PARTE 2: MI HIJO YA HABÍA INTENTADO VENDERLO TODO ANTES DEL FUNERAL

El licenciado Salgado tardó menos de una hora en llegar a la residencia.

Cuando entró en mi habitación y vio mis pertenencias dentro de bolsas negras, su expresión cambió.

—¿Daniel hizo esto?

Asentí.

—Dice que mañana venderá la casa.

Salgado cerró la puerta.

—Entonces tenemos un problema mayor, Elena. Daniel ya intentó venderla.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

—Dos días antes del funeral.

Sacó una carpeta.

Daniel había contactado a una inmobiliaria afirmando que era el único heredero de Ernesto. Incluso había entregado copias de documentos para demostrar que pronto tendría autoridad sobre la propiedad.

Pero había algo peor.

—También preguntó cómo disponer de los locales y del terreno de Zapopan.

Me quedé mirando las hojas.

Mi esposo todavía no estaba enterrado y nuestro hijo ya estaba repartiendo nuestra vida.

—¿Puede detenerlo?

Salgado casi pareció ofendido.

—Señora, Daniel no puede vender nada.

Abrió el testamento.

Todo estaba a mi nombre.

La casa.

Tres locales comerciales.

El terreno.

Las cuentas.

Y las participaciones de Ernesto en los negocios familiares.

Daniel recibiría únicamente un fondo que su padre había creado años atrás.

Pero había una cláusula.

Si intentaba apropiarse, ocultar o vender bienes de la herencia antes de la sucesión legal, perdería incluso ese fondo.

Cerré los ojos.

Ernesto conocía a nuestro hijo mejor de lo que yo quería admitir.

Aquella misma tarde regresé a Guadalajara.

Daniel estaba en mi sala con Mónica y una agente inmobiliaria.

Habían movido fotografías familiares para preparar la casa.

Cuando entré, Daniel palideció.

—Mamá, ¿qué haces aquí?

Dejé mi bolso sobre la mesa.

—Volver a casa.

Mónica se levantó.

—Señora, Daniel ya explicó que esta propiedad—

—Esta propiedad es mía.

Salgado entró detrás de mí.

La agente inmobiliaria cerró inmediatamente su carpeta.

Daniel soltó una carcajada nerviosa.

—Papá me dejó todo.

—No.

Puse el testamento frente a él.

—Tu padre me dejó todo a mí.

Su rostro se vació.

Leyó una página.

Después otra.

—Esto no puede ser.

Entonces Salgado colocó sobre la mesa las pruebas de sus intentos de venta.

—Y debido a estas gestiones, señor Daniel, tendremos que revisar también la cláusula relativa a su fondo.

Mónica giró bruscamente hacia él.

—¿Qué fondo?

Ahí comprendí algo más.

Daniel le había prometido dinero que todavía ni siquiera tenía.

—Mamá —dijo de pronto—, podemos hablar.

Qué curioso.

Tres días antes yo le había suplicado que no me abandonara.

Él apartó mi mano.

Ahora era él quien necesitaba hablar.

—Tienes razón —respondí—. Podemos.

Señalé la puerta.

—Pero no dentro de mi casa.

Daniel me miró como si acabara de abofetearlo.

—Soy tu hijo.

—Y yo era tu madre cuando me dejaste en aquella residencia.

No gritó.

Quizá porque finalmente comprendió que ya no había nada que intimidar.

Mónica fue la primera en recoger su bolso.

Daniel la siguió lentamente.

Antes de salir se volvió.

—¿Vas a perder a tu único hijo por unas propiedades?

Lo miré durante varios segundos.

—No, Daniel.

—Yo perdí a mi hijo cuando me metió en dos bolsas negras y decidió cuánto valía mi vida antes de que terminara de llorar a su padre.

Cerré la puerta.

Esa noche dormí nuevamente en mi cama.

El lado de Ernesto seguía vacío.

Dolía.

Probablemente dolería durante mucho tiempo.

Pero sobre su almohada coloqué el sobre que me había dejado.

Por fin entendía por qué me había pedido que esperara.

Ernesto no había podido protegerme para siempre.

Pero antes de irse se aseguró de dejarme algo mucho más importante que una herencia:

la posibilidad de protegerme sola.

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