PARTE 2: MI PADRE ESTABA DETRÁS.

Daniela no llamó a Mariana.

Tampoco tocó la pulsera.

Hizo algo mucho más útil: guardó copias del video y de las fotografías en la nube y se las envió a una persona de confianza.

Después llamó a la policía.

—Creo que están intentando incriminar a mi madre por el robo de Plaza Altavista.

Al mencionar la pulsera y explicar que seguía dentro del bolso, la operadora le indicó que no manipulara nada.

A las 3:52, dos agentes llegaron discretamente.

Daniela les mostró el video.

Uno de ellos dejó de escribir cuando escuchó:

—Óscar, yo ya cumplí.

—¿Quién es Óscar? —preguntó.

Daniela tragó saliva.

—Mi padre.

A las 4:07 oyó una llave en la cerradura.

Mariana entró primero.

—Daniela, ¿qué ocurre? Hay policías afuera.

Óscar apareció detrás de ella.

Al ver a los agentes, se detuvo.

Solo fue un segundo.

Pero Daniela vio cómo sus ojos viajaban directamente hacia el bolso negro.

No hacia su hija.

No hacia Mariana.

Hacia el bolso.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Daniela no respondió.

Uno de los agentes pidió hablar con Mariana por separado.

Cuando le explicaron que podía haber evidencia colocada entre sus pertenencias, ella palideció.

—¿En mi bolso?

Óscar intervino inmediatamente.

—Eso es absurdo. Revisémoslo y terminemos con esto.

El agente lo detuvo.

—Nadie va a tocarlo.

Entonces Óscar comprendió que había perdido el control.

La pulsera fue recuperada siguiendo el procedimiento correspondiente.

Daniela entregó el video original.

Pero aquella grabación solo demostraba que Leticia había colocado la joya y mencionado a Óscar.

Todavía debían descubrir quién había participado realmente en el robo.

La investigación encontró la respuesta en algo mucho más sencillo.

Los registros del estacionamiento de Plaza Altavista.

El automóvil de Óscar había entrado por una zona de servicio la noche del robo.

Él había afirmado estar trabajando en otra parte de la ciudad.

Además, varias llamadas entre Óscar y Leticia coincidían con momentos importantes antes y después del robo.

La policía siguió el resto del rastro.

Daniela no necesitó hacerlo.

Días después, Mariana recibió otra noticia.

Óscar llevaba meses presionándola para que firmara documentos relacionados con un seguro y ciertas deudas que él nunca había explicado claramente.

Entonces todo empezó a tener sentido.

No bastaba con terminar su matrimonio.

Necesitaba desacreditarla.

Una acusación por robar más de cuatro millones de pesos podía convertir a Mariana en la culpable perfecta y darle ventaja en los conflictos económicos que todavía mantenían pendientes.

Leticia terminó admitiendo que Óscar le había prometido que, después de separar definitivamente a Mariana de sus vidas, empezarían juntos desde cero.

Pero había una mentira dentro de otra.

Óscar nunca había comprado los boletos que le había prometido.

Nunca había reservado ninguna vivienda para ambos.

Leticia también había sido utilizada.

Eso no borraba lo que había hecho.

Solo demostraba hasta dónde llegaba Óscar para conseguir lo que quería.

Una tarde, Mariana encontró a Daniela sentada frente a sus apuntes.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —preguntó.

Daniela levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que tuviste que descubrir esto tú.

Daniela comenzó a llorar.

—Yo ni siquiera debía estar en casa. Fingí estar enferma porque no quería presentar un examen.

Mariana se quedó mirándola.

Después soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Entonces tendrás que repetirlo.

—¿No estás enojada?

—Muchísimo.

La abrazó.

—Pero por el examen.

Daniela rio por primera vez en días.

Óscar había preparado cuidadosamente una historia en la que Mariana sería encontrada con una joya robada dentro de su propio bolso.

Solo olvidó una cosa.

AQUELLA TARDE HABÍA ALGUIEN EN CASA QUE NO DEBÍA ESTAR ALLÍ.

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