Tres días después, Isabella regresó a Mississippi.
Pero no volvió como la esposa de Adrian Cole.
Volvió como Isabella King.
El avión privado aterrizó poco antes del amanecer.
Ocho hombres la esperaban en la pista.
Cuando Isabella bajó, todos inclinaron la cabeza.
—Bienvenida a casa, jefa.
Ella miró hacia el horizonte.
—¿Cómo están las cosas?
Su hermano mayor le entregó una carpeta.
—Los negocios siguen funcionando. Pero hay un problema.
—¿Adrian?
—Todavía no.
Abrió la carpeta.
Dentro había fotografías de Serena Frost entrando y saliendo de instalaciones privadas relacionadas con Adrian.
Isabella pasó las páginas sin cambiar de expresión.
—¿Desde cuándo?
—Hace seis meses.
—¿Y quién pagaba sus operaciones?
Su hermano señaló una transferencia.
Isabella se quedó inmóvil.
El dinero provenía de una cuenta empresarial de Adrian.
Pero había algo más.
—Esta cuenta no pertenece a Adrian —dijo.
—No.
Su hermano levantó la mirada.
—Pertenece a una empresa que compró acciones de nuestra organización hace ocho meses.
Isabella cerró la carpeta.
—¿Quién está detrás?
—Todavía no lo sabemos.
Por primera vez aquella mañana, su expresión cambió.
No era celos.
Era estrategia.
—Entonces averígüenlo.
—¿Y Adrian?
Isabella tomó su teléfono.
Tenía doce llamadas perdidas.
Todas de su esposo.
Había comenzado a notar su ausencia.
Abrió el último mensaje.
“¿Dónde estás? Tenemos que hablar.”
Isabella sonrió.
Respondió únicamente:
“Pronto.”
Luego apagó el teléfono.
Mientras tanto, en el campamento, Adrian estaba furioso.
—¿Dónde demonios está Isabella?
Serena levantó la mirada.
—Quizá finalmente se cansó de esperarte.
Adrian la miró.
—Ella no haría eso.
—¿Estás seguro?
Adrian no respondió.
Entonces un vehículo negro entró al recinto.
Un hombre bajó y entregó un sobre.
—Para el señor Cole.
Adrian lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Isabella descendiendo de un avión privado.
Vestía de negro.
A su alrededor estaban ocho hombres.
Todos armados.
En la esquina inferior de la fotografía aparecía un símbolo que Adrian reconoció inmediatamente.
El escudo de la familia King.
Su rostro perdió color.
Serena se acercó.
—¿Qué pasa?
Adrian no respondió.
Volvió a mirar la fotografía.
—¿Quién es ella?
Adrian tragó saliva.
—Mi esposa.
Serena soltó una pequeña risa.
—¿La ama de casa?
Él levantó lentamente los ojos.
—No.
Su voz había cambiado.
—No tienes idea de quién es.
En ese momento, el teléfono de Adrian comenzó a sonar.
Número desconocido.
Contestó.
Una voz femenina habló al otro lado.
Tranquila.
Fría.
—Adrian.
Él se quedó inmóvil.
—Isabella.
—Me llamaste flor débil.
Silencio.
—No era mi intención.
Ella soltó una risa suave.
—Lo sé.
—Isabella, podemos hablar.
—Claro.
Hubo una pausa.
—Mañana.
Adrian respiró aliviado.
—¿Dónde?
La respuesta lo dejó completamente paralizado.
—En el edificio King.
Serena frunció el ceño.
Adrian miró nuevamente la fotografía.
—¿Qué significa eso?
La voz de Isabella se volvió más fría.
—Significa que mañana conocerás a la mujer con la que llevas tres años casado.
La llamada terminó.
Adrian bajó lentamente el teléfono.
Serena lo observó.
—¿Qué te dijo?
Él no respondió.
Porque acababa de comprender algo que lo aterrorizaba.

Durante tres años había creído que estaba protegiendo a una esposa débil.
En realidad, había estado durmiendo junto a la heredera de la organización más poderosa del sur.
Y al día siguiente iba a descubrir por qué todos en Mississippi la llamaban jefa.