PARTE 2: MI HIJO CREYÓ QUE HABÍA BORRADO LA ÚLTIMA PRUEBA

Mauricio salió del despacho con el reloj en la mano.

Yo esperé hasta escuchar sus pasos desaparecer.

Entonces miré a Elena.

—¿Puedes recuperar ese reloj?

—¿Sin que sospechen?

—No necesito el reloj. Necesito lo que hay dentro.

Elena entendió inmediatamente.

A la mañana siguiente, fingí estar confundido durante el desayuno mientras Mauricio hablaba con los abogados.

—¿Hoy vendemos la fábrica? —pregunté.

Mauricio sonrió.

—No, papá. Descansa.

—Ah.

Bajé la mirada hacia mi plato.

—Creo que ya olvidé dónde guardaba mis cosas.

Rebeca sonrió satisfecha.

Ellos pensaban que el sedante había convertido mi mente en un cuarto vacío.

No sabían que Elena ya había recuperado la tarjeta de memoria.

A las diez y veinte, su teléfono vibró.

Me mostró una fotografía.

La tarjeta estaba intacta.

Pero había algo más.

Un archivo nuevo.

Una grabación de apenas cuatro minutos.

La escuchamos en silencio.

Era Mauricio hablando con el doctor Castillo.

—¿Cuánto tiempo puede mantenerlo incapacitado?

—Si continúa con esa dosis, nadie cuestionará su estado.

Mi hijo respondió:

—Necesito que el dictamen aguante hasta la venta.

El médico dudó.

—Después del viernes ya no será mi problema.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

No por el dinero.

No por la empresa.

Por escuchar a mi propio hijo hablar de mí como si fuera un obstáculo que debía mantenerse sedado hasta completar una transacción.

Pero la conversación continuó.

Y entonces escuché el nombre que no esperaba.

—¿Y si el consejo descubre que el fondo está vacío?

Mauricio respondió:

—No está vacío. Solo está comprometido.

—¿Y si revisan Horizonte Norte?

Silencio.

Después mi hijo dijo:

—Para eso está mi padre.

Cerré los ojos.

Elena detuvo la grabación.

—Don Ernesto…

—Continúa.

Había una última frase.

Mauricio dijo:

—Cuando firmen la venta, transferiremos todo. Si mi padre intenta hablar, nadie creerá a un hombre declarado incapaz.

Abrí los ojos.

—Perfecto.

Elena me miró sorprendida.

—¿Perfecto?

Sonreí por primera vez en semanas.

—Ahora sí tenemos lo que necesitábamos.

A las ocho de la mañana del viernes, Mauricio reunió al consejo.

Los accionistas llegaron uno tras otro.

Los abogados ocuparon la primera fila.

Sobre la pantalla apareció la propuesta de venta de Aceros Valdés.

Mauricio tomó el micrófono.

—Mi padre no puede continuar tomando decisiones financieras. Por eso, como representante temporal…

Las puertas de la sala se abrieron.

Todos se giraron.

Entré caminando con mi bastón.

El murmullo fue inmediato.

Mauricio se quedó blanco.

—Papá, vuelve a casa.

Seguí caminando.

—No.

Uno de los abogados se levantó.

—Señor Valdés, usted no está autorizado para participar en esta reunión.

Me detuve frente a la mesa.

—Entonces supongo que será mejor que llamemos al médico.

Mauricio tragó saliva.

—¿Qué médico?

—El que acaba de admitir que falsificó mi incapacidad.

La sala quedó en silencio.

Elena entró detrás de mí con una carpeta.

La dejó sobre la mesa.

Dentro estaban los registros médicos, las transferencias del fondo, las conversaciones grabadas y la solicitud de una nueva valoración neurológica.

Pero Mauricio todavía intentó sonreír.

—Aunque todo eso fuera cierto, la venta ya está aprobada.

—No.

Levanté un documento.

—La venta no puede aprobarse.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Por qué?

Miré a todos los accionistas.

—Porque yo sigo siendo el accionista mayoritario.

Su rostro perdió todo color.

—Tu poder temporal…

—Fue obtenido mediante fraude.

Dejé el documento sobre la mesa.

—Y acaba de quedar revocado.

Entonces entró una mujer con traje oscuro.

Mauricio la reconoció inmediatamente.

Era la fiscal que llevaba la investigación financiera.

Ella dejó una orden sobre la mesa.

—Señor Valdés, necesitamos hablar con usted.

Mauricio retrocedió.

—¿Conmigo?

La fiscal negó con la cabeza.

—Con su hijo.

Y mientras dos agentes se acercaban a Mauricio, él me miró por primera vez sin arrogancia.

Solo tenía una pregunta en los ojos.

—Papá… ¿desde cuándo lo sabías?

Apreté el bastón.

—Desde el día en que intentaste convencerme de que ya no podía reconocer mi propia empresa.

Hice una pausa.

—Lo que no sabías era que todavía recordaba perfectamente quién eras tú.

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