—Primero, congela cualquier transferencia del fideicomiso que requiera mi autorización. Segundo, prepara los documentos de divorcio. Y tercero…
Miré a mi hija, dormida entre mis brazos.
—Quiero que Tristan descubra mañana quién es realmente el dueño de su imperio.
Natalie guardó silencio durante tres segundos.
Después soltó una pequeña carcajada.
—Charlotte, llevo cuatro años esperando que me digas esas palabras.
Colgué.
A las dos de la madrugada, mientras las enfermeras vigilaban a mi pequeña Olivia, firmé diecisiete documentos desde mi cama del hospital.
A las cuatro, Natalie presentó las notificaciones correspondientes.
Y a las seis, el acceso de Tristan a las cuentas controladas por el fideicomiso quedó suspendido.
No había robado nada.
Simplemente había retirado los poderes que yo misma le había concedido.
Porque había algo que mi marido nunca comprendió.
Cuando nos casamos, Pembroke Holdings estaba al borde de la bancarrota.
Su padre había acumulado deudas millonarias. Los bancos amenazaban con embargar sus propiedades y los inversores estaban abandonando la compañía.
Fui yo quien salvó aquel imperio.
Utilicé mi herencia para comprar la deuda, reorganizar las acciones y crear un fideicomiso irrevocable que protegiera los activos familiares.
Tristan figuraba como director ejecutivo.
Pero yo conservaba el control de los derechos de voto.
Él llevaba la corona.
Yo era quien sostenía el trono.
A las nueve de la mañana siguiente, la puerta de mi habitación se abrió violentamente.
Tristan apareció sosteniendo una bolsa de suplementos vitamínicos.
—Charlotte, tenemos que hablar.
Detrás de él venía Chloe, sonriendo con suficiencia.
Pero su sonrisa desapareció cuando vio quiénes estaban esperando dentro.
Natalie estaba sentada junto a la ventana.
Dos abogados ocupaban el sofá.
Y frente a mi cama había un hombre de cabello gris que Tristan conocía perfectamente.
Richard Hayes.
El presidente del consejo de administración.
—¿Qué significa esto? —exigió Tristan.
Richard se levantó lentamente.
—Señor Pembroke, el consejo ha convocado una reunión extraordinaria.
Tristan soltó una carcajada.
—¿En una habitación de hospital? ¿Se han vuelto locos?
Natalie colocó una carpeta sobre la mesa.
—Tu esposa acaba de ejercer sus derechos como administradora y titular del control de voto del fideicomiso.
Tristan me miró.
—Charlotte, ¿qué has hecho?
Acaricié suavemente la mejilla de Olivia.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Natalie continuó:
—Tus facultades ejecutivas han sido suspendidas mientras se investiga el uso de fondos corporativos.
El rostro de Tristan enrojeció.
—¡Soy el dueño de Pembroke Holdings!
—No —respondió Richard—. Eres un empleado con un contrato muy generoso.
Chloe dejó escapar un pequeño grito.
Tristan golpeó la mesa.
—¡Charlotte! ¡Detén esta estupidez inmediatamente!
Levanté la mirada.
—Ayer me dijiste que nuestra hija no merecía tu apellido. Hoy puedes descubrir cuánto vale realmente ese apellido sin mi dinero.
—¡No puedes hacerme esto!
—Ya está hecho.
Entonces Chloe dio un paso adelante.
—Charlotte, estás exagerando. Tristan solamente quería asegurar el futuro de su hijo.
La observé en silencio.
—¿Su hijo?
Ella sonrió.
—El heredero legítimo de los Pembroke.
Natalie abrió una segunda carpeta.
—Qué interesante que menciones eso.
Tristan se quedó inmóvil.
—Natalie, basta.
Pero mi abogada continuó.
—Durante los últimos dieciocho meses, se han transferido cuatro millones de dólares desde cuentas corporativas a una sociedad llamada C&C Investments.
Miré a Chloe.
—Una sociedad registrada a tu nombre.
Su rostro perdió el color.
—Eso… eso no significa nada.
—También encontramos pagos por una mansión, dos automóviles y una cuenta fiduciaria privada para un niño llamado Ethan.
Tristan avanzó hacia Natalie.
—¡Es información confidencial!
Richard levantó una mano.
—Y precisamente por eso habrá una investigación.
Por primera vez, mi marido pareció comprender que estaba perdiendo el control.
Se acercó a mi cama.
—Charlotte, cariño, podemos arreglar esto. Cometí un error.
Lo miré sin emoción.
—No cometiste un error, Tristan. Tomaste una decisión.
Su mirada descendió hacia Olivia.
—Es mi hija.
Abracé a mi bebé con más fuerza.
—Ayer ni siquiera quisiste tocarla.
El silencio llenó la habitación.
Entonces Natalie me entregó un último documento.
—Charlotte, hay algo más que debes saber.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía satisfecha.
Parecía preocupada.
—Anoche, mientras revisábamos las transferencias, encontramos un pago recurrente a una clínica privada de Atlanta.
—¿Y?
Natalie miró directamente a Tristan.
—La misma clínica donde Chloe dio a luz a Ethan.
Chloe retrocedió.
—No tienes derecho a revisar eso.
Natalie ignoró su protesta.
—Encontramos también una solicitud de prueba de paternidad presentada hace seis meses.
Tristan palideció.
Sentí un escalofrío.
—¿Una prueba de paternidad?
Natalie asintió lentamente.
—Tristan recibió los resultados. Pero nunca se los mostró a Chloe.
Mi marido susurró:
—Natalie, no lo hagas.
Ella dejó una hoja frente a mí.
Leí la conclusión.
Una vez.
Dos veces.
Probabilidad de paternidad de Tristan Pembroke: 0 %.
Chloe comenzó a temblar.
—Eso es imposible…
Pero entonces sucedió algo todavía más extraño.
Richard Hayes se levantó bruscamente.
Miró el documento.
Después miró a Chloe.
Y finalmente pronunció unas palabras que hicieron que Tristan retrocediera hasta chocar contra la pared.
—Dios mío… Ese niño no puede ser…

Natalie cerró lentamente la carpeta.
—Richard, creo que ha llegado el momento de contarle a Charlotte por qué el nombre del verdadero padre de Ethan aparece también en los documentos originales del fideicomiso Pembroke.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…