el color.
Thomas Zhao había conservado las instrucciones recibidas aquella mañana.
Entre ellas estaba la orden de atacarme.
Adrian levantó lentamente los ojos.
—¿De dónde sacaste esto?
Una voz respondió desde el fondo:
—De mí.
Thomas apareció junto a la entrada.
Adrian quedó paralizado.
—Tú…
—No iba a cumplir esa orden.
Thomas miró hacia mí.
—Y tampoco iba a destruir la prueba.
Victoria se apartó de Adrian.
—¿Ordenaste hacerle daño?
Las cámaras de los invitados se levantaron inmediatamente.
Adrian perdió el control.
—¡Apaguen todo!
Nadie obedeció.
Entonces Sebastian se puso de pie.
—Ahora viene la parte que realmente te interesa, Adrian.
Mi ex lo miró.
—¿Qué tienes que ver tú con esto?
Sebastian caminó hasta quedar a mi lado.
—Mucho más de lo que imaginas.
Sacó una carpeta.
—Durante meses, el Grupo Gu ha intentado cerrar una financiación internacional para evitar una crisis de liquidez.
Adrian se quedó inmóvil.
—Eso es confidencial.
—Lo era.
Sebastian dejó la carpeta sobre la mesa.
—El fondo que debía aprobar esa operación está bajo mi control.
El rostro de Adrian se vació.
Entonces comprendió por qué el hombre más poderoso de la sala había llegado conmigo.
—¿Vas a destruir mi empresa por ella?
Sebastian negó.
—No.
Me miró.
—La decisión ni siquiera es mía.
Todos volvieron los ojos hacia mí.
Abrí mi bolsa y saqué el último documento.
—Mi madre no solo me dejó un collar y un piano.
Margaret se puso pálida.
—No…
Sonreí.
—Veo que tú sí lo recuerdas.
Mi madre había invertido años atrás en el fondo que ahora controlaba parte de la deuda del Grupo Gu.
Tras su muerte, aquellas participaciones habían pasado a un fideicomiso.
Mi fideicomiso.
Sebastian no me había llevado a la boda para protegerme.
Había venido porque necesitaba mi firma.
Adrian miró el documento.
Luego me miró a mí.
—Elena…
—Durante años me llamaste inútil porque pensabas que solo tenía un piano.
Tomé la pluma.
—Nunca preguntaste qué más me había dejado mi madre.
—Podemos hablarlo.
—Ya hablaste esta mañana.
Firmé.
No era una orden para destruir su compañía.
Era mi negativa a participar en la operación que él daba por segura.
Nada más.
Ninguna venganza secreta.
Ningún favor.
Simplemente dejé de salvarlo.
Adrian se dejó caer en una silla.
Victoria comenzó a llorar.
Yo recuperé el collar de mi madre y guardé los documentos.
—¿Eso era el regalo? —preguntó Sebastian.
Negué.
Caminé hasta el piano.
Me senté.
Y coloqué delante de mí la partitura original.
—Este es el regalo.
Mis dedos tocaron las primeras notas.
La melodía que habían intentado robarme llenó el salón.
Esta vez llevaba mi nombre proyectado detrás:

ELENA LIN — AUTORA ORIGINAL.
Nadie habló hasta que terminé.
Me levanté.
Sebastian me ofreció el brazo.
Antes de salir, Adrian pronunció mi nombre.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
Parecía derrotado.
—¿Alguna vez me quisiste?
Lo observé durante unos segundos.
—Sí.
Su expresión cambió.
—Entonces…
—Ese fue el regalo que ya desperdiciaste.
Tomé el brazo de Sebastian y abandoné el salón.
Detrás de nosotros quedaban una boda destruida, una mentira expuesta y un hombre que finalmente comprendía lo que había perdido.
Pero yo no había regresado para verlo caer.
Había regresado para recuperar mi nombre.
Mi música.
El recuerdo de mi madre.
Y mi libertad.
FIN.