PARTE 2: MI HERMANO TENÍA TRES HORAS DE VIDA Y YA HABÍA ARRUINADO EL PLAN PARA ROBARME.

Los monitores comenzaron a sonar al mismo tiempo.

Teresa se congeló con mis brazos entre sus manos.

Una enfermera entró corriendo.

—¡Deje a la niña!

Teresa tuvo que devolverme a la cuna.

En cuanto quedé junto a Ethan, mi hermano movió una mano diminuta y agarró mi manta.

Sus constantes comenzaron a normalizarse.

La enfermera frunció el ceño.

—Esto no tiene sentido.

Perfecto.

Que siguiera preguntándose.

Porque acababa de aparecer otro comentario.

【¡AGUANTA! TU PADRE DESCUBRIÓ QUE LA LLAMADA ERA FALSA.】

【ESTÁ REGRESANDO.】

Teresa también pareció recibir alguna señal.

Sacó el teléfono.

Su rostro cambió.

Entonces intentó marcharse.

Demasiado tarde.

Mi padre apareció en la puerta acompañado por el director del hospital y dos miembros de seguridad.

—Teresa.

Ella se detuvo.

Alexander levantó su teléfono.

—Mi empresa nunca hizo esa llamada.

Silencio.

Mi padre miró a mi madre dormida.

Después las pastillas sobre la mesa.

Su expresión se volvió aterradora.

—¿Qué le has dado a mi esposa?

—La medicación prescrita.

—Entonces no tendrás problema en que la analicen.

Teresa palideció.

Las siguientes horas destruyeron un plan preparado durante meses.

El hospital revisó las órdenes.

La supuesta fototerapia de Ethan nunca había sido indicada por su pediatra.

La botella que Teresa intentó darme fue retirada para su análisis.

La medicación de mi madre tampoco coincidía con lo que debía recibir.

Y las cámaras mostraron a Teresa entrando repetidamente en zonas donde no tenía ninguna razón para estar.

Mi padre ordenó revisar todo lo relacionado con nosotros.

Entonces encontraron lo definitivo.

En una bolsa escondida dentro de un armario había otra pulsera de identificación neonatal.

Llevaba mi nombre.

EMILIA HARTWELL.

Pero estaba preparada para otra bebé.

Los comentarios aparecieron.

【¡SE ACABÓ!】

【TERESA YA NO PUEDE CAMBIARTE.】

Yo habría celebrado.

Pero tenía tres horas de edad.

Así que hice lo único posible.

Me dormí.

Cuando desperté, mi madre estaba consciente.

Me abrazaba contra su pecho mientras lloraba.

Mi padre permanecía junto a ella con Ethan en brazos.

Teresa ya no estaba.

La investigación posterior descubrió que su hija había dado a luz en otro hospital aquella misma noche.

El plan consistía en intercambiar nuestras identidades y aprovechar la confusión de las primeras horas después del parto.

Pero Teresa había cometido un error enorme.

Había pensado que dos recién nacidos eran incapaces de defenderse.

Técnicamente tenía razón.

Yo apenas podía controlar mis propios dedos.

Mi hermano ni siquiera podía sostener la cabeza.

Pero Ethan había descubierto algo extraordinariamente útil:

cada vez que alguien intentaba separarnos, podía montar el escándalo del siglo.

Mi padre reforzó todas las medidas de seguridad.

Mi madre prohibió que nadie fuera de nuestro equipo médico nos trasladara sin su autorización.

Y durante las semanas siguientes, Ethan durmió prácticamente pegado a mi cuna.

Los comentarios estaban encantados.

【El guardaespaldas gratuito funciona perfectamente.】

【El rey del inframundo no mintió con esa parte.】

Pasaron los años.

Teresa tuvo que responder por sus actos mediante el proceso correspondiente.

La niña que pretendía colocar en mi lugar tampoco fue culpada.

Eso fue algo que mis padres dejaron claro desde el principio.

Un bebé no elige los delitos de los adultos.

Yo crecí exactamente donde debía.

Con una madre que me adoraba.

Un padre que revisaba personalmente cualquier cosa que pareciera sospechosa.

Y Ethan…

Bueno.

El rey del inframundo había subestimado seriamente a Ethan.

Cuando teníamos cinco años, empujó a un niño que me había quitado mi helado.

A los nueve, interrogó durante veinte minutos al compañero que me regaló una tarjeta de cumpleaños.

A los dieciséis, cualquier chico que quisiera invitarme a salir tenía primero que sobrevivir a la mirada de mi hermano gemelo.

Una tarde le pregunté:

—¿Por qué eres tan exagerado conmigo?

Ethan me miró como si la respuesta fuera obvia.

—Porque eres mi hermana.

Eso fue todo.

Él nunca recordaría aquella noche en el hospital.

Nunca sabría que, con apenas unas horas de vida, sus gritos habían retrasado a Teresa exactamente el tiempo necesario.

Yo sí lo recordaba.

También recordaba aquella primera línea flotando frente a mis ojos:

【Esta noche te cambiarán por otro bebé.】

El destino decía que crecería sin nombre, sin familia y sin nada de aquello que me habían prometido.

Pero el destino había olvidado calcular una variable.

Yo había vivido ochenta años antes de llegar a aquella cuna.

Y había renacido junto a un hermano que, con tres horas de edad, ya estaba dispuesto a declarar la guerra porque alguien intentaba llevarse su manta.

Así que quizá el rey del inframundo no me había estafado después de todo.

Me prometió una familia que me protegería.

Solo olvidó advertirme que mi guardaespaldas empezaría a trabajar el mismo día que nació.

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